Una ciudad duerme mientras sus habitantes tropiezan con decisiones que parecen casuales. Nadie los observa desde las alturas, no hay juicio divino ni redención. Solo una cadena opaca de causas que se encadenan, cuerpos que caen, puertas que se cierran, pasillos que se estrechan. En ‘Karma’, la mirada de Lee Il-hyung no busca lo espectacular, sino lo ineludible: lo que sucede cuando cada elección, por mínima que sea, erosiona el presente y corrompe el futuro.
Lo perturbador no es tanto lo que vemos, muertes simuladas, accidentes encubiertos, chantajes con sonrisa torcida, como lo que intuimos: el mundo que retrata ‘Karma’ no está construido con certezas sino con pequeños errores cotidianos que, una vez sumados, dejan un eco irreparable. La serie no necesita forzar su moralidad; le basta con sugerir que nadie escapa de sí mismo, aunque lo intente. Ni siquiera cuando el maquillaje de los días disfraza el terror de las noches.
Desde su primer plano, un incendio industrial con un cuerpo todavía vivo entre los escombros, hasta el entrelazamiento final de sus seis protagonistas, la serie va sembrando con pulso firme una estructura donde lo casual es solo apariencia. El guion, también obra de Il-hyung, se apoya en una arquitectura narrativa de doble línea temporal para conectar a personajes que, aunque parezcan autónomos, solo funcionan como eslabones de una maquinaria más grande. Esa maquinaria no es el azar: es la acumulación de pequeñas decisiones tomadas desde la angustia, el resentimiento o la codicia.
Uno de los hilos que vertebran esta red es Jae-yeong, un hombre asfixiado por sus deudas, que encuentra en la póliza de seguro de su padre la última posibilidad de evitar la ruina. Su camino se cruza con Gil-ryong, un exdelincuente convertido en ejecutor de tragedias ajenas. La ejecución del plan no solo revela sus torpezas y miserias compartidas, sino que arrastra consigo a personajes secundarios cuyas vidas, de repente, pierden sentido o dirección.
A partir del tercer episodio, la serie acelera su dinámica. Lo que al principio se presenta como un mosaico algo disperso, la estrategia episódica recuerda a un modelo de antología, se condensa en una madeja de encuentros fortuitos, secretos antiguos y silencios cada vez más pesados. La transición no es siempre limpia, y algunas subtramas se diluyen, pero la ambición estructural se mantiene firme.
Entre los aciertos de Il-hyung destaca la dirección de actores. Park Hae-soo, en el rol del testigo que se vuelve extorsionador, ofrece una actuación medida, capaz de alternar cinismo con amenaza sin alterar el tono. Shin Min-a, como la cirujana marcada por un trauma que regresa disfrazado de paciente, sostiene su personaje incluso cuando el guion la empuja hacia estereotipos no del todo justificados. En cambio, otros roles ,como el de Yu-jeong o el propio Glasses, no terminan de encontrar profundidad, siendo absorbidos por la inercia de la trama.
Visualmente, la serie mantiene una estética sombría sin caer en el artificio. Il-hyung opta por planos cerrados, escenarios industriales o vacíos urbanos que transmiten una sensación de encierro, de tiempo detenido. Esa atmósfera refuerza una de las ideas centrales de ‘Karma’: los personajes no actúan movidos por ambiciones claras, sino por una urgencia vital que nunca llega a explicarse del todo. Como si respondieran a un impulso ciego, a una lógica interior que no admite la pausa ni la reflexión.
La violencia, siempre presente, es ejecutada con frialdad clínica. No se celebra ni se condena, simplemente sucede. Los cuerpos caen, son arrastrados, mutilados, arden. La sangre no conmueve, solo señala el paso siguiente en la cadena de acontecimientos. En ese sentido, ‘Karma’ evita el sentimentalismo y prefiere mantenerse en un terreno incómodo, donde los personajes no buscan redimirse, sino simplemente resistir.
Lo que sí resulta cuestionable es el tratamiento desigual que reciben algunos personajes. Mientras ciertos arcos narrativos se desarrollan con solidez ,como el del testigo o el del deudor,, otros quedan relegados o resumidos a fórmulas previsibles. Especialmente notorio es el caso de Ju-yeon, cuyo pasado trágico merecía mayor atención y menos dependencia de recursos argumentales conocidos.
Aun con sus tropiezos, la serie construye una tensión constante que se alimenta del colapso moral de sus protagonistas. No se trata de juzgar sus actos, sino de observar cómo la erosión ética los transforma. En ‘Karma’, no hay lecciones ni catarsis. Solo restos. Como si la única enseñanza posible fuera que cada gesto, incluso el más insignificante, puede acumularse hasta reconfigurar el destino de muchos.
La dirección de Lee Il-hyung se sostiene gracias a su capacidad para mantener la intriga sin caer en el efectismo. La música, discreta y puntual, refuerza el desasosiego sin invadir la escena. El montaje, por momentos brusco, encuentra sin embargo momentos de lucidez al jugar con la repetición de situaciones desde distintos puntos de vista, revelando matices y contradicciones que enriquecen el relato.
‘Karma’ es una serie que se mueve entre la fatalidad y el automatismo. No pretende aleccionar ni ofrecer consuelo. Solo muestra cómo, en un mundo de equilibrios frágiles, basta con un movimiento en falso para que todo se venga abajo. No es un descenso al infierno, sino un registro meticuloso de cómo se construye.
'Karma' se encuentra disponible en Netlfix.
