Cine y series

Fréwaka

Aislinn Clarke

2024



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Las casas hablan incluso cuando parecen vacías. Hay muros que guardan respiraciones viejas, como si el aire supiera repetir lo que nunca se dijo. En esos espacios se concentra lo que permanece sin disolverse, lo que circula bajo la piel de un país o de una familia. ‘Fréwaka’ de Aislinn Clarke se adentra en esa espesura, la de una Irlanda donde lo íntimo se confunde con lo histórico, donde la raíz no se desprende ni aunque la tierra se agriete.

La historia se levanta alrededor de Shoo, una joven que acarrea la sombra reciente del suicidio de su madre. El regreso al hogar materno abre una herida que ella preferiría esquivar, pero su huida se convierte en una deriva aún más comprometida: aceptar un trabajo de cuidadora en un entorno rural marcado por la superstición. Allí se enfrenta a Peig, una anciana que carga tanto con achaques físicos como con una memoria colectiva que asfixia. Entre ambas se construye un espejo: Shoo reconoce en la mujer un reflejo distorsionado de aquello que late en ella misma, un destino posible que se presenta como amenaza.

Clarke filma la relación con una cadencia inquieta. Las pausas prolongadas, los silencios densos, los objetos que parecen tener voluntad propia, convierten la cotidianidad en un terreno movedizo. La película rehúye la comodidad de lo transparente: cada gesto encierra capas de significado que remiten tanto al folclore como a la violencia institucional. La Irlanda rural se despliega como un organismo que observa, regula y aprieta. El médico ausente, el niño unido a una cabra, las llamadas telefónicas que interrumpen la calma, son piezas de un engranaje social donde el individuo se ve obligado a cumplir un papel ya escrito.

El folklore funciona aquí como lenguaje paralelo. No se presenta como un adorno exótico, sino como un canal para exponer la forma en que el pasado continúa encadenando. Las máscaras de paja, las advertencias sobre espejos cubiertos, los animales que irrumpen con mirada acusatoria, son imágenes que no buscan dar explicaciones, sino insinuar la persistencia de rituales de control. Clarke se sirve de esos símbolos para subrayar que las heridas nacionales se expresan en los cuerpos, en la repetición de conductas y en la transmisión del dolor entre generaciones.

El trabajo actoral de Clare Monnelly y Bríd Ní Neachtain sostiene este entramado con una contundencia seca. Monnelly encarna a Shoo como alguien que avanza entre la incredulidad y la aceptación, atrapada entre la necesidad de distanciarse y la atracción de un vínculo irrenunciable. En Peig, Ní Neachtain ofrece un rostro surcado por grietas que alterna ternura y amenaza, lucidez y extravío. Su ambigüedad convierte cada encuentro en una tensión irresuelta, y esa incertidumbre arrastra también al espectador.

La música de Die Hexen refuerza esta atmósfera corrosiva. Los zumbidos, los silencios rotos por ruidos inorgánicos, construyen un espacio sonoro que oprime más que libera. La película evita los sobresaltos fáciles y se instala en un desasosiego constante, como si el aire del pueblo estuviera contaminado. La acumulación de objetos religiosos, amuletos campesinos y referencias a tradiciones paganas dibuja un país que nunca se ha desprendido del todo de sus cicatrices.

‘Fréwaka’ no se limita a señalar el peso del pasado en abstracto. Clarke incrusta en su relato referencias tangibles a instituciones como las lavanderías de la Magdalena, que durante décadas funcionaron como mecanismos de disciplinamiento para mujeres consideradas fuera de la norma. En la piel de Peig y en las cicatrices de Shoo se lee la continuidad de esas violencias. El trauma se convierte en herencia, un legado que no necesita palabras para transmitirse.

El sótano de la casa se erige como epicentro de este universo. Esa puerta cerrada y oxidada representa la entrada a un territorio donde lo individual se funde con lo colectivo, donde se visibiliza el sedimento histórico de Irlanda: hambrunas, represión religiosa, silenciamientos femeninos. Descender allí no es un simple recurso narrativo, sino una inmersión en aquello que permanece enterrado pero que late con fuerza.

Clarke estructura la película con un ritmo que evita linealidades. Los saltos entre momentos rituales y escenas de una Irlanda contemporánea transmiten la sensación de un tiempo quebrado, incapaz de avanzar con fluidez. La boda inicial, cargada de símbolos arcaicos, se superpone a un Dublín actual donde los objetos católicos conviven con la rutina urbana. Este contraste evidencia que las fuerzas del pasado siguen filtrándose en la modernidad, contaminando incluso los espacios que aparentan haber dejado atrás esa carga.

La directora despliega una mirada exigente con sus personajes. Shoo no aparece como heroína redentora; su desorientación, su forma de moverse entre rechazo y atracción hacia lo que hereda, revelan una subjetividad vulnerable. Peig, por su parte, oscila entre la figura de víctima y la de guardiana de secretos incómodos. Ninguna encarna un papel fijo. Esa oscilación hace que la película avance sin certezas, obligando a contemplar la fragilidad de quienes arrastran historias ajenas en su propio cuerpo.

El título, derivado de la palabra irlandesa para “raíces”, resume el núcleo de la obra. Lo que se presenta como drama íntimo se expande hacia una dimensión cultural y política. Cada gesto de Shoo se vincula con una genealogía marcada por la violencia y la superstición. Cada advertencia de Peig remite a una cadena de repeticiones que atraviesan generaciones. En ese sentido, ‘Fréwaka’ plantea cómo el dolor se transmite de forma invisible, como una semilla que germina aunque nadie la riegue.

La película de Clarke, filmada principalmente en gaélico, refuerza su arraigo al utilizar la lengua como un elemento más del relato. La cadencia musical del idioma aporta textura y conecta el presente con una tradición oral que todavía impregna la cultura irlandesa. Los diálogos se escuchan como fragmentos de canciones antiguas, lo que multiplica la sensación de estar asistiendo a un ritual más que a una conversación cotidiana.

Lo perturbador no reside en criaturas sobrenaturales, sino en la manera en que estructuras invisibles se enquistan en la vida privada. Crucifijos torcidos, espejos velados, llamadas que interrumpen, cabras que acechan: todos son indicios de un orden que sobrevive gracias a su repetición silenciosa. Clarke convierte lo rutinario en amenaza y muestra que los fantasmas más tenaces no habitan el otro mundo, sino este, el de la herencia familiar y el peso social.

‘Fréwaka’ funciona como un retrato de la continuidad del trauma en la Irlanda contemporánea, donde los relatos míticos y las instituciones religiosas se confunden con la memoria personal. Más que un relato de horror rural, es una meditación sobre cómo lo colectivo impregna lo íntimo y cómo la historia insiste en reaparecer a través de cuerpos y objetos. Su potencia radica en esa mezcla de mito y política, en la certeza de que lo que permanece bajo tierra siempre encuentra fisuras para volver a la superficie.

‘Fréwaka’ ha formado parte de la décimo quinta edición del Atlántida Mallorca Film Fest

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