Cine y series

Pulso - Primera Temporada

Kate Dennis

2025



Por -

Un hospital puede parecer una caja hermética donde todo entra y nada escapa. El lugar al que uno acude para encontrar reparación, donde el dolor es procesado por profesionales que actúan con la precisión de un reloj clínico. Pero a veces, el latido que sostiene ese sistema sufre una arritmia. ‘Pulso’, la serie de Kate Dennis, se sitúa justo en ese intervalo irregular, entre el ruido del desfibrilador y el murmullo de pasillos donde los silencios pesan más que las palabras.

Dentro del Maguire Hospital, en una Miami caldeada no solo por el clima sino por las tensiones que bullen en su interior, el relato arranca como si ya estuviésemos llegando tarde a algo. Una tormenta se aproxima desde fuera, mientras otra, más espesa, más corrosiva, se desliza en las relaciones laborales del equipo médico. Esta historia no espera. Arrebata desde el primer minuto la posibilidad de instalarse con calma. Su frenesí inicial parece más un dispositivo defensivo que una virtud narrativa: un modo de disfrazar la falta de dirección con saturación de estímulos.

La estructura se apoya en una jornada extendida hasta lo grotesco, una maratón quirúrgica donde los turnos se funden y las personalidades se desgastan. Los flashbacks actúan como bisturíes que abren a destiempo las memorias de sus protagonistas, pero apenas logran suturar una comprensión real del porqué de sus actos. Dr. Danielle Simms, interpretada con una fragilidad constante por Willa Fitzgerald, es empujada a una jefatura provisional tras denunciar a su superior por acoso. Esta promoción, empañada por la sospecha, la expone a una doble vigilancia: la de sus colegas y la del propio espectador, que duda de sus motivos desde el primer plano.

El relato no rehuye el tema espinoso del abuso de poder, pero lo presenta de manera deslavazada. Las piezas del conflicto entre Danny y Xander Phillips se van soltando con torpeza, como si el guion dudara en cada paso, sin atreverse a comprometerse del todo con lo que insinúa. Las tensiones sexuales, en lugar de complejizar la trama, tienden a banalizarla, dejando la sensación de que la serie teme mirar de frente lo que plantea. Esta ambivalencia narrativa erosiona cualquier atisbo de contundencia moral.

Los personajes que orbitan en torno a esta dupla central se ven reducidos a satélites con escasa gravedad propia. El médico soberbio que insinúa redención, la hermana con movilidad reducida cuyas líneas de diálogo parecen escritas al margen, la estudiante entusiasta que brilla por contraste con un entorno apagado... Todos ellos se presentan como funciones al servicio del eje principal, y no como cuerpos narrativos con vida autónoma.

La dirección de Kate Dennis opta por una estética pulida, con transiciones limpias y planos diseñados para enfatizar el dramatismo sin estridencias. Sin embargo, ese barniz no alcanza a cubrir las grietas estructurales del guion. Hay una tendencia a estetizar la tensión, a decorar el conflicto con música emocionalmente dirigida y ralentís innecesarios. Esta sobreproducción formal termina por distanciar más que implicar.

Cuando se apaciguan los elementos, una vez pasa el huracán literal que ocupa la mitad de la temporada, la serie insinúa posibilidades más interesantes. Se perciben gestos que apuntan a una voluntad de observar con mayor calma lo que implica tomar decisiones clínicas bajo presión, pero estos momentos son escasos y suelen ser interrumpidos por la necesidad de regresar al drama sentimental.

El hospital de ‘Pulso’ se presenta como un ecosistema fatigado, donde la cadena de mando es difusa, y el liderazgo se confunde con carisma o con simpatía superficial. No hay en su construcción una crítica sólida a la estructura sanitaria, sino una aproximación dispersa a lo emocional que sucede cuando esa estructura empieza a resquebrajarse.

La serie tampoco consigue dotar de consistencia a sus casos médicos. Estos aparecen más como anécdotas funcionales que como nodos que propicien un desarrollo ético o profesional relevante. Ni los procedimientos quirúrgicos ni las urgencias emocionales logran sostenerse por sí mismos. La medicina es, aquí, una escenografía sobre la cual se representan conflictos personales sin resolver.

En un momento de la serie, uno de los personajes señala que el hospital se ha convertido en un lugar irrespirable. No hay ironía en esa afirmación. ‘Pulso’ logra transmitir ese enrarecimiento, ese aire denso que inunda un entorno laboral cuando las relaciones personales contaminan cada decisión. Pero lo hace sin proponerse un mapa para navegar ese malestar, sin dotar a sus personajes de recursos para comprender el lugar que ocupan.

El resultado es una ficción que se construye desde la urgencia, pero que raramente encuentra dirección. Una serie que tantea temáticas de calado ,la violencia simbólica, la meritocracia fingida, la fragilidad del liderazgo femenino, pero que se dispersa en el intento. Su mayor acierto es precisamente su incomodidad, ese temblor constante que no se transforma en convicción, pero que sí señala la grieta que atraviesa a sus personajes. A fin de cuentas, el título no miente: lo que oímos en ‘Pulso’ es un latido alterado, incierto, tal vez demasiado débil para sostener el cuerpo que lo contiene.

La primera temporada de 'Pulso' ya está disponible en Netflix.

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