Cine y series

La chica de la aguja

Magnus von Horn

2025



Por -

El destino de los olvidados suele escribirse en habitaciones estrechas y en calles donde la miseria se filtra entre los adoquines. Hay lugares que se construyen sobre el desencanto, donde la esperanza no es más que una superstición. En esos espacios, la lucha por la supervivencia se convierte en la moneda de cambio, y el cuerpo, en una carga o en una transacción. 'La chica de la aguja', la nueva película de Magnus von Horn, no pretende ser una ventana a la historia, sino un reflejo oscurecido de lo que queda cuando la vida ha sido arrancada de cuajo y la única certeza es la desesperación.

Desde su primera escena, el film arrastra al espectador a una Copenhague marcada por la sombra de la guerra. No es un paisaje de ruinas físicas, sino de derrumbes humanos. Karoline (Vic Carmen Sonne) avanza por este entorno como un espectro de carne y hueso, enfrentando la precariedad de quien solo puede elegir entre opciones igualmente nefastas. Trabajadora en una fábrica textil, pronto es empujada hacia una cadena de eventos donde cada decisión la hunde un poco más. La guerra le ha arrebatado lo poco que tenía, y las oportunidades que se le presentan son simples mecanismos de absorción: en un mundo de hombres rotos y mujeres desechadas, ella no es más que una pieza en un engranaje indiferente.

Von Horn opta por una estética que sumerge al espectador en una sensación de perpetua penumbra. La fotografía en blanco y negro de Michal Dymek no solo acentúa la atmósfera de asfixia, sino que convierte la luz en un recurso efímero, fugaz, tan inalcanzable como la redención. Cada encuadre está calculado para resaltar la crudeza de las situaciones sin recurrir a la exageración ni a lo morboso. No hay lugar para el alivio, solo para la constatación de una existencia que se reduce a sobrevivir un día más.

Las interpretaciones sostienen el peso de la narración. Vic Carmen Sonne, con su rostro marcado por la fatiga y la resignación, encarna a Karoline con una intensidad que atraviesa la pantalla. Su evolución es casi imperceptible en términos de expresión, pero contundente en lo que deja ver: no hay un despertar, sino una sucesión de derrotas que la endurecen hasta desdibujar lo que alguna vez fue. Trine Dyrholm, en el papel de Dagmar, es la personificación de una ambigüedad perturbadora. No es una villana en el sentido convencional, sino alguien que ha aprendido a operar dentro de las reglas de un mundo que no ofrece salidas.

El relato se desliza entre escenarios que parecen sacados de un sueño turbio. La fábrica, el circo deforme, el baño público donde Karoline intenta liberarse de un futuro no deseado, la dulcería que esconde una actividad mucho menos inocente. Cada espacio refleja una degradación moral que la película expone sin necesidad de subrayados. Von Horn estructura la historia sin urgencias, permitiendo que el horror cotidiano se acumule hasta hacerse insoportable.

Los temas que atraviesan el film no están diseñados para la contemplación distante. La maternidad, el abandono, la indiferencia de un sistema que castiga la pobreza con más miseria. Todo está contenido en una historia donde la opción menos cruel sigue siendo aterradora. Von Horn no busca redenciones fáciles ni discursos moralizantes. En su universo, la moralidad es un lujo que pocos pueden permitirse, y las elecciones se miden por su nivel de supervivencia, no por su rectitud.

En su tramo final, 'La chica de la aguja' intensifica su peso emocional sin traicionar su tono. No hay grandilocuencia, solo la certeza de que cada personaje ha llegado a su punto de no retorno. No es una historia de aprendizaje ni de superación, sino el retrato de una espiral en la que la caída es inevitable. La última imagen no busca conmover, solo dejar claro que, en un mundo como este, la mayor victoria es seguir respirando.

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