El calor enrarece los cuerpos y las mentes. Bajo un sol despiadado que derrite hasta los miedos más arraigados, las calles de Marsella se convierten en cámaras de ebullición, escenarios donde lo reprimido encuentra vías de escape inesperadas. En los balcones, las mujeres observan y son observadas. Espacios intermedios entre lo público y lo privado, entre la seguridad del hogar y la amenaza del exterior, entre la contemplación y la acción. Ahí, donde las miradas pesan, donde los juicios se filtran en cada gesto, se teje el nudo de 'Las chicas del balcón', una película que desgarra sin pedir permiso, que expone sin piedad lo que muchos prefieren mantener en la sombra.
Noémie Merlant no introduce al espectador en una narración medida ni en una exploración cauta. Su cine se impone con la fuerza de un grito ahogado demasiado tiempo. El inicio de la película es una declaración de intenciones: un asesinato que no es el centro de la historia, sino el preludio de una mirada feroz sobre la violencia estructural, sobre cómo se perpetúan los abusos y qué sucede cuando las víctimas deciden actuar. Sin dejar espacio para la condescendencia ni para la equidistancia, Merlant moldea un thriller con el filo de la rabia y la ironía.
La historia sigue a tres mujeres unidas por una complicidad que sobrevive a la incertidumbre y al miedo. Nicole (Sandra Codreanu), escritora frustrada que intenta completar su novela mientras lidia con sus propios demonios; Ruby (Souheila Yacoub), una camgirl que se desliza con naturalidad entre la provocación y la reivindicación de su libertad; y Elise (la propia Merlant), actriz atrapada en un matrimonio que la asfixia. La acción se dispara cuando, tras una noche de fiesta, Ruby regresa a casa cubierta de sangre, marcando el punto de inflexión de un relato que se mueve entre la venganza y la catarsis.
El tono de 'Las chicas del balcón' oscila entre el grotesco y el drama, entre lo cómico y lo ferozmente violento. No hay contención ni mesura en la forma en que se retrata el horror. La directora no busca diluir la crudeza de lo que narra con eufemismos o veladuras estilísticas. En cambio, juega con lo absurdo, con la caricatura feroz de aquellos que justifican la violencia, con la literalidad del castigo infligido a quienes han gozado demasiado tiempo de impunidad. La película saca partido del humor negro sin trivializar el dolor, una línea difícil de recorrer sin caer en el efectismo o la banalización.
Los diálogos afilados y las interpretaciones vibrantes sostienen la tensión constante. Merlant maneja el ritmo con una soltura envidiable, saltando entre géneros sin que la película pierda cohesión. La manera en que la historia se abre hacia lo sobrenatural refuerza su discurso sin convertirlo en un simple juego de simbolismos. La protagonista es acechada por fantasmas de los victimarios, espectros que niegan su culpabilidad, que recitan las excusas de siempre con la misma convicción con la que lo harían en un tribunal o en una conversación cómplice entre amigos. Merlant, cómplice de la crudeza, los expone sin matices, los ridiculiza sin piedad, pero también los devuelve a la mirada de un público que debe decidir si seguir mirando o apartar la vista.
El desenlace, lejos de ofrecer una resolución convencional, apuesta por la transgresión total. En el espacio público, donde se las ha juzgado y reducido a meros cuerpos a merced del escrutinio, las mujeres toman la ciudad como escenario de una liberación irreverente. En una de las secuencias más potentes de la película, se pasean por las calles sin miedo ni vergüenza, reclamando un espacio que les ha sido negado. Es un final que no busca el equilibrio, sino la afirmación rotunda de que, en ocasiones, la subversión es la única salida posible.
'Las chicas del balcón' no es una película que busque agradar. Su fortaleza radica en la ausencia de concesiones, en la manera en que se posiciona sin titubeos y en la audacia con la que reformula los códigos del thriller y la comedia negra. Merlant entrega una obra que provoca, que incomoda, que no deja indiferente. Su mirada es una llamada a la acción envuelta en un relato que, aunque desbordante en su propuesta visual y narrativa, no pierde de vista su propósito: exponer, desafiar y desmontar el silencio.
