Las casas diseñadas para impresionar guardan secretos más densos que sus paredes. Ahí dentro, entre mármol pulido y vidrios sin huellas, se perciben tensiones que no necesitan estallar para hacerse notar. El confort absoluto genera ruido cuando la calma se vuelve sospechosa. En ‘Las irresponsables’, Laura Mañá sitúa a tres mujeres dentro de una burbuja arquitectónica donde el lujo, lejos de envolverlas, las fuerza a abrir grietas. No se reencuentran. Simplemente acaban tropezando con lo que han venido esquivando durante años.
Una casa domótica en apariencia perfecta, obras de arte sin afecto, electrodomésticos que responden en inglés y un jardín que calla todo... El escenario construye un orden sin fisuras. Y en medio de ese envoltorio controlado, Nuria, Andrea y Lila aparecen como disonancias que poco a poco se afinan entre sí. Llegan sin heridas, pero el fin de semana las deja marcadas. Una cojea, otra carga un brazo inmóvil y la tercera oculta un ojo tras una venda. Lo que podría parecer exagerado se percibe como consecuencia inevitable de lo vivido. Salen golpeadas, aunque visiblemente más lúcidas.
Laura Mañá adapta la obra de Javier Daulte con respeto por su origen teatral, pero ampliando su respiración. Su dirección sigue una lógica contenida, aunque se permite dejar espacio a que los cuerpos hablen, que los silencios retumben y que los momentos ridículos tengan su función. El trío de actrices —Àgata Roca, Laia Marull y Betsy Túrnez— sostiene con fuerza un equilibrio narrativo que se tambalea solo para fortalecerse. La cámara no les impone un tono, las sigue desde la distancia precisa.
Andrea, con la firmeza frustrada de quien ha sido desplazada en su propio trabajo, se planta con orgullo ante la indiferencia del entorno. Lila transforma su abatimiento en una lucidez involuntaria. Nuria, con sus inseguridades envueltas en humor, aporta una ligereza que nunca desactiva lo que arde por debajo. Juntas trazan una línea emocional que oscila entre lo absurdo y lo revelador. Su complicidad, lejos de lo forzado, emerge como consecuencia de años compartidos.
El relato se construye sin sobresaltos. Cada movimiento se insinúa antes de materializarse. Mañá trabaja con ritmos suaves y un humor sostenido que no busca rematar gags, sino evidenciar lo que se rompe en lo cotidiano. No hay clímax impostado. Todo avanza con una lógica interna que prefiere la progresión lenta antes que la sorpresa.
Cada escena se apoya en diálogos que revelan tanto por lo que se dice como por lo que se desplaza. La casa, más que un decorado, funciona como extensión de los hábitos y deseos estancados. Las superficies brillantes devuelven reflejos que incomodan. El silencio, lejos de ofrecer respiro, impone vigilancia. La riqueza, en este contexto, resulta más opresiva que placentera.
La fotografía de Sergi Gallardo recoge esa frialdad con precisión. Hay una luz limpia, casi quirúrgica, que expone sin suavizar. La música de Xavier Capellas interviene de forma medida, sin rellenar, marcando con timidez ciertas transiciones. Cada decisión visual y sonora obedece a una idea: dejar espacio para que el vacío hable.
Mañá se muestra precisa al componer una estructura que se sostiene por acumulación de gestos. El humor emerge sin ornamento, como reflejo lógico de ciertas situaciones. Lo cómico no disimula ni endulza, acompaña lo quebrado sin enmascararlo. Las irresponsabilidades del título, aunque contenidas, articulan una resistencia que se manifiesta en pequeños gestos.
El desarrollo transcurre dentro de un marco preciso, donde cada situación se contiene sin necesidad de amplificarse. El guion esquiva las revelaciones evidentes y se apoya en pequeños desajustes que descolocan sin dramatismo. Es en ese leve temblor, en ese punto donde lo que parecía estable comienza a ceder, donde se concentra su mayor interés.
Al concluir, no emerge un nuevo orden, sino un leve desplazamiento. Los personajes se mueven desde un lugar distinto, sin proclamas ni confesiones. La superficie ya no sostiene con la misma firmeza, y es ahí, en ese desliz casi imperceptible, donde la propuesta alcanza su forma más incisiva.
