Cada generación hereda herramientas distintas para interpretar la ausencia. Algunas lo hacen mediante rituales silenciosos, otras se refugian en memorias analógicas o cartas sin remite. La nuestra —atravesada por códigos, tutoriales y pantallas— halla consuelo en un algoritmo que reproduce gestos grabados, consejos colgados en la red como señales de tránsito emocionales. En ‘El Catálogo’, ese es el vestigio: una mujer desaparecida que sigue educando desde la virtualidad, mientras su familia tambalea entre la costumbre y la improvisación.
En esta serie dirigida por Waleed El Halfawy, la muerte deja ecos constantes que articulan los días de quienes se quedan. El relato arranca cuando Youssef, padre absorbido por un empleo omnipresente, regresa del cementerio acompañado por el vacío. La convivencia con sus dos hijos —Karima y Mansour— comienza entonces a definirse por el desconcierto: la torpeza con que se enfrenta a rutinas básicas expone una desconexión emocional más arraigada. Esta torpeza construye el verdadero núcleo de la serie.
Lejos de lo espectacular o artificioso, ‘El Catálogo’ opta por una progresión narrativa sostenida, sin necesidad de quiebres drásticos ni arcos melodramáticos para señalar sus tensiones. El guion apuesta por pequeños desencuentros cotidianos: olvidos escolares, comidas inapropiadas, horarios mal comprendidos. Es en esos espacios donde la ficción adquiere gravedad, dejando al espectador frente a un protagonista que ha dejado en pausa el vínculo con sus hijos durante años.
Mohamed Farag interpreta a Youssef con una rigidez que se va resquebrajando. Su figura inicial, más cercana a la de un burócrata emocional que a la de un padre, se transforma a medida que los vídeos de Amina —la esposa fallecida— irrumpen en la vida familiar como fragmentos pedagógicos. No hay sentimentalismo fácil en esos vídeos, sino un pragmatismo que contrasta con la fragilidad emocional del viudo, creando un efecto de extrañamiento tan eficaz como incómodo.
La propuesta formal de El Halfawy prescinde de artificios. Los escenarios —principalmente el apartamento familiar y los espacios públicos que transita Youssef— operan como contenedores neutros, sin énfasis visual, lo cual refuerza el carácter casi documental de ciertas secuencias. Esta elección potencia la credibilidad de la historia sin recurrir al sentimentalismo ni a la sobreestilización de la pérdida.
El humor que aparece entre líneas sirve como válvula frente a la saturación emocional. Su función radica en reforzar la incomodidad. La comicidad surge cuando Youssef tropieza con lo más básico de la paternidad: preparar una merienda, leer los horarios escolares, gestionar un grupo de madres en redes sociales. Estos gestos, ridículos por su torpeza, revelan el grado de desconexión en el que ha vivido.
La figura de Amina se mantiene en una presencia intermitente y potente. A pesar de estar ausente físicamente desde el primer episodio, su voz —literal y figurada— estructura la serie como si se tratara de un segundo guion que el protagonista necesita aprender a leer. Esta construcción convierte ‘El Catálogo’ en una narración bifronte: por un lado, está el presente desordenado; por el otro, las instrucciones de un pasado encapsulado en vídeos que siguen proyectando una forma de afecto.
El resto del reparto se integra de forma armónica, sin excesos. Destaca especialmente el personaje de Hanafi, el hermano del protagonista, interpretado por Khaled Kamal. Su dureza aparente encubre una sensibilidad expresada desde la acción, sin necesidad de discursos explicativos. En su vínculo con el sobrino, y en sus intervenciones mínimas pero certeras, se instala una mirada sobre las masculinidades que escapa de estereotipos.
‘El Catálogo’ despliega además una reflexión lateral sobre la digitalización de las relaciones afectivas. Amina, convertida en youtuber doméstica, simboliza una transmisión emocional mediada por la tecnología, capaz de preservar gestos y rutinas sin garantizar necesariamente el contexto. Este desfase entre contenido y vivencia genera algunas de las situaciones más tensas de la serie.
Waleed El Halfawy esquiva las redenciones y presenta a Youssef como una figura alejada del héroe paterno. La serie evita las revelaciones o los giros dramáticos y se centra en las fricciones mínimas de la rutina, donde cada error paterno adquiere valor como síntoma de un aprendizaje forzado. Así, la narrativa se asienta en el desequilibrio como estado persistente, sin buscar soluciones apresuradas.
Más que una serie sobre duelo, ‘El Catálogo’ puede leerse como una cartografía emocional de lo cotidiano, donde la ausencia traza huellas más nítidas que las presencias. La pantalla ofrece un retrato donde el aprendizaje pasa por la repetición, donde el cuidado emerge no desde lo seguro, sino desde el tanteo constante.
