Cine y series

La Furia

Gemma Blasco

2025



Por -

Una grieta invisible separa el instante anterior de todo lo que viene después. No se oye el crujido. No hay explosión. Solo una fisura que se abre y lo devora todo, como un incendio sin humo. En ‘La Furia’, esa fractura no se enuncia. Se habita. Gemma Blasco no busca levantar un monumento a la violencia, sino recorrer los escombros con los pies descalzos. El centro de su relato no es el hecho en sí, sino la imposibilidad de recomponer lo que ya no sabe volver a ser.

Un cuerpo femenino se convierte en campo de batalla sin que nadie haya declarado la guerra. La protagonista, joven actriz aún en formación, asiste a su propia demolición sin saber qué parte de sí proteger. Lo que en otras películas sería tratado como una revelación o como un clímax, aquí se omite con exactitud quirúrgica: la pantalla se funde en negro, la agresión queda fuera de campo. No es un recurso para suavizar el golpe, sino una decisión narrativa que concentra el peso en las secuelas, no en el acto. Lo que interesa no es la violencia como espectáculo, sino lo que ocurre cuando esa violencia se enquista en lo cotidiano.

Álex, encarnada con extrema tensión por Ángela Cervantes, camina a ciegas por un año de silencio y fragmentos. No encuentra consuelo en su entorno. Su hermano, lejos de convertirse en apoyo, carga su propia furia como si le perteneciera más que a ella el agravio. En ese desencuentro familiar se traza otra línea de fractura, menos visible, pero igual de corrosiva. La relación se convierte en otra forma de agresión, no física, pero igualmente invasiva. Él necesita venganza; ella apenas logra respirar.

El teatro emerge como refugio y territorio de transformación. No hay redención posible, pero sí una suerte de transmutación. Interpretar a Medea no es una forma de sublimación, sino un gesto de apropiación: de la rabia, del dolor, de la narrativa misma. La tragedia griega no decora, tampoco ilustra; se impone como un eco remoto que resuena en las tablas y en la carne. El célebre monólogo no se recita, se arranca de las entrañas.

Blasco apuesta por una puesta en escena orgánica, cercana al hueso. La cámara se adhiere al cuerpo de Álex como si fuera un parásito, siguiendo cada respiración, cada espasmo. El montaje fragmentario no confunde, sino que reproduce fielmente el caos de la memoria rota. La película avanza sin jerarquías temporales, como si todo ocurriera al mismo tiempo: la agresión, la ira, la pérdida, la interpretación. No hay distinción entre la vida y el escenario.

En algunos momentos, la acumulación de imágenes simbólicas, la sangre menstrual, la matanza del jabalí, la carne expuesta, corre el riesgo de saturar. El subrayado visual, si bien coherente con la propuesta sensorial del filme, desborda en escenas donde lo visceral devora lo sutil. Aun así, el conjunto mantiene el equilibrio gracias a una dirección que entiende el dolor no como algo que se narra, sino como algo que se manifiesta.

El personaje de Adrián, interpretado con dureza por Àlex Monner, aporta una capa inquietante al relato. No representa al antagonista clásico, pero sus acciones operan como contrapeso destructivo. Es protector en exceso, violento sin golpes, ciego ante lo que no puede controlar. La directora no lo disculpa ni lo condena, lo deja expuesto. Su evolución responde más a su incapacidad de comprender que a la voluntad de dañar, y precisamente por eso resulta tan incómodo.

Lo más impactante de ‘La Furia’ no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta. La película no busca conmover ni aleccionar, sino establecer un contacto físico con el espectador. No hay distancias, ni narrador externo, ni respiro dramático. Todo se vive en presente continuo, incluso lo que ya pasó. No hay solución, ni transformación heroica. Solo una chica enfrentándose a lo que no puede olvidar, mientras el mundo sigue exigiéndole explicaciones.

Gemma Blasco demuestra firmeza y coherencia incluso cuando bordea el exceso. Su mirada no se pliega al dramatismo ni al panfleto. En lugar de eso, opta por una violencia íntima que no se grita, se arrastra. El rojo, omnipresente, no adorna ni embellece. Representa lo que no cicatriza. El teatro, por su parte, no salva. Sirve apenas como superficie donde apoyar el cuerpo sin caer.

‘La Furia’ se mantiene al borde del colapso durante sus 107 minutos. Nunca se entrega a la catarsis. No hay consuelo posible ni cierre reparador. Solo una certeza incómoda: que la violencia persiste más allá del acto, que la rabia no siempre encuentra cauce, y que no todas las historias están hechas para ser resueltas.

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