Cine y series

Las muertas

Luis Estrada

2025



Por -

En la trayectoria de Luis Estrada existe una obsesión que se arrastra desde la adolescencia: trasladar a imágenes la novela ‘Las muertas’ de Jorge Ibargüengoitia. Ese empeño cristaliza ahora en una miniserie de seis capítulos producida por Netflix que retoma uno de los episodios criminales más comentados de la historia reciente de México, el de las hermanas González Valenzuela, rebautizadas en la ficción como las Baladro. Estrada se adentra en esta adaptación con la intención de mantener vivo el filo satírico de Ibargüengoitia y, al mismo tiempo, inscribirlo en un relato televisivo que desborda las dos horas de un largometraje.

La serie sitúa al espectador en los años cincuenta y sesenta, cuando un país en transición convivía con prácticas que abrían paso a redes de explotación y complicidad política. En ese escenario, las Baladro levantan un emporio en el negocio de los burdeles, sostenido tanto por la vulnerabilidad de jóvenes vendidas por sus propias familias como por la protección de autoridades locales. El guion —firmado por Estrada junto a Jaime Sampietro y Rodrigo Santos— rehúye un camino lineal y propone un recorrido que se mueve entre géneros, desde el thriller policiaco hasta el melodrama erótico, pasando por la crónica de un México hundido en abusos institucionales.

La elección de estructurar ‘Las muertas’ como serie permite desplegar el mosaico de personajes con más amplitud de la que permitiría un filme. Cada episodio funciona como una pieza autónoma que cambia de tono sin perder coherencia con el conjunto. Así, Estrada aprovecha la elasticidad de la televisión en streaming para acercarse con detalle a la ascensión y caída de las Baladro, dos mujeres interpretadas con convicción por Arcelia Ramírez y Paulina Gaitán. Sus personajes concentran la fuerza de un relato donde el poder femenino aparece atravesado por la violencia, el deseo de enriquecimiento y la capacidad de manipular su entorno.

Alfonso Herrera encarna a Simón Corona, pieza central en el entramado narrativo, cuya relación con las hermanas desencadena parte de la acción. El elenco lo completan rostros habituales del cine de Estrada como Joaquín Cosío o Damián Alcázar, quienes aportan solidez a una historia que combina sátira y crudeza. El reparto se mueve dentro de un dispositivo escénico en el que la reconstrucción histórica cobra especial relevancia: más de doscientos decorados, vestuario de época y rodajes en varias regiones del país conforman un entramado visual que da verosimilitud a la serie sin que los artificios digitales invadan la pantalla.

La puesta en escena revela un esfuerzo notable en la composición de encuadres, en el uso de la luz y en la integración de elementos pictóricos. Estrada, acompañado por su equipo técnico habitual, se muestra meticuloso en cada detalle, desde el color del paisaje hasta el ritmo de montaje. La música de Fernando Velázquez, grabada con la Orquesta Sinfónica de Madrid, refuerza la ambición de una producción que busca conjugar sátira política y drama social con un acabado de gran formato.

La narrativa que emerge de ‘Las muertas’ se alimenta de un doble movimiento. Por un lado, recoge la herencia literaria de Ibargüengoitia, cuyo humor corrosivo atraviesa la descripción de las Baladro y de los políticos que frecuentan sus burdeles. Por otro, establece un puente con el presente, donde la violencia de género, la corrupción institucional y la impunidad siguen vigentes. Estrada insiste en esa línea, subrayando que la historia de las Baladro habla de un país donde las relaciones de poder se reproducen a través de redes clientelares que atraviesan décadas.

La sátira política ocupa un lugar central. El retrato de autoridades entregadas al exceso, de curas que bendicen prostíbulos y de militares dispuestos a cerrar los ojos ante la explotación funciona como un espejo deformante que apunta a la permanencia de esas prácticas en la actualidad. Estrada ha cultivado siempre la ironía como herramienta de análisis social y aquí vuelve a ponerla al servicio de un relato en el que la risa amarga convive con la crudeza de la violencia.

La serie también plantea una reflexión sobre la banalidad del mal. Ningún personaje se libra de la ambigüedad moral: víctimas, victimarios, clientes o autoridades aparecen envueltos en un entramado en el que el beneficio personal justifica cualquier decisión. Esa visión coral, reforzada por la amplitud del formato seriado, permite una aproximación más matizada a un episodio histórico sin recurrir a la simplificación.

Estrada mantiene el control de la narración en todo momento. Dirige personalmente los seis capítulos, evita delegar en segundas unidades y dota a la serie de una coherencia estilística que se agradece en un proyecto de gran envergadura. A pesar de ciertos excesos visuales —escenas de violencia explícita o sexo sin filtro— la propuesta alcanza un equilibrio entre lo grotesco y lo reflexivo. Esos momentos pueden resultar innecesarios, pero también forman parte de la impronta de un cineasta que siempre ha buscado provocar incomodidad.

El contexto de producción tampoco es menor. Netflix suma con ‘Las muertas’ otra adaptación de la literatura latinoamericana tras anunciar proyectos sobre ‘Pedro Páramo’ o ‘Cien años de soledad’. La serie se inscribe en esa apuesta por trasladar clásicos al streaming global, aunque en este caso la elección de Estrada garantiza una mirada crítica sobre México más que una simple reconstrucción histórica.

‘Las muertas’ se erige así en un relato donde convergen violencia, poder, corrupción y sátira. Luis Estrada logra mantener el pulso de la novela de Ibargüengoitia y, al mismo tiempo, imprimirle su sello personal. La miniserie confirma que la historia de las Baladro continúa siendo una radiografía de un país marcado por sus contradicciones, en el que la frontera entre autoridad y delincuencia se desdibuja con facilidad.

MindiesCine

Buscando acercarte todo lo que ocurre en las salas de cine y el panorama televisivo.