Cine y series

Juegos de seducción

Gonzalo Tobal

2025



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Un rostro atractivo puede funcionar como llave, como coartada o como amenaza. En ciertos entornos, la belleza dirige los movimientos de la trama más que cualquier voluntad. En ‘Juegos de seducción’, el gesto calculado y la mirada ensayada crean una coreografía de dominio. La película imagina un espacio donde la piel se convierte en estrategia, y donde el cuerpo que seduce también puede sufrir un retroceso violento cuando el deseo pierde su marco.

Las estructuras de poder muchas veces se ocultan detrás de lo que se llama amor, aunque nada ahí remita a entrega. El juego narrativo ideado por Gonzalo Tobal arrastra a sus personajes a ese territorio: uno en el que el placer sirve como excusa para desplegar mecanismos de manipulación, pero también como trampa capaz de desarmar a quienes los emplean. La película instala su relato sobre un tablero irregular, en el que los roles cambian antes de que se entiendan del todo.

En el centro, Sebastián (Diego Boneta) interpreta al estafador con una mezcla de carisma y cálculo. Su dominio del engaño nace de la práctica, no del talento. En cada escena, ajusta su tono, afina sus palabras y adapta sus movimientos como quien cambia de traje. El artificio forma parte de su identidad. El guion permite que el personaje oscile entre el oportunismo y una falsa amabilidad. Nada en él indica una estabilidad emocional: todo fluctúa, todo se acomoda al beneficio inmediato.

El guion ofrece un punto de partida que insinúa una reflexión sobre las relaciones de poder disfrazadas de erotismo. A lo largo del relato, los movimientos de Sebastián van perdiendo claridad a medida que Carolina (Martha Higareda) altera el equilibrio con una entrada que parece azarosa, pero que instala el vértice de otra narrativa. La mujer, inicialmente delineada como un objeto de deseo, transita hacia un espacio de control. Su papel desordena la jerarquía y convierte la seducción en estrategia doble.

La ciudad, con sus reflejos metálicos y habitaciones cerradas, actúa como extensión del engaño. La dirección opta por una estética fría, como si todo sucediera en un entorno anestesiado, donde incluso la violencia resulta parte del protocolo. El sexo aparece editado con una mirada cercana a la publicidad, sin énfasis emocional, sin implicación más allá de la forma. Esa decisión formal amplifica el vacío de los vínculos representados.

El vínculo entre Sebastián y Carolina introduce una variación en el relato. Ya no se trata solo de obtener dinero mediante manipulación emocional, sino de ejecutar una operación más riesgosa, cargada de matices. La promesa de un último golpe funciona como el motor dramático, pero lo que queda en primer plano es la dificultad para sostener la coherencia emocional cuando las reglas del juego cambian. Sebastián duda, se dispersa, pierde el control del relato que construyó para sí mismo.

Gonzalo Tobal plantea un modelo narrativo que prescinde de respuestas claras. El montaje evita el encadenamiento tradicional y privilegia la fragmentación. Cada escena parece cortarse justo antes del momento decisivo. Esta decisión impide cualquier certidumbre emocional. El espectador asiste a una serie de movimientos incompletos, tensiones desplazadas y gestos que cargan con una promesa de sentido que nunca se articula del todo.

El relato nunca propone una moral. Sebastián manipula, pero también es manipulado. Carolina resiste, pero también se ajusta al esquema. En ese cruce de intenciones difusas, emerge un modelo donde los personajes actúan desde un lugar resbaladizo, guiados por intereses que rara vez se enuncian. La narrativa se construye sobre estos desajustes. Los momentos de contacto se sienten más peligrosos que las amenazas explícitas.

La música aparece como acompañamiento constante. Lejos de intensificar el drama, lo subraya, lo dirige, lo encorseta. Esa insistencia sonora produce una experiencia más controlada que visceral. La banda sonora parece decirle al espectador cómo leer cada escena, como si la imagen no bastara. Ese exceso reduce las posibilidades interpretativas y acota la ambigüedad que, por momentos, el guion intenta sugerir.

La resolución se entrega con un ritmo que distorsiona lo planteado previamente. Lo que venía trabajándose como un relato gradual, casi clínico, se precipita hacia un desenlace más próximo al capricho que a la coherencia. Las decisiones finales de Sebastián pierden contacto con sus motivaciones iniciales. Ese desfase anula parte del conflicto que venía gestándose y relega los cuerpos a meros soportes de giro argumental.

A pesar de estos desajustes, ‘Juegos de seducción’ conserva una mirada precisa sobre cómo ciertas dinámicas afectivas funcionan como transacción. En ese universo, el amor actúa como coartada, la pasión como argumento y el engaño como hilo conductor. Ningún personaje permanece estable, y eso permite un tránsito narrativo tenso, aunque no siempre convincente.

El resultado final deja una sensación de relato cuidadosamente diseñado, aunque sin una dirección nítida. El estilo visual, el ritmo narrativo y las actuaciones apuntan a una propuesta internacional, sin marcas locales. Ese desplazamiento, si bien responde a una lógica de mercado, diluye las texturas particulares que podrían haber convertido este thriller en algo más que un juego de máscaras.

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