Cine y series

Grand Tour

Miguel Gomes

2024



Por -

Un tren se desliza entre la bruma, una mujer rie con una intensidad que descoloca, un hombre se pierde sin saber bien si está huyendo de alguien o de sí mismo. ‘Grand Tour’ de Miguel Gomes se despliega como un espejismo en movimiento, un intento por reconstruir una huida que es también un gesto de resistencia contra el peso del tiempo. No hay nostalgia ni heroicidad en el viaje que la película propone. Apenas queda un rastro de absurdo y melancolía, como si el propio cine estuviera cuestionándose su capacidad para capturar la memoria sin deformarla.

La historia de Edward, el funcionario británico que abandona a su prometida Molly el día de su llegada a Rangún en 1917, es solo el punto de partida de un film que se resiste a la narración convencional. Mientras el protagonista atraviesa Asia en una fuga que parece perder su propia razón de ser, Molly lo sigue con una determinación que descoloca. En esta persecución, el relato oscila entre la solemnidad de una tragedia disfrazada de comedia romántica y el extrañamiento de un documental que observa un mundo en constante transformación. Porque ‘Grand Tour’ no solo cuenta la historia de estos dos personajes, sino que entrelaza fragmentos de la realidad actual de las ciudades que atraviesan, generando un extraño vaivén entre pasado y presente que nunca busca la comodidad del espectador.

Gomes introduce en la película un juego de superposiciones que desafía las categorías de la ficción histórica. Los escenarios de estudio conviven con imágenes documentales en color que capturan la vida contemporánea de los países visitados por Edward y Molly. Esta hibridación permite que ‘Grand Tour’ no solo dialogue con la memoria del colonialismo, sino que también ponga en escena los mecanismos del propio cine como forma de representación. El artificio se hace evidente, las convenciones del relato clásico se resquebrajan y la película insiste en la imposibilidad de fijar una historia sin que esta termine fragmentándose.

Edward y Molly representan dos formas contrapuestas de afrontar la pérdida y el deseo. Edward se convierte en un personaje atrapado en su indecisión, un hombre que nunca parece estar realmente en ningún lugar. Su viaje es una serie de desplazamientos sin destino claro, una síntesis de la impotencia de quien no es capaz de enfrentarse a su propia cobardía. Molly, en cambio, emerge como la figura que impulsa la acción, la que dota de una dimensión casi absurda a la búsqueda del otro. Sin embargo, Gomes no concede resoluciones convencionales a ninguno de los dos. La película se despliega como un eco de lo que pudo ser, una narración que se deshace a medida que avanza.

El uso del blanco y negro en los segmentos ficcionados refuerza la sensación de que el pasado es una construcción más que un recuerdo fidedigno. La imagen se convierte en un terreno donde lo teatral y lo histórico se confunden, donde los gestos se sienten tan ensayados como espontáneos. Cuando Gomes intercala estos fragmentos con las escenas de la Asia contemporánea, lo que emerge no es un comentario didáctico sobre la evolución del tiempo, sino una sensación de discontinuidad. Las ciudades y las personas que las habitan quedan como testigos de un relato que nunca termina de ajustarse a sus propios marcos de referencia.

Grand Tour’ es un film que interroga su propia naturaleza a cada instante. No ofrece asideros ni certezas, pero tampoco cae en la complacencia de la indeterminación vacía. Su estructura bifronte, la forma en que alterna la huida de Edward y la persecución de Molly, la convierte en un experimento que nunca se cierra sobre sí mismo. Gomes parece sugerir que cualquier relato, por más que intente fijar su propia lógica, está condenado a ser reescrito por el tiempo y por las miradas que lo atraviesan.

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