La veterana directora polaca Agnieszka Holland aborda de frente una de las crisis humanitarias más acuciantes de la actualidad en su impactante drama 'Green Border'. Con un enfoque directo y sin concesiones, esta cinta estremece por la crudeza con la que retrata el sufrimiento de los refugiados atrapados en la frontera entre Polonia y Bielorrusia.
En los primeros compases, Holland nos presenta a una familia siria que, huyendo de la guerra, emprende un viaje hacia el supuesto refugio de la Unión Europea. Con la promesa de cruzar desde Bielorrusia hasta Polonia, Bashir, Amina y sus hijos abordan un vuelo llenos de esperanza. Sin embargo, lo que les espera es una pesadilla interminable.
Nada más pisar suelo bielorruso, los protagonistas caen en una trampa mortal tendida por el régimen de Aleksandr Lukashenko. Atraídos con falsas promesas, son empujados hacia la frontera polaca solo para ser cruelmente repelidos por la guardia fronteriza bajo órdenes de no admitir a ningún refugiado. Así comienza un ciclo infernal en el que esta familia, junto a otros desesperados, son deportados sin miramientos de un lado a otro de la frontera "verde".
Con una fotografía en blanco y negro que potencia el realismo descarnado, 'Green Border' no escatima en mostrar los horrores a los que se ven sometidos estos seres humanos. Escenas demoledoras como un guardia fronterizo rompiendo una termica y arrojando los cristales rotos para que un sediento refugiado los beba, o una mujer embarazada being lanzada sin contemplaciones al otro lado del alambre de espino, se clavan como pinchazos en la conciencia del espectador.
No obstante, más allá del impacto emocional, lo que realmente consigue calar es la disección que Holland realiza de los mecanismos de deshumanización que permiten tamaña crueldad. En una inquietante escena, un oficial polaco instruye a sus hombres para que vean a los refugiados no como personas, sino como "armas" enviadas por Putin y Lukashenko para desestabilizar su país.
Es precisamente ese proceso de despojo de la condición humana lo que la cineasta denuncia con su descarnada mirada. Ya sean las tropas fronterizas polacas o bielorrusas, todos los uniformados parecen haber abdicado de su humanidad para emprender una cacería inmisericorde contra individuos cuyo único delito es huir del horror en busca de un futuro mejor.
En ese contexto deshumanizador, 'Green Border' encuentra algunos atisbos de esperanza en aquellos que se resisten a apartar la mirada. A través de activistas locales que desafían la ley para brindar ayuda a los refugiados, y de una psicoterapeuta que abandona su cómoda existencia burguesa para unirse a la causa, Holland contrapone la empatía más básica a la indiferencia reinante.
No por casualidad, algunos de los momentos más conmovedores son aquellos en los que la cámara se detiene a observar los pequeños detalles de humanidad que persisten en los refugiados pese a la pesadilla que están viviendo: un niño jugando con una pelota desinflada, una madre regañando cariñosamente a sus hijos por sus travesuras, o un momento de respiro en el que varios jóvenes, polacos y africanos, se unen para rapear juntos.
Con una prosa cinematográfica despojada de toda grandilocuencia, la directora se concentra en remarcar las circunstancias inmediatas que estos individuos afrontan: el hambre, la sed, el frío, la enfermedad, el peligro constante. Y lo hace de un modo que no deja lugar a abstracciones, enfrentando al espectador con los rostros sufrientes y los cuerpos exhaustos.
En su retrato de la crisis migratoria en la frontera polaco-bielorrusa, Agnieszka Holland logra una demoledora síntesis de las múltiples aristas de este drama. Por un lado, la maquinaria política e ideológica que criminaliza y utiliza como peones a los refugiados. Por otro, la indefensión de quienes huyen de los conflictos bélicos solo para toparse con nuevas formas de violencia institucionalizadas.
Pero sobre todo, 'Green Border' constituye un desgarrador alegato contra la indiferencia, contra ese impulso tan humano de desviar la mirada ante el sufrimiento ajeno. Una llamada a contemplar el rostro del otro sin tapujos ni eufemismos, reconociendo en él nuestra propia y vulnerable condición.

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