Cine y series

Lilo y Stitch

Dean Fleischer Camp

2025



Por -

Una niña y una criatura llegan a encontrarse en un punto ciego del mundo, donde la infancia se descompone como una flor bajo el sol: irritable, fascinante, desbordada. El espacio donde ocurre este cruce no es solo Hawaii: es una tierra en miniatura, un escenario que se sostiene entre el vértigo emocional y la coreografía de una vida interrumpida. El caos no es un capricho, sino un modo de habitar el duelo. Bajo esta lógica, ‘Lilo y Stitch’ deja de ser una comedia de enredos extraterrestres y se convierte en la escenificación de una herida que respira.

Dean Fleischer Camp, más conocido por su trabajo en narrativas híbridas, acoge este remake con una sensibilidad que intenta honrar el trazado original, pero su trazo es limpio, quizá demasiado. El nuevo ‘Lilo y Stitch’ contiene algo de liturgia: lo ritual de recontar una historia sin alterar su superficie. La criatura azul, Stitch, aparece menos como anomalía que como resultado inevitable. Su entrada en escena no interrumpe el relato: lo confirma. Es parte del diseño, no del accidente.

El filme presenta sus movimientos con cuidado, y en esa contención se encuentra también su límite. El montaje escoge el orden antes que la fisura. Hay precisión en los intercambios, una voluntad de dignificar las decisiones narrativas previas sin desafiarlas. Maia Kealoha como Lilo aporta una presencia firme, de gestos estudiados y emociones calibradas, mientras que Sydney Elizebeth Agudong encarna a Nani con una carga que trasciende la hermana mayor: es el anclaje de la película, el lugar donde todo vuelve.

Nani ya no funciona solo como figura protectora. Aquí se le otorga una dimensión que apunta al sacrificio cotidiano: el abandono de los sueños, la imposición de una maternidad no elegida. Esta ampliación dramática no se impone al espectador, sino que lo acompaña. La cámara no juzga, solo enmarca. El cine de Camp parece cómodo en esta sobriedad: no hay aspaviento, ni exceso, ni confrontación. Hay, sí, una decisión clara de suavizar lo que antes tenía filo.

Los personajes secundarios, como Jumba y Pleakley, se reescriben en clave casi teatral. En lugar de acentuar el absurdo, la dirección los introduce como bromas funcionales, sin permitirles traspasar el borde de lo caricaturesco. El humor se vuelve contenido, más guiño que desmadre. Esta reducción también alcanza al propio Stitch, ahora de textura digital, menos salvaje, más táctil pero menos impredecible. El peligro que representaba ha sido domesticado.

Algunos matices locales se acentúan —la inclusión de música hawaiana frente a la omnipresencia de Elvis en la original—, pero no se produce una integración real de contexto. El territorio sigue siendo paisaje. A pesar de ciertas inclusiones argumentales, el relato permanece desligado del suelo que pisa. Esta disociación resalta en la omisión de gestos que antes desbordaban significado, como la resistencia de Lilo al turismo que la transforma en postal.

La dimensión política de la película, que alguna vez fue subterránea, aquí se neutraliza. Las decisiones administrativas —como dividir el personaje del agente Cobra Bubbles en dos figuras más funcionales— tienen poco impacto dramático, y se diluyen como soluciones burocráticas a un problema de estructura. El resultado: personajes que existen, pero no gravitan.

La estética general se construye desde una lógica de emulación. Hay encuadres que replican a conciencia momentos del filme animado, pero esa fidelidad termina por producir distancia. La animación permitía que lo inverosímil respirara. En la acción real, cada detalle se vuelve explicación. El CGI —por momentos eficaz— se esfuerza por ocultar su presencia, sin llegar a disolverla del todo.

El desenlace ofrece un cierre ordenado, con un antagonismo más delineado que en el original, y una carga emocional que no se impone, pero tampoco se esquiva. Es un final que desea ser conmovedor sin buscar el desgarro. Todo está medido, equilibrado, sujeto al cálculo.

‘Lilo y Stitch’, en esta nueva versión, no traiciona su fuente, pero tampoco la expande. Es un reflejo pulido, sin grietas, de una historia que nació de la incomodidad. Y aunque el resultado sea funcional, incluso digno, la pregunta permanece: qué se pierde cuando la ferocidad se convierte en fórmula.

MindiesCine

Buscando acercarte todo lo que ocurre en las salas de cine y el panorama televisivo.