El horizonte no solo delimita la mirada; a veces, también marca el borde de la incertidumbre. En ‘El Castillo de Arena’, Matty Brown coloca a sus personajes frente a un mar que no ofrece respuestas, transformando un paisaje bucólico en el eco de un dilema universal: la tensión entre la supervivencia y la pérdida de lo que nos define. Desde sus primeras escenas, la película nos recuerda que el aislamiento no es solo físico, sino emocional y moral.
La isla, en apariencia un refugio, se revela como un espacio de contradicciones. Matty Brown, en su debut como director de largometrajes, propone una estética cargada de simbolismo, donde el faro y el castillo de arena son más que simples escenarios: son manifestaciones del anhelo y la fragilidad. Sin embargo, estas mismas herramientas narrativas, diseñadas para enriquecer el relato, a menudo sucumben a una ambigüedad que, lejos de intrigar, desconecta.
La película sigue a una familia de cuatro integrantes: Nabil, Yasmine y sus hijos Adam y Jana, atrapados en una isla aparentemente idílica. El relato se construye a partir de los pequeños gestos que intentan preservar una apariencia de normalidad frente a lo inevitable. La relación entre los personajes está tejida por tensiones sutiles, que Matty Brown retrata con una cámara que insiste en lo minucioso: una mirada, el roce del viento en la arena, la persistencia de un faro que intenta encenderse. Es en estas imágenes, tanto poéticas como opresivas, donde la película logra su mayor fortaleza visual.
La perspectiva infantil de Jana domina el relato. A través de su imaginación, los eventos adquieren un carácter onírico, donde los límites entre lo real y lo fantástico se desdibujan. Su visión de la isla, poblada de castillos de arena y fragmentos de recuerdos, subraya la capacidad de la niñez para construir refugios emocionales frente a la adversidad. Sin embargo, este enfoque también limita el desarrollo de los demás personajes, cuya complejidad queda relegada a trazos difusos. Nabil, interpretado por Ziad Bakri, y Yasmine, en manos de Nadine Labaki, cumplen roles funcionales más que narrativos, y aunque sus interpretaciones son sólidas, carecen del espacio necesario para resonar con fuerza.
El manejo de la narrativa, deliberadamente fragmentado, pretende reflejar la confusión de los protagonistas, pero también genera una sensación de distancia en el espectador. Momentos clave, como el intento fallido de Adam por arreglar el faro o los indicios de una tragedia que acecha en el pasado, son tratados con un simbolismo que, aunque efectivo por momentos, se torna inconsistente. Esta apuesta por lo alusivo deja al relato atrapado en su propia estructura, incapaz de ofrecer un mensaje contundente sobre los temas que aborda: la experiencia de los refugiados, la pérdida de la inocencia o la resistencia emocional de los niños ante los traumas.
El aspecto visual de ‘El Castillo de Arena’ es indiscutiblemente uno de sus puntos fuertes. La fotografía de Jeremy Snell transforma cada encuadre en un lienzo, donde los detalles –las hormigas, los granos de arena, el vaivén del agua– se convierten en una extensión del mundo interior de Jana. Esta sensibilidad estética, apoyada por una banda sonora evocadora de West Dylan Thordson y Kat Vokes, eleva el tono melancólico del filme. Sin embargo, incluso estos aciertos no logran compensar la falta de cohesión narrativa.
La temática subyacente de la película apunta hacia el trauma generacional y las cicatrices invisibles que los conflictos dejan en los niños. Pero esta intención se diluye en la medida en que la película evita comprometerse con una posición clara. En su afán por permanecer fiel a la perspectiva fragmentada de Jana, Matty Brown sacrifica la posibilidad de un relato más profundo y articulado. El resultado es una obra que, aunque conmovedora en ciertos momentos, no logra consolidar su mensaje.
‘El Castillo de Arena’ ofrece una reflexión visualmente fascinante sobre los efectos del aislamiento y el dolor, pero su estructura narrativa y su enfoque simbólico terminan por limitar su impacto. Lo que podría haber sido un comentario urgente sobre las luchas contemporáneas se convierte en un ejercicio introspectivo que no termina de encontrar su voz. En definitiva, la película es un ejemplo de cómo la ambición estética no siempre logra llenar los vacíos de una narración fragmentada.
