En una época en la que la verdad fluctúa con la velocidad de un clic y las biografías se fragmentan en declaraciones contradictorias, algunas historias persisten como espejos rotos. En ‘El mismísimo Pee-wee’, Matt Wolf toma ese reflejo astillado y lo observa con una distancia incómoda, como quien contempla una figura conocida y descubre en ella un rostro ajeno. Hay algo en esa resistencia a ser descifrado, en esa insistencia por mantener el artificio aun frente al ocaso, que convierte este documental en un ejercicio tan desestabilizador como lúcido.
Desde las primeras escenas, Paul Reubens se instala como narrador caprichoso, dispuesto a sostener la ficción incluso al filo de su propia despedida. “Mi padre era un piloto de vapor en el Misisipi”, bromea, sabiendo que la afirmación carece de sustento. Pero esa elección inaugural no apunta al humor, sino a un pacto de ambigüedad: aquí no hay confesión, sino relato; no hay redención, sino relato. Lo que Wolf construye no es la figura del hombre tras Pee-wee Herman, sino el espacio tenso entre ambos, esa zona de fricción donde el artista dialoga consigo mismo, a veces a regañadientes, a veces con una ternura inesperada.
El cuerpo de la obra se alimenta de un archivo vasto y meticuloso, uno que Reubens coleccionó como quien acumula pruebas de su paso por el mundo. Fotografías, vídeos, entrevistas en talk shows, segmentos olvidados de programas infantiles: todo reaparece para trazar un mapa de ese personaje que fagocitó a su creador. En esa narrativa de apropiación simbólica, Pee-wee Herman emerge como una criatura total, diseñada para existir sin contexto, sin edad, sin género definido. Un gesto de autoconcepción radical que acabó encajonando a su inventor en una lógica de perpetua performance.
Reubens ofrece su historia entre titubeos, construyendo y deshaciendo su relato con una teatralidad que desconcierta. El documental cobra vida justo en esas zonas de desacuerdo con su director, cuando las intenciones se cruzan y el montaje deja ver las costuras. Hay momentos donde la voz del artista se impone y otros donde el silencio se vuelve más revelador. En ese vaivén se produce algo que el artificio no logra borrar: una figura en pugna con su reflejo, agotada de habitar un rol que le otorgó visibilidad al costo de su anonimato.
Uno de los pasajes más relevantes aparece en su relato sobre Guy, un pintor con quien compartió una vida en común hasta que eligió encerrarse tras la neutralidad de su personaje. Ese amor juvenil, borrado por la exigencia de una carrera controlada al milímetro, revela que la construcción de Pee-wee implicó también una renuncia. No tanto a una identidad concreta, sino a la posibilidad misma de habitarse sin filtros.
La estructura del documental, dividida en dos partes, refuerza esta división interna. La primera, más dinámica, se apoya en el ascenso meteórico del personaje; la segunda, más densa, navega entre las consecuencias de sus decisiones públicas y privadas. El tono muta del entusiasmo al desencanto sin adoptar una postura moralizante. Wolf evita la tentación de juzgar, pero tampoco suaviza las contradicciones de su protagonista. Cuando aborda las polémicas que empañaron su imagen —incluida la más grave, que nunca se resuelve del todo—, lo hace con una frialdad que rompe el tono celebratorio y obliga al espectador a posicionarse.
El verdadero valor del documental reside en ese desequilibrio. La cinta se desplaza como un péndulo entre el homenaje y la disputa, entre el deseo del cineasta por desenterrar verdades y la voluntad del actor por perpetuar su enigma. La escena final, con un audio grabado poco antes de su muerte, da cierre sin clausurar, con Reubens afirmando lo que siempre temió: que jamás controlaría la imagen que el mundo construyó sobre él.
‘El mismísimo Pee-wee’ funciona como una cápsula donde la autoexploración y el ensayo documental se enfrentan, y ese conflicto se convierte en su materia más fértil. Ni homenaje ni ajuste de cuentas, esta obra de Matt Wolf interroga con crudeza la figura pública en la era de la autoedición. Y en ese proceso, Reubens queda registrado no tanto como un hombre desvelado, sino como una voz que nunca renunció del todo a su máscara.
Los dos episodios de 'El mismísimo Pee-wee' ya están disponibles en Max
