La imagen de una corriente no remite siempre al movimiento. A veces, el agua estancada arrastra consigo el limo de lo que alguna vez fluyó. En ‘En la corriente’, esa superficie turbia sirve de espejo para un conjunto de vidas que se deslizan por los márgenes de sus propias decisiones, incapaces de reconocer su reflejo en el agua que las acoge. Lo que se escenifica aquí no es tanto el conflicto, sino la pausa; un tiempo embalsado donde los vínculos se transforman en ecos, y las palabras, en residuos flotantes de algo que quizás tuvo peso. Todo ocurre con la misma textura que tiene una confesión dicha en voz baja, a media luz, sin certeza de haber sido escuchada.
En ese caudal detenido que propone la película, los personajes no se lanzan a nadar; se dejan arrastrar. Hong Sang-soo construye su relato desde lo invisible, con un rigor que descarta la urgencia por aclarar los acontecimientos. La película se desliza como si cada escena fuese el resultado de una respiración contenida. El espectador se sumerge así en un espacio donde los silencios pesan más que las acciones, y donde la cadencia de una conversación cualquiera puede abrir una fisura que revele antiguas heridas no del todo cerradas.
El núcleo narrativo gira en torno a Jeonim, una profesora de artes textiles que enseña en una universidad femenina de Seúl. Su figura, solitaria, introduce una energía callada que tiñe cada escena. Jeonim recurre a su tío, un actor retirado, para que escriba una obra teatral luego del escándalo que ha dejado al grupo estudiantil sin dirección. Este retorno al espacio universitario funciona como un ritual de reaparición, donde la memoria y el presente no terminan de separarse. El tío, interpretado con sequedad por Kwon Hae-hyo, no encarna una figura redentora, sino un cuerpo gastado por la exposición, por un prestigio que ya no sabe sostenerse sin grietas.
Las dinámicas familiares, laborales y pedagógicas se tejen aquí como un telar incompleto. Cada hilo parece perderse entre cruces imprecisos. La película se instala en ese terreno de lo inacabado: conversaciones que se interrumpen sin resolución, deseos que se anuncian pero no se sostienen, rencores que nunca llegan a estallar. La tensión no se proyecta hacia adelante, sino que se condensa en cada gesto mínimo. En esa economía de recursos, cada mirada desviada tiene un peso específico, cada vaso servido revela un desplazamiento emocional.
Sang-soo trabaja con una forma deliberadamente elemental, que evita cualquier énfasis técnico. Planos fijos, apenas algún zoom discreto, y una cámara que observa con distancia. Pero dentro de ese marco estático, los cuerpos respiran. No se trata de esperar una acción concreta, sino de aprender a leer los matices que emergen cuando la palabra cede terreno. Así, las escenas de comidas compartidas adquieren una densidad dramática inusual: en los silencios entre bocados, en el movimiento de una mano hacia la botella de soju, se articulan tensiones que jamás llegan a pronunciarse con claridad.
Una de las escenas más significativas acontece cuando las estudiantes, tras la puesta en escena de la nueva obra, son convocadas a reflexionar sobre quiénes quieren llegar a ser. La secuencia ofrece un corte transversal en la narrativa, permitiendo que las voces de esas jóvenes —hasta entonces relegadas al fondo— ocupen por un instante el primer plano. Lo que emerge no es un mensaje concluyente, sino la fragilidad de esos proyectos vitales, y la manera en que se ven atravesados por las decisiones de quienes las dirigen, las enseñan o las observan.
La película presenta una lectura lateral sobre el desgaste del prestigio masculino en contextos donde las jerarquías ya no funcionan como antes. Tanto el antiguo director destituido por conductas inapropiadas como el tío de Jeonim, que retorna al aula sin poder evitar reeditar ciertos gestos de poder obsoleto, encarnan figuras desplazadas por una realidad que ya no los necesita para sostenerse. Lejos de la crítica abierta, Hong articula esta caída mediante sutilezas: omisiones, silencios cargados, y una narrativa que parece esquivar cualquier cierre.
Por momentos, ‘En la corriente’ parece incluso preguntarse —sin hacerlo explícito— qué significa crear desde la incertidumbre. Jeonim, que trabaja en textiles sin copiar modelos figurativos, defiende un hacer que no busca representar, sino descubrir mientras se produce. Esa intuición también organiza el film. La estructura parece delinearse al mismo tiempo que avanza, sin planos preconcebidos. De ahí la sensación de espontaneidad, de que cada escena nace de una inquietud en curso más que de una planificación cerrada.
Sin proclamas ni giros dramáticos, ‘En la corriente’ propone una forma de mirar que exige paciencia. La recompensa no está en los hechos que ocurren, sino en la forma en que se revelan. Cada plano invita a permanecer, a sostener la mirada incluso cuando todo parece haberse detenido. Como ese cauce donde fluye poco, pero donde algo —apenas perceptible— sigue moviéndose bajo la superficie.
