Cine y series

Las cuatro fantásticas

Jocelyn Moorhouse

2024



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A veces, lo más ruidoso de una amistad es lo que nunca llega a decirse. El resentimiento callado, ese eco agudo que permanece tras décadas de distancia, es lo que configura el esqueleto afectivo de ‘Las cuatro fantásticas’. No hay grandes revelaciones ni heridas de guerra con cicatrices cinematográficas; lo que pesa aquí es lo cotidiano: la traición vieja, la edad que avanza sin pedir permiso, la fragilidad de los lazos mantenidos por costumbre más que por deseo. En una era que multiplica los gestos reconciliadores por algoritmo y comparte emociones por TikTok, la película recupera la rareza de mirar cara a cara a quien alguna vez nos falló.

La cinta se sitúa en un contexto donde la madurez femenina —a menudo arrinconada o caricaturizada— toma el centro con una mezcla de inercia, desorientación y comedia. Lo que debería ser un encuentro luminoso en los márgenes soleados de Key West termina por adquirir la textura de una celebración incómoda: una boda impuesta como excusa, un reencuentro forzado, un viaje teñido de confusión afectiva. La directora Jocelyn Moorhouse emplea estos ingredientes como si guiara una receta que ha olvidado la proporción entre dulzura, ácido y nostalgia.

Lou, interpretada con resignación contenida por Susan Sarandon, carga con el personaje más coherente del conjunto, no porque tenga una trayectoria rica en matices, sino porque es la única a la que el guion permite interioridades visibles. Cirujana metódica y solitaria, atrapada entre la precisión del bisturí y el desorden emocional, es arrastrada hasta la boda de su examiga Marilyn (Bette Midler) mediante una mentira insostenible que involucra un supuesto premio: un gato hemingwayano con seis dedos. La metáfora no puede ser más literal ni más torpe, pero al menos sirve para activar el mecanismo de una reunión con olor a reconciliación mal cocida.

El resto del grupo lo componen Kitty, una abuela dedicada al cultivo de cannabis cuya historia personal queda relegada a trazos mínimos, y Alice, una cantante sexualmente desinhibida que parece vivir atrapada en una secuencia de chistes reciclados. Ninguna logra trascender el estereotipo inicial con el que fueron delineadas. Sheryl Lee Ralph y Megan Mullally —ambas con el talento necesario para levantar diálogos anodinos— se enfrentan a escenas construidas sin lógica, con reacciones ilógicas o remates carentes de timing.

La estructura de la película abunda en microconflictos que jamás escalan. Las discusiones entre Lou y Marilyn funcionan en la teoría como detonantes emocionales, pero su resolución final se limita a una sucesión de gestos más próximos a un sketch que a una evolución verosímil. El supuesto viaje hacia el perdón queda reducido a un montaje coreografiado donde las protagonistas cantan como si todo hubiese sido una travesura juvenil, eliminando el poso de amargura que la historia parecía querer sostener en su tramo inicial.

El tratamiento de la comedia resulta errático. Los momentos de humor físico —basados en equívocos, caídas, drogas escondidas o cuerpos semidesnudos— apuntan a un tipo de gag que exige ritmo y timing, pero que aquí se resuelve con una ejecución torpe. Las escenas carecen de la mínima lógica interna, como si los personajes hubiesen sido soltados en un plató sin dirección ni propósito, recitando líneas que parecen descontextualizadas. Esta falta de cohesión impide cualquier crecimiento emocional. Incluso las secuencias en las que se intenta generar complicidad con las nuevas generaciones —representadas por un grupo de jóvenes que adoptan a Lou como especie de figura pop accidental— resultan impostadas, desprovistas de naturalidad.

A nivel formal, el trabajo visual tampoco contribuye a sostener el relato. Las localizaciones podrían haber ofrecido una atmósfera estéticamente rica, pero terminan sirviendo de fondo para una puesta en escena plana, con una paleta visual que parece salida de una serie por streaming con presupuesto apurado. La dirección de Moorhouse queda supeditada a una funcionalidad televisiva, con planos medios reiterativos y cortes que interrumpen cualquier intento de generar ritmo interno.

Lo más sugerente, en cambio, emerge en los márgenes: las breves insinuaciones sobre el miedo al envejecimiento, la tensión entre deseo y soledad, la forma en que ciertas mujeres se narran a sí mismas a través de redes sociales para rellenar vacíos que ninguna amistad logra tapar. Pero incluso estas capas quedan diluidas, como si el guion sospechara que sus propias ideas podrían incomodar a un espectador que ha venido a pasar un rato entre canciones y peleas de amigas.

'Las cuatro fantásticas' acaba siendo una obra que plantea dilemas superficiales con la apariencia de complejidad emocional. La falta de riesgo dramático, sumada a una comicidad desorganizada, impide que sus escenas lleguen a calar. Y lo que podría haber sido un estudio afilado sobre la decadencia de ciertas amistades termina por convertirse en una postal de vacaciones, repleta de promesas que no llegan a desarrollarse.

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