El eco de las campanas funerarias parece perder su solemnidad cuando entra en juego la comedia. La tercera temporada de ‘Muertos S.L.’ irrumpe en Netflix con una mirada hacia un espacio donde la muerte solo sirve de telón de fondo para retratar un mundo laboral plagado de ambiciones, alianzas efímeras y rivalidades que se agitan como hojas en pleno vendaval. En esta ocasión, la Funeraria Torregrosa ya no es solo un negocio: es un microcosmos donde las lealtades se desgastan y cada movimiento responde a una estrategia casi bélica, tan absurda como implacable.
El paso de la serie de Movistar Plus+ a la plataforma de streaming no altera la esencia de los hermanos Caballero, pero sí intensifica su retrato de un universo donde cada personaje, con sus obsesiones y miserias, construye una farsa coral que funciona como espejo deformante de ciertas dinámicas del presente. La llegada de Vanesa al puesto de directora coloca a todos frente a sus propios límites: Dámaso, dispuesto a sabotear con la precisión de un ajedrecista frustrado; Chemi, atrapado en sus planes empresariales imposibles; las hijas de la antigua dueña, revoloteando con intenciones de derribo; y el resto, cada cual con un objetivo tan excéntrico como persistente.
El mayor acierto de esta temporada reside en esa batalla entre Vanesa y Dámaso, dos polos que generan un torbellino capaz de arrastrar a quienes orbitan alrededor. Ella, calculadora y pragmática; él, impulsivo y retorcido. Los guiones explotan esa tensión con ritmo acelerado, a veces hasta el punto de que los giros se suceden con una velocidad que impide asentar cada consecuencia antes de introducir la siguiente. Sin embargo, ese frenesí forma parte de la identidad de la serie: un humor que se alimenta del caos, donde la sátira social surge de manera casi accidental entre tramas de despidos, precariedad y empresas dispuestas a devorarse a sí mismas.
Cada episodio, con sus apenas treinta minutos, concentra una energía cómica que evita la dispersión. La Funeraria Torregrosa se convierte en un escenario donde lo laboral, lo sentimental y lo ridículo conviven sin jerarquías. Vanesa y su romance con el becario Roque aportan un contrapunto íntimo a tanta rivalidad despiadada, mientras que Chemi y Nino, compañeros de piso, añaden a la ecuación un desparpajo cotidiano que mantiene vivo el pulso humorístico.
El humor negro, marca registrada de los Caballero, se despliega con precisión quirúrgica. La serie evita convertir la muerte en un tabú solemne: aquí es un pretexto para mostrar hasta qué punto la ambición y el absurdo pueden convivir sin fricciones. Los clientes extravagantes, los planes descabellados para salvar el negocio, la insistencia de Dámaso en derribar a Vanesa aunque eso implique arrastrarse con tal de ascender… Todo se entrelaza hasta construir un mosaico donde cada personaje se convierte en engranaje imprescindible de una maquinaria siempre al borde del colapso.
A diferencia de temporadas anteriores, esta entrega otorga a Vanesa un protagonismo que altera el equilibrio habitual. Amaia Salamanca imprime al personaje una frialdad calculadora que contrasta con la visceralidad de Carlos Areces como Dámaso, y esa oposición genera algunos de los momentos más afilados de la serie. El guion aprovecha la ambición de ambos para articular una trama donde cada triunfo lleva implícita una derrota, y cada alianza nace condenada a romperse en cuestión de minutos.
El reparto coral mantiene su frescura gracias a la habilidad de los Caballero para evitar que cada personaje quede reducido a una caricatura. Morales con su ingenuidad persistente, Anselmo y su inseparable perro, Nino siempre buscando ingresos paralelos, Olivia y sus conquistas fugaces, Manuela con sus causas imposibles… Todos encuentran un espacio propio en medio de una trama principal que avanza con rapidez, aunque a veces ese vértigo deje a algunos secundarios con menos recorrido del que merecerían.
El salto a Netflix genera interrogantes sobre el futuro de la serie. Esta temporada funciona casi como un punto intermedio: mantiene intacta la esencia costumbrista y ese humor con filo, pero al mismo tiempo abre la puerta a una posible cuarta entrega donde la rivalidad entre Vanesa y Dámaso podría alcanzar cotas aún más extremas. La brevedad de los seis episodios provoca la sensación de que el potencial de la serie podría expandirse en un formato con más espacio para que las tramas respiren.
Los Caballero vuelven a demostrar su capacidad para transformar lo cotidiano en una comedia donde la crueldad y la ternura se rozan constantemente. La Funeraria Torregrosa, con sus empleados imposibles y su directora recién llegada, encarna un mundo donde las jerarquías laborales, los egos desbordados y las ambiciones personales se mezclan hasta generar un retrato mordaz del presente. En esa combinación de sátira, humor negro y personajes reconocibles reside la fuerza de una serie que, lejos de agotarse, parece encontrar en cada temporada nuevas formas de agitar su propio ecosistema.
