En un mundo que insiste en clasificar el dolor como algo transitorio, ‘Entre los templos’ se atreve a habitarlo como un espacio permanente, casi sagrado. La cinta de Nathan Silver no busca consuelos fáciles ni redenciones épicas; su mérito reside en cómo desentraña la fragilidad humana sin maquillarla de heroísmo. Aquí, la fe no es un refugio, sino un laberinto de dudas que se recorren con zapatos prestados. La historia de Ben Gottlieb, un cantor que ha perdido voz y rumbo, y Carla, su excéntrica mentora convertida en discípula, funciona como metáfora de una sociedad que glorifica la productividad mientras ignora los huecos que deja la ausencia.
La película se mueve en el limbo entre lo cómico y lo trágico, como si la vida misma fuera un chiste mal contado que todos fingimos entender. Silver emplea un humor incómodo, casi claustrofóbico, para retratar a personajes atrapados en rituales vacíos: cenas familiares que son campos de batalla, lecciones de Torá que suenan a monólogos absurdos, intentos de romance que se desvanecen antes de empezar. Ben, interpretado con una mezcla de torpeza y melancolía por Jason Schwartzman, encarna al hombre moderno que ha olvidado cómo desear. Su cuerpo, encorvado y desaliñado, parece cargar el peso de siglos de tradición judía, mientras su mirada evasiva delata el miedo a ser visto.
Carol Kane, como Carla, aporta una energía caótica que rompe la monotonía grisácea de la narrativa. Su personaje no es una salvadora, sino una cómplice en la farsa: una mujer que decide reescribir su historia a los setenta años, aunque eso implique morder un cheeseburger no kosher o desafiar a un hijo que la infantiliza. La química entre ambos actores no se basa en la ternura, sino en la complicidad de quienes saben que la vida es un ejercicio de improvisación constante. Sus escenas juntos, cargadas de silencios elocuentes y diálogos truncados, reflejan la dificultad de comunicar lo que duele.
La dirección de Silver evita el sentimentalismo mediante una estética áspera, capturada en 16mm por Sean Price Williams. Los planos cerrados, a veces invasivos, enfatizan la incomodidad de los personajes, mientras los movimientos de cámara erráticos replican su desorientación. En una secuencia memorable, Ben y Carla comparten una comida rápida: la cámara se centra en sus bocas masticando, convirtiendo un acto cotidiano en un ritual casi grotesco. No hay belleza aquí, solo la crudeza de existir.
El guion, coescrito con C. Mason Wells, destaca por su capacidad para equilibrar el absurdo con la introspección. Los personajes secundarios —madres sobreprotectoras, un rabino más interesado en el golf que en la espiritualidad, una joven actriz perdida en su propio caos— no son meros adornos, sino espejos deformados de las inseguridades de Ben y Carla. Cada interacción, por breve que sea, deja una cicatriz narrativa. Incluso los momentos más hilarantes, como un perfil de citas mal elaborado o un té de hongos alucinógenos, sirven para cuestionar la rigidez de las normas religiosas y sociales.
Lo que podría haber sido una simple fábula sobre la reinvención se transforma en un estudio sobre la imposibilidad de cerrar heridas. Silver no resuelve los conflictos, sino que los expone como heridas abiertas que sangran a cámara lenta. El final, ambiguo pero coherente, rechaza la catarsis hollywoodense: Ben y Carla no encuentran la felicidad, pero aprenden a bailar sobre el abismo.
