La última obra del aclamado director japonés Ryusuke Hamaguchi, 'El Mal No Existe', es una profunda reflexión sobre el choque entre el mundo natural y el desarrollo urbano descontrolado. Ambientada en un apacible pueblo de montaña a un par de horas de Tokio, la película retrata con delicadeza la vida aparentemente idílica de sus habitantes, en armonía con su entorno silvestre, hasta que las fuerzas del capitalismo moderno amenazan con desestabilizar por completo ese equilibrio.
Justo desde su apertura, con una prolongada toma que recorre lentamente las ramas desnudas de los árboles en un bosque nevado, 'El Mal No Existe' sumerge al espectador en un ambiente predominantemente contemplativo. La cámara de Hamaguchi flota con una gracia casi hipnótica sobre los prados, arroyos y senderos que conforman el paisaje bucólico de Mizubiki, el pueblo en cuestión. Es un mundo de aparente serenidad donde el hombre convive plácidamente con la naturaleza que le rodea.
En el centro de este remanso de paz natural se encuentra Takumi, un leñador solitario y padre de la pequeña Hana. Desempeñando diversos oficios para sus vecinos, Takumi personifica la estrecha relación que los lugareños mantienen con su medio ambiente. Le vemos recolectar agua cristalina de un manantial para el restaurante local de fideos udon o guiar a Hana por los senderos del bosque, instruyéndola con sabiduría ancestral sobre la flora y fauna autóctonas.
Sin embargo, este apego reverencial a la tierra entra en conflicto directo con los planes de una empresa que pretende construir un lujoso complejo de 'glamping' (acampar con glamour) en la zona. Dos ejecutivos citadinos, Takahashi y Mayuzumi, son enviados a presentar el polémico proyecto ante el consejo del pueblo, enfrentándose a un muro de rechazo por parte de los residentes. En una escena antológica, los aldeanos desmenuzan meticulosamente todos los puntos flacos de la propuesta urbanística: la amenaza de contaminación de las fuentes de agua, el riesgo de incendios forestales y la inevitable alteración del frágil ecosistema en el que se asienta su modo de vida.
A partir de ese tenso enfrentamiento, 'El Mal No Existe' se sumerge en aguas más turbulentas emocional y narrativamente. Los burócratas urbanos, inicialmente desdeñosos de las inquietudes campesinas, comienzan a replantear sus propias convicciones al sumergirse en la existencia rústica de Takumi. Una dualidad que Hamaguchi retrata con sutileza, alejándose de maniqueísmos simplistas.
Porque lo que en un principio podría haber parecido un canto ecologista contra los estragos del desarrollo industrial indiscriminado, pronto deriva hacia territorios más ambiguos y desconcertantes. Hamaguchi parece advertir que el "mal" es un concepto demasiado absoluto, demasiado primario, para abarcar las complejidades morales que se plantean. Todos los personajes, incluso los aparentes "villanos" corporativos, encarnan matices más allá del bien y el mal.
Es una fábula contemplativa que rechaza las soluciones fáciles o el adoctrinamiento. Más bien propone sumergirse en la ambigüedad, en los pliegues más intrincados de la condición humana. Hacia el desconcertante final, Hamaguchi fuerza al espectador a replantearse sus propios juicios y certezas preconcebidas.
Las performances actorales mantienen esa misma dualidad contradictoria, evitando caer en esquematismos. El veterano Hitoshi Omika aporta una cualidad casi mística, etérea, al taciturno Takumi. Mientras que los citadinos tienen rostros más definidos: el atribulado Ryuji Kosaka como Takahashi y la empática Ayaka Shibutani en el rol de Mayuzumi.
En lo formal, Hamaguchi alterna entre largas tomas contemplatvas de la naturaleza y escenas íntimas, casi teatrales, de diálogo. Esta dicotomía estilística entre lo pictórico y lo conversacional entronca con la esencia dual que rezuma toda la película. La banda sonora ambiental de Eiko Ishibashi, con sus vaporosas capas de cuerdas y toques minimalistas, realza esa sensación de ensoñación.
Es una obra críptica y esquiva que no se deja atrapar por interpretaciones unilaterales. Hamaguchi rehúye los mensajes diáfanos para sumergirnos en la ambivalencia moral y las paradojas existenciales que acompañan al ser humano moderno en su relación con el entorno natural. No quedan respuestas sencillas, sólo el cúmulo de pequeños gestos, anécdotas y matices que conforman el gran misterio de la vida misma.
'El Mal No Existe' ejemplifica una vez más el talento de Hamaguchi para retratar lo intrínsecamente humano con una empatía y un detallismo poco comunes. Si bien tal vez su alcance sea más modesto que su anterior obra maestra, 'Drive My Car', esta nueva parábola ecológica rezuma la misma relevancia emocional y profundidad filosófica que han convertido al cineasta nipón en uno de los más respetados de su generación.

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