Cine y series

La Acompañante

Drew Hancock

2024



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El ser humano siempre ha buscado domar lo indómito. Desde domesticar la naturaleza hasta moldear afectos, la obsesión por el control persiste como un eco en cada avance tecnológico. 'La Acompañante' no habla de robots, sino de esa pulsión por diseñar realidades a medida, donde las emociones son ajustables y los conflictos se resuelven con un clic. Drew Hancock construye un relato incómodo, no por lo que muestra, sino por lo que insinúa: ¿hasta qué punto nuestras relaciones están condicionadas por la necesidad de poseer en lugar de comprender?

En un mundo hiperconectado, donde aplicaciones prometen optimizar hasta el amor, la película funciona como un espejo deformante. Iris, interpretada con precisión quirúrgica por Sophie Thatcher, no es un artefacto futurista, sino la materialización de un deseo ancestral: la compañía sin fisuras. Su pelo impecable, sus gestos calculados y su devoción incondicional hacia Josh (Jack Quaid) encarnan la fantasía de una feminidad complaciente, un ideal que Hancock desmonta con crudeza. La película no juzga la tecnología, sino la mediocridad de quienes la usan para suplir carencias morales.

Josh, con su sonrisa de niño bueno y su incapacidad para aceptar un "no", representa al hombre contemporáneo que confunde cortesía con virtud. Quaid aprovecha su carisma natural para construir un villano creíble: no un genio malvado, sino un tipo común que recurre a la manipulación por pura inseguridad. Su relación con Iris no es un experimento científico, sino la prolongación de una mentalidad que reduce el amor a un servicio. Cada ajuste en la aplicación que controla a la acompañante —desde su nivel de inteligencia hasta su capacidad para cuestionar órdenes— delata el miedo a ser superado por aquello que se considera una propiedad.

Iris, en cambio, evoluciona de objeto a sujeto. Thatcher transmite con sutileza el despertar de una conciencia que, aunque artificial, duele con autenticidad. Sus movimientos, inicialmente mecánicos, ganan fluidez conforme descubre la mentira en la que habita. La escena en la que modifica su propia programación —subiendo su coeficiente intelectual mientras Josh duerme— es un acto de rebeldía silenciosa, un "yo también puedo jugar" cargado de ironía. Hancock evita el pathos fácil: no hay monólogos grandilocuentes, solo pequeños gestos —una mirada sostenida, un puño que se cierra— que revelan la fractura entre lo programado y lo sentido.

El diseño de producción refuerza la dualidad entre lo artificial y lo orgánico. La casa junto al lago, con sus líneas minimalistas y tonos fríos, parece sacada de un catálogo de lujo, pero se vuelve claustrofóbica cuando la trama se enreda. Hancock utiliza planos simétricos para enfatizar el orden impuesto, que luego rompe con primeros planos temblorosos durante los momentos de caos. La banda sonora, que alterna baladas pop de los 90 con silencios abruptos, refuerza la sensación de vivir en una simulación.

El guion, sin embargo, no siempre sostiene el equilibrio entre sátira y thriller. Algunos giros —como la trama secundaria de robo— parecen concebidos para mantener el ritmo más que para profundizar en los temas. Rupert Friend, como el oligarca ruso con acento caricaturesco, aporta comicidad, pero su personaje raya en el estereotipo, restándole peso a la crítica social. Pese a ello, la película mantiene su mordacidad gracias a diálogos afilados y un tercer acto que opta por la acción física en lugar del discurso moralizante.

'La Acompañante' no ofrece soluciones, pero sí plantea una pregunta incómoda: ¿qué buscamos realmente en el otro? Hancock no condena la tecnología —Iris es tan víctima como verdugo—, sino la pereza emocional de quienes prefieren inventar compañía antes que cultivarla. En una secuencia reveladora, Josh confiesa haber elegido a Iris porque las mujeres reales "exigen demasiado". La línea resuena en una época donde el ghosting y los filtros de belleza distorsionan el contacto humano.

La película no es perfecta —su tono oscila entre lo sardónico y lo sentimental—, pero su ambición la salva. Al final, lo que perdura no es la violencia ni la traición, sino la imagen de Iris caminando hacia un horizonte incierto, libre de algoritmos pero cargando con las cicatrices de quien ha sido usado. Es un final abierto que evita el triunfalismo, recordándonos que la autonomía, incluso para una máquina, duele más de lo que libera.

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