Las calles estrechas que bordean los barrios olvidados sostienen más que asfalto: acumulan miradas, tensiones y pequeñas épicas que no llegan a los noticiarios. ‘Enemigos’, de David Valero, hunde sus raíces ahí, en esa vibración soterrada donde lo cotidiano se confunde con lo inevitable, donde los rostros juveniles cargan pesadillas heredadas. Al abrirse la película, el espectador entra en una grieta del presente, una hendidura donde la violencia circula en silencio y el perdón se convierte en un desafío para quien intenta mantenerse en pie.
Las ciudades tienden a disimular sus fisuras bajo capas de ruido y luces; sin embargo, cada esquina puede ser el teatro donde se cruzan víctimas y verdugos sin ceremonia. ‘Enemigos’ no ofrece panorámicas embellecidas ni se refugia en un dramatismo de manual. Más bien, instala al espectador en un terreno irregular, hecho de choques abruptos, palabras afiladas y miradas suspendidas. Desde esa geografía emocional, David Valero captura una tensión que resuena mucho más allá de su enclave barrial: es la resonancia de un mundo que mide el valor de las personas según las marcas que cargan.
Chimo, el protagonista interpretado por Christian Checa, avanza por una rutina cargada de doble turno: supermercado, repartidor, ahorros para una moto que representa tanto desplazamiento físico como emancipación simbólica. Hugo Welzel, en el papel de El Rubio, encarna un antagonismo persistente, esa figura que no deja cicatrizar ninguna herida. El filme revela cómo el acoso no se limita a los golpes: es también la humillación viral, la amenaza multiplicada por redes sociales, el empuje constante hacia la marginalidad. Sin embargo, en lugar de recrearse en el castigo, la película muestra cómo las decisiones de los personajes abren vías inesperadas, impulsadas por redes familiares, amistades intermitentes y, sobre todo, por la posibilidad de redirigir la propia rabia.
El reparto despliega una gama contenida que evita estallidos histriónicos. Checa y Welzel sostienen sus roles desde una fisicidad convincente y un registro emocional que transita entre la contención y los estallidos breves. Los secundarios, encabezados por Estefanía de los Santos, aportan capas de humanidad que enriquecen los márgenes del conflicto central. Ninguna interpretación pretende deslumbrar; más bien se integran como engranajes necesarios de una maquinaria narrativa ajustada.
En lo visual, la cámara opta por una cercanía que refuerza la sensación de inmediatez. Planos anclados a los cuerpos, movimientos acompañando el trayecto en bici, secuencias donde el barrio emerge como un actor adicional. La puesta en escena evita el pintoresquismo, incluso cuando bordea ciertos tópicos del cine social. Cada encuadre parece estar pensado para trasladar no solo el lugar, sino el latido específico de los protagonistas.
La banda sonora, armada por Steve Lean y Remate, introduce otro nivel de articulación: no es simple acompañamiento, sino un pulso que atraviesa las escenas, amplificando tensiones y acentuando desplazamientos emocionales. Letras directas, ritmos urbanos, voces reconocibles del panorama del freestyle construyen un tejido sonoro que conecta la historia con un público juvenil, sin que eso suponga concesiones innecesarias al efectismo.
El guion de Valero y Alfonso Amador huye del esquema redentor tradicional. Los personajes no están escritos para redimirse ni para ser demonizados. Las decisiones que toman, incluso en sus momentos más discutibles, revelan una arquitectura compleja de deseos, frustraciones y necesidades. La película no dibuja héroes ni villanos; ensambla trayectorias quebradas que chocan, se reconfiguran y, en última instancia, esbozan otra forma de entender los vínculos.
Lo más interesante de ‘Enemigos’ reside en su capacidad para exponer las grietas sin necesidad de subrayarlas. El espectador asiste al tránsito de Chimo desde una ilusión material —la moto— hacia una meta menos tangible pero más cargada de peso simbólico: el deseo de levantar un negocio familiar. Ese paso, más que un giro dramático, funciona como un desplazamiento interno que reconfigura el conflicto central. Cuando El Rubio aparece postrado tras un accidente, la película coloca frente a Chimo un dilema: la venganza al alcance de la mano, el ajuste de cuentas final. Sin embargo, la fuerza del relato emerge de lo que no se ejecuta, de lo que permanece suspendido en el aire.
David Valero construye un cine de barrio sin imposturas, donde la marginalidad no se romantiza pero tampoco se convierte en caricatura. El entorno, con sus luces crudas y sus calles gastadas, no es solo escenario: es matriz. Cada personaje encarna las condiciones de su contexto, pero también las desafía en pequeños gestos. ‘Enemigos’ se adentra en esas fisuras donde el perdón no es palabra gastada, sino opción difícil, cruzada por dudas, por impulsos contradictorios, por heridas recientes.
La película se sostiene gracias a su precisión narrativa y al equilibrio entre sus distintos componentes. Ni el montaje ni la dirección de actores ni la banda sonora sobresalen por separado; juntos, conforman una estructura firme que impulsa la historia hacia adelante. Las concesiones del tramo final, donde algunos elementos resultan más previsibles, no desmerecen el conjunto, que logra mantenerse dentro de un registro sobrio, ajustado, sin excederse en subrayados emocionales.
‘Enemigos’ propone mirar de frente lo que suele evitarse: el modo en que la violencia pequeña, reiterada, se acumula hasta definir la identidad de quienes la padecen. Sin soluciones fáciles, pero tampoco condescendencias, la película es un recordatorio de que en cada esquina laten historias que rara vez llegan a primera línea mediática, aunque sostienen buena parte de las tensiones del presente.
