Un aula puede parecer una cápsula sellada donde los días se suceden con la precisión de un horario. Pero basta girar la cámara hacia un rincón no señalado del pupitre o detener el sonido en una pausa al hablar, para que surja el temblor de algo que escapa a los márgenes. En ‘Grup Natural’, Nina Solà convierte ese temblor en el centro de su mirada: la adolescencia no como un tránsito, sino como una forma efímera de habitar el mundo, plagada de contradicciones, ritmos torpes y espacios compartidos que rara vez vuelven a repetirse.
El documental se abre paso entre rutinas escolares y dinámicas colectivas que, en el contexto del colegio Súnion de Barcelona, proponen un modelo pedagógico que desarticula la verticalidad tradicional. La escuela no aparece como un escenario previsible sino como un organismo vivo, regulado por sus propias fisuras. Lo que podría interpretarse como un experimento institucional adopta una forma más porosa, dejando que los gestos, silencios y errores de los alumnos hablen por sí solos. Solà opta por no sobreenmarcar, dejando que la fragmentación se transforme en su principal herramienta narrativa.
El documental estructura su relato en tres momentos de un mismo curso, siguiendo a tres grupos de estudiantes en etapas distintas del sistema: primero de ESO, tercero de ESO y segundo de bachillerato. No se trata de una progresión clásica, sino de un juego de reflejos que conviven dentro de una misma realidad. Cada grupo es un microcosmos autónomo que desarrolla dinámicas propias. No hay jerarquías claras, pero tampoco desorden: se impone una lógica colectiva que se va moldeando con el roce del día a día.
Las decisiones de cámara y montaje adquieren un protagonismo inusitado. La dirección de fotografía, a cargo de Núria Gascón, registra la luz tenue de los pasillos, el gesto apenas esbozado, la acumulación de objetos en una mesa compartida. No hay ornamento ni subrayado; las imágenes parecen estar al servicio de una observación insistente. El trabajo de sonido, elaborado con precisión quirúrgica por Nora Haddad y Borja Barrera, capta conversaciones cruzadas, ecos de aulas vacías y hasta el ritmo de una respiración contenida.
‘Grup Natural’ no dramatiza ni estetiza su materia prima. Tampoco impone un discurso sobre la juventud o la educación. Se desliza entre lo explícito y lo sugerido sin cerrar nunca sus formas. Las escenas de teatro, danza o debates entre compañeros actúan como interludios que condensan una tensión que no llega a explotar, pero que permanece latente durante todo el metraje. El montaje, de Marta Forné, escoge los intervalos precisos, sin regodearse en una supuesta espontaneidad ni buscar artificios.
Los adolescentes de Súnion no se presentan como héroes ni como víctimas. Se muestran como cuerpos en fricción, con contradicciones aún sin nombre, inmersos en un sistema que les da autonomía a la vez que les pide madurez. Asumen roles, gestionan conflictos y organizan aspectos funcionales del centro, desde llamadas telefónicas hasta la limpieza. Estas tareas, lejos de construirse como gestos simbólicos, refuerzan la dimensión tangible de su entorno.
Solà plantea una observación sin énfasis, lo cual no significa desapego. Se percibe un interés genuino por captar las transformaciones internas que no se verbalizan, por atender a lo que se cuece en el fondo de una conversación cualquiera o en la torpeza de un silencio compartido. No hay juicios, pero sí una constante disposición al registro. El resultado no busca definiciones sino exposición: el mundo escolar como terreno en disputa, atravesado por presencias que mutan y abandonan, que tropiezan con su propio reflejo mientras inventan una manera de estar.
La película se desliza con paciencia, dejando respirar cada escena, sin marcar transiciones. Esto no siempre mantiene un ritmo constante, y en algunos tramos el interés narrativo se diluye en lo contemplativo. Sin embargo, esta elección formal se alinea con el objeto retratado: la adolescencia rara vez tiene una narrativa clara, y su sentido se construye por acumulación, por desvíos, por tanteos torpes más que por estructuras definidas.
En ese sentido, ‘Grup Natural’ no se alza como una propuesta pedagógica ejemplar, sino como una aproximación a un entorno en construcción. Los vínculos entre estudiantes y docentes, muchos de ellos antiguos alumnos del mismo centro, desdibujan la figura tradicional de autoridad, pero no anulan la necesidad de referencias estables. La figura del educador aparece difuminada entre la compañía, el estímulo y la corrección afectiva, lo cual deja espacio para una pedagogía más horizontal sin renunciar a cierta guía.
La propuesta de Nina Solà se sitúa en una franja delicada: ni intervención ni observación total. Se podría decir que su cámara participa desde un lugar casi invisible, dejando que el propio montaje cree la distancia justa para mirar. El resultado tiene algo de ensayo sin tesis, de retrato sin pose. Una aproximación cargada de capas mínimas, donde la adolescencia se articula desde la incomodidad de lo que aún no se sabe nombrar.
