Los ecos de un país en plena fractura resuenan en ‘Eddington’, donde Ari Aster sitúa su cámara en un pueblo de Nuevo México en el año 2020, cuando el coronavirus aún era un horizonte incierto pero ya se había convertido en motivo de disputa diaria. La elección de un escenario aparentemente anodino sirve al cineasta para desplegar un mosaico de tensiones entre instituciones locales, normas sanitarias, miedos íntimos y pulsos de poder. El relato adopta códigos de western moderno con aspiraciones de sátira política, pero evita simplificaciones fáciles.
El sheriff Joe Cross, interpretado por Joaquin Phoenix, encarna a un funcionario marcado por la desconfianza y el resentimiento hacia un alcalde, Ted Garcia (Pedro Pascal), que defiende políticas de orden frente a la improvisación del cuerpo policial. A partir de este enfrentamiento se levanta un conflicto mayor: el de una comunidad que oscila entre la disciplina de las reglas sanitarias y el rechazo visceral a todo lo que represente imposición externa. Aster no presenta a Cross como un héroe ni a Garcia como un villano, sino como piezas de un engranaje en el que cada gesto público se contamina de sospecha y cálculo electoral.
La pandemia se convierte en detonante de un malestar latente. Las mascarillas, los protocolos de distancia y la idea de limitar libertades se exhiben en pantalla como terreno de batalla cultural. La película retrata con precisión el modo en que símbolos aparentemente menores terminan cargados de ideología. Phoenix, con un cuerpo frágil y un rostro surcado de inseguridad, refleja la desesperación de un hombre que confunde autoridad con redención personal. Pascal, en cambio, ofrece un contrapunto contenido, el de un político que administra su imagen mientras pacta con empresas tecnológicas la instalación de un centro de datos, metáfora de la colonización digital del territorio.
La figura de Louise (Emma Stone), esposa del sheriff, aporta un ángulo doméstico que potencia la crudeza de la historia. Replegada en casa, fabrica muñecos inquietantes y huye de un marido que intenta controlar su silencio. La presencia constante de la suegra (Deirdre O’Connell), pegada a discursos conspirativos, introduce en el hogar el eco de una sociedad saturada de mensajes contradictorios. Aster subraya así cómo la intoxicación informativa penetra en lo privado hasta deformar los vínculos más cercanos.
El guion incluye además a Vernon Jefferson Peak (Austin Butler), líder carismático de un culto digital que seduce a los más vulnerables con un discurso de transparencia emocional. Su entrada desestabiliza aún más a Joe, que percibe en él una amenaza directa a su matrimonio y a su autoridad. Butler imprime al personaje un magnetismo ambiguo que dialoga con los riesgos de las comunidades virtuales convertidas en refugio de identidades rotas.
El film también introduce a jóvenes que se movilizan bajo el lema de Black Lives Matter. Aster los retrata como actores simultáneamente comprometidos y atrapados en una lógica performativa donde la protesta se mezcla con la necesidad de exhibirse. Este tratamiento conecta la crisis sanitaria con la ola de movilizaciones raciales de aquel año, subrayando la sensación de país al borde del colapso.
Visualmente, ‘Eddington’ se mueve entre la sequedad del desierto y el artificio de las redes sociales. Darius Khondji ilumina las calles vacías con una paleta polvorienta que recuerda a clásicos del western, pero sobre ese fondo surgen teléfonos, altavoces y vídeos virales que sustituyen al duelo con pistolas. Aster define así un enfrentamiento donde la palabra amplificada por internet tiene la misma capacidad de herir que una bala.
El montaje se prolonga durante dos horas y media, un metraje que acentúa la sensación de desgaste. El ritmo, por momentos moroso, refleja el encierro de la población y la repetición de consignas, pero también genera fatiga en el espectador. Esa apuesta por la dilatación temporal funciona como reflejo del tedio pandémico, aunque corre el riesgo de debilitar el pulso dramático.
Más allá de los personajes, ‘Eddington’ plantea una reflexión sobre la fragilidad de las etiquetas políticas. El sheriff adopta actitudes que podrían considerarse liberales y conservadoras de forma indistinta, mientras el alcalde defiende medidas de control que chocan con su aparente progresismo. El film señala cómo la pertenencia a una facción importa menos que la instrumentalización de símbolos y discursos para acumular influencia. El concepto de libertad se convierte en bandera transversal, utilizada tanto para justificar el uso de armas como para legitimar protestas callejeras.
En esa ambigüedad se encuentra el núcleo más provocador de la película: la idea de que el orden y la libertad no son categorías puras, sino herramientas que se mezclan y se manipulan según convenga. Aster dibuja un país incapaz de reconocer sus contradicciones, donde cada personaje encarna una versión interesada de esos valores. Joe quiere controlar a su mujer mientras reclama libertad individual. Ted apela a la disciplina comunitaria mientras negocia con capital extranjero. Los adolescentes claman por justicia mientras reducen el activismo a una excusa para socializar.
El humor aparece en ráfagas de ironía que descolocan al espectador. Canciones pop acompañan escenas de tensión electoral, discursos improvisados se vuelven virales por su torpeza y las reuniones políticas se confunden con espectáculos de feria. Esta mezcla de comedia negra y violencia recuerda al cine de los Coen, aunque en Aster el tono se desliza hacia un territorio más abrasivo.
Las interpretaciones sostienen el conjunto. Phoenix imprime al sheriff un aire derrotado que evoluciona hacia la paranoia desatada. Pascal maneja el papel de alcalde con un estilo contenido que revela cinismo bajo una fachada de cortesía. Emma Stone entrega a Louise una vulnerabilidad inquietante, mientras Butler ofrece uno de los retratos más turbadores del fanatismo juvenil.
‘Eddington’ no busca redención ni reconciliación. Prefiere insistir en la descomposición de un tejido social que se fragmenta entre bulos, dogmas ideológicos y enfrentamientos personales. El desenlace, cargado de violencia explícita, expone las consecuencias de esa deriva sin conceder alivio.
Aster consigue así un retrato áspero de un país en crisis, donde la pandemia solo actúa como catalizador de miedos previos. La obra desafía al espectador a contemplar la banalidad del enfrentamiento político y la facilidad con que la paranoia se convierte en identidad colectiva.
