Nadie sale indemne de vivir con demasiadas ficciones a cuestas. A veces, se lee tanto sobre el amor que la vida real no encuentra espacio para crecer. Como una planta privada de sol, Agathe, la protagonista de ‘Jane Austen arruinó mi vida’, se enrosca en sus propios miedos con una torpeza que no siempre divierte, pero que revela una dimensión específica de una generación alimentada por novelas y algoritmos. En un mundo que acelera, ella reduce la marcha. Lo hace desde una librería en París, donde la quietud de las estanterías parece más segura que cualquier cuerpo cálido. La cinta de Laura Piani no persigue una actualización del mito romántico, sino una disección de lo que queda cuando ese mito empieza a oler a humedad.
París se convierte en el paisaje mental de una mujer que no consigue avanzar una línea, ni en la escritura ni en la vida. Pero el trayecto no está tanto en el desplazamiento geográfico como en la incomodidad de habitar un yo que no termina de definirse. Piani traza un camino intermitente, donde lo literario se filtra con insistencia, sin aspirar a ser guía ni consuelo. La película no pretende deconstruir un género, simplemente lo retuerce con cuidado, dejando que la disonancia aflore sin escándalo. A veces, la ironía funciona como refugio. A veces, como espejo.
La protagonista, interpretada con delicado desajuste por Camille Rutherford, encuentra su tránsito narrativo entre el deseo aplazado, la frustración creativa y una constante sensación de estar desubicada. Vive con una hermana que resuelve sin drama y un sobrino que la interpela desde la espontaneidad. El contraste refuerza la condición de Agathe como una figura que observa la vida desde el margen, pero que ansía entrar en ella sin saber por dónde.
La película oscila entre registros. Hay escenas que remiten al vodevil de equivocaciones, con puertas que se abren en el momento menos oportuno y confesiones interceptadas por malentendidos. Otras veces, se impone una melancolía que se desliza entre líneas de diálogo o en la imposibilidad de escribir un texto que esté a la altura de uno mismo. La escritura aparece como un acto que da miedo, que se posterga, que se ensaya en la cabeza pero rara vez llega al papel. Ese bloqueo no se resuelve en la película con soluciones fáciles: más bien, se desplaza de escena en escena como una grieta que resiste el cierre.
El triángulo amoroso entre Agathe, Félix y Oliver se construye sin énfasis, con un ritmo más contemplativo que pasional. Félix, el amigo íntimo que ronda su vida con una familiaridad que incomoda, no encarna tanto una opción romántica como un espejo de su indecisión. Oliver, pariente ficticio de Jane Austen, funciona más como catalizador narrativo que como antagonista real. Sus gestos, medidos y correctos, sirven para que Agathe ensaye una versión de sí misma que tampoco le acomoda del todo. La tensión no reside en cuál de los dos hombres elegirá, sino en si alguna de esas elecciones realmente le corresponde.
Laura Piani apunta de forma indirecta hacia el síndrome de la impostora, al miedo a habitar el rol de autora sin credenciales aparentes. Pero la película va más allá del guiño temático: lo convierte en atmósfera. Agathe no se cree merecedora ni de su deseo ni de su talento. En la residencia de escritores a la que acude becada, la impostura se multiplica: entre autoras que sí escriben, entre expectativas que no encajan, entre tiempos que no se sincronizan. Piani retrata ese desencuentro con el entorno sin dramatismos ni condescendencia, confiando en la potencia de los detalles anodinos.
Visualmente, la película se instala en una estética casi doméstica, sin artificios. La campiña inglesa, que podría haber derivado en postal, se filma con sobriedad. La elección de planos contenidos, sin énfasis grandilocuentes, refuerza la idea de que lo importante ocurre en los márgenes, en las miradas que se cruzan cuando nadie está pendiente. La música, discreta pero eficaz, acompaña sin invadir. En especial, la escena final, una lectura pública en la que por fin algo se articula, consigue reunir el tono flotante del filme en una nota sostenida que no fuerza el aplauso.
La película se presenta como comedia romántica, pero funciona mejor como una narración sobre la parálisis. Hay humor, sí, pero es un humor que surge de la incomodidad, de los gestos que se interrumpen, de las palabras que no encuentran receptor. Lo que interesa a Piani es la fricción entre lo que se imagina y lo que se vive, entre el canon literario y las circunstancias cotidianas que no caben en ninguna novela. Hay momentos torpes, sí, pero también precisos. Porque a veces el ridículo revela más que la épica.
‘Jane Austen arruinó mi vida’ no desafía los códigos del cine sentimental; los habita con una mezcla de afecto y escepticismo. Su mayor virtud reside en evitar el artificio del mensaje cerrado. La película deja entrever que lo que frena no es la falta de amor, sino la incapacidad de traducirse. Que lo más difícil no es elegir entre dos hombres, sino escribir sin miedo al vacío. Que el amor romántico, cuando se impone como horizonte excluyente, acaba pareciéndose demasiado a una excusa.
En su debut, Laura Piani propone una mirada pausada sobre un malestar reconocible. Su película no invita a la evasión ni a la catarsis, sino a una convivencia silenciosa con las zonas grises del deseo, del afecto y de la creación. A veces, lo más difícil no es que la vida no se parezca a los libros, sino que los libros se conviertan en obstáculo para vivirla.
