Una postal se arruga con el tiempo, pero su trazo permanece suspendido entre la ternura del recuerdo y el desgaste de lo idealizado. Hay algo en las imágenes de ‘Acapulco’ que evoca ese deterioro silencioso de lo que fue, como si cada fotograma tejiera un artificio de verano perpetuo en el que las verdaderas fracturas quedan envueltas en música alegre y colores saturados. La última temporada de la serie, emitida por Apple TV+, no rehúye ese impulso: lo abraza, lo decora y lo convierte en motor narrativo. El hotel Las Colinas es el corazón de ese espejismo, un lugar tan simbólico como concreto, donde los personajes se cruzan como si viviesen al borde de un desfile constante de recuerdos que no terminan de marcharse.
La serie, desarrollada por Austin Winsberg, Eduardo Cisneros y Jason Shuman, se despide con un gesto de gratitud hacia su propio universo, como si celebrase la permanencia de ciertas ficciones en la memoria emocional del público. Pero debajo de las buenas intenciones y la envoltura amable, hay una elaboración calculada que reduce la complejidad a guiños reconocibles. ‘Acapulco’ rehúye el desgarro, lo suaviza todo, incluso cuando aborda traiciones laborales, conflictos de clase o crisis identitarias. Su última entrega funciona más como epílogo que como clímax. Se enfoca en cerrar con elegancia una historia que nunca estuvo demasiado interesada en desbordar sus propios márgenes.
En esta cuarta temporada, el relato se fragmenta entre dos líneas temporales ya conocidas: el presente de un Máximo adulto (Eugenio Derbez), empeñado en devolverle su brillo a Las Colinas, y el pasado de 1986, donde el joven Máximo (Enrique Arrizon) se enfrenta a una versión diluida del ascenso laboral. Lo que se presenta como un intento por recuperar el estatus del resort, adquiere un tono más bien cíclico, donde el verdadero motor de la historia es el juego de relaciones personales: la lealtad traicionada, los afectos interrumpidos, las reconciliaciones postergadas. El guion, firmado por autores como Sam Laybourne y Robert Sudduth, opta por una acumulación episódica más que por una construcción que avance en profundidad temática.
Los personajes orbitan en torno a la figura de Máximo como satélites que cumplen funciones específicas en el equilibrio narrativo. Julia, Memo, Don Pablo, Sara, Diane y el resto del reparto no evolucionan tanto como se reacomodan para que la historia fluya con cierta fluidez emocional. Este dispositivo mantiene la estructura viva, pero debilita cualquier impulso disruptivo. Lo que en otras series sirve para desmontar mitos, en ‘Acapulco’ se transforma en reafirmación continua del tono: todo debe resultar entrañable, incluso cuando se habla de despidos, corrupción o muerte. El peso dramático nunca llega a cuajar del todo; parece diluirse en la exigencia de permanecer simpático.
El uso del humor funciona como válvula de escape, pero también como límite. Cada conflicto termina amortiguado por una broma o una escena musical que relaja cualquier tensión acumulada. Esta ligereza sostenida, aunque efectiva, encierra un problema de ambición: si todo se presenta con la misma temperatura emocional, resulta difícil distinguir qué momentos deberían importar más. Esa homogeneidad tonal convierte los diez episodios en una especie de coreografía televisiva: atractiva, sí, pero también predecible. La nostalgia sirve como cemento dramático, pero en exceso adquiere un aire de simulacro.
El trabajo de Eugenio Derbez es más decorativo que transformador. El actor encarna una versión domesticada de sí mismo: paternal, amable, ligeramente melancólico. Su presencia funciona como bisagra narrativa, pero rara vez incomoda o sorprende. En cambio, Enrique Arrizon ofrece una actuación más articulada, con pequeños destellos de contención que sostienen al personaje en sus contradicciones. Su Máximo joven transita entre la vanidad y la culpa, aunque el guion no le permite demasiadas desviaciones. El resto del elenco mantiene una química reconocible, especialmente en las escenas corales, donde el hotel se convierte en una microciudad coreografiada con precisión.
Visualmente, la serie insiste en un cromatismo vibrante que refuerza la idea de postal idealizada. El diseño de producción enfatiza la artificialidad del entorno, como si el Acapulco de los 80 fuese una escenografía suspendida en un tiempo que nunca existió así. Este recurso tiene una función doble: por un lado, alude a la fantasía turística de una época; por otro, suaviza la lectura de los temas sociales que aparecen de fondo, como la precariedad laboral o las tensiones económicas. ‘Acapulco’ prefiere el gesto cariñoso al posicionamiento explícito, lo que le otorga una forma de neutralidad cómoda, pero también carente de fricción.
La despedida de ‘Acapulco’ no aspira a la ruptura ni al giro dramático final. Su propósito parece ser otro: preservar el tono con el que nació. Esta cuarta temporada actúa como una carta de despedida firmada sin sobresaltos. Se inscribe dentro de una tendencia reciente en la ficción televisiva que privilegia lo reconocible sobre lo imprevisible. En ese sentido, no hay desajustes formales ni apuestas arriesgadas. Todo se cierra con una sonrisa nostálgica, con los personajes bien alineados en sus destinos, como si el tiempo no los hubiese alterado demasiado.
Queda un retrato amable, cuidadosamente diseñado, de una versión ficticia de México que prioriza el afecto colectivo por encima del conflicto individual. ‘Acapulco’ se retira sin ruido, confiando en la memoria emocional del espectador para sostener su legado. Quizá su mayor acierto haya sido ese: construir un universo sin fracturas donde el recuerdo siempre encuentra un lugar seguro para posarse.
