En un rincón soleado y polvoriento del sur francés, entre el ruido digital de los seguidores y los ecos silenciados de una infancia desplazada, se forja una devoción que se confunde con destino. Las plegarias no se alzan ya a lo sagrado sino a la cámara frontal del teléfono; los altares, a menudo, son perfiles que prometen redención a golpe de filtro. El presente se amasa con residuos de capital visual y pobreza acumulada, donde una adolescente se fabrica a sí misma en el hueco de la indiferencia colectiva. Desde esa trinchera luminosa, ‘Diamante en Bruto’ despliega su anatomía.
Agathe Riedinger construye una ficción atenta a los detalles mínimos del delirio contemporáneo: el gesto automático de posar, el brillo artificial en los tacones, la mirada que no busca al otro, sino el espejo multiplicado de una pantalla. La protagonista, Liane, no es una joven con sueños, sino una estrategia de visibilidad que ha mutado en identidad. Su cuerpo modificado, sus frases recitadas como dogmas, sus desplazamientos perpetuos por espacios estériles, apuntan a un vacío de afectos donde la única estructura disponible es el espectáculo. En esa superficie pulida y fragmentada, la película encuentra sus grietas más fértiles.
La puesta en escena elude todo juicio. La cámara no castiga ni exalta; acompaña. Riedinger evita cargar de moralidad su relato, pero sí despliega una minuciosa cartografía de exclusión. La precariedad no se cita, se filtra en las paredes húmedas del piso, en la relación con la madre quebrada, en los rituales de belleza que sustituyen al afecto. La desprotección toma forma de glitter y ácido hialurónico. La hiperfeminización no es elección, sino el único margen que el entorno ofrece como vía de ascenso, aunque sea ilusorio.
Malou Khebizi sostiene con consistencia una figura que alterna agresividad y ternura, una máscara endurecida por el deseo de ser vista. Cada vez que su personaje aplica pegamento sobre los tacones para incrustar joyas falsas, el plano se detiene como si la escena tuviera un valor litúrgico. La corporeidad se convierte en mercancía, pero también en escudo. Liane no articula su dolor; lo modela, lo graba, lo publica. Riedinger no necesita explicarlo. Su estilo depurado apuesta por el movimiento constante, por el plano que no permite pausa ni introspección superficial, como si detenerse fuera perderse.
La narración avanza con la lógica del desvío, sin una progresión convencional. Lo importante no es la meta sino la intensidad con la que se habita el deseo de llegar. El reality televisivo al que Liane aspira no es tanto un objetivo como un mito funcional. La entrevista, el aplauso esperado, la confirmación de ser “alguien”, funcionan como epifanías precarias. El tiempo que transcurre entre la audición y la posible llamada se convierte en un umbral agónico, no porque no se sepa si llegará, sino porque ese lapso obliga a vivir sin trama.
Las secuencias más eficaces son aquellas en las que Liane se enfrenta a lo no mediado: su hermana pequeña, el amigo que la mira sin pantalla de por medio, la noche sin conexión. En esos momentos, el personaje parece perder el control sobre la narrativa que ella misma fabrica. La fragilidad no surge del rechazo, sino del silencio, de la imposibilidad de continuar actuando. Es ahí donde la película adquiere una vibración más densa, donde los márgenes del encuadre insinúan que hay algo que no cabe en el relato que ella misma se impone.
El trabajo de cámara de Noé Bach se aleja del efectismo. La luz no embellece ni oscurece: revela. Las texturas corporales, la arquitectura descompuesta de Fréjus, el contraste entre la promesa virtual y la materialidad de la pobreza, componen una iconografía contemporánea que evita la postal y el miserabilismo. Las imágenes flotan entre la hiperconexión y el aislamiento. Nunca hay descanso: el cuerpo en pantalla necesita atención constante, y el montaje sigue ese ritmo sin respirar.
La relación entre Liane y Dino introduce una contracorriente emocional que evita la redención fácil. Él no está ahí para salvarla ni para ser víctima. Su presencia activa una línea narrativa mínima que no interfiere con el diseño general de la película, pero que permite dimensionar la soledad estructural en la que se mueve la protagonista. Cada gesto entre ambos está cargado de contradicciones: cercanía, pero también distancia; deseo, pero también temor. El afecto es un territorio que no ofrece garantías.
‘Diamante en Bruto’ no opera como denuncia explícita ni como elogio de la resistencia. Más bien actúa como una observación sostenida que desentraña la forma en que se fabrica una subjetividad cuando las estructuras familiares, educativas y laborales han dejado de estar presentes. El culto a la imagen y la omnipresencia de las redes no son el problema: son el síntoma. El vacío que rodea a Liane es anterior a su primer selfie.
El desenlace propone una inflexión más atmosférica que argumental. Un desplazamiento que remite al instante en que el brillo ya no encandila, sino que empieza a doler. La película se despide de su protagonista sin ofrecer consuelo ni castigo. La deja suspendida en un plano que contiene más ambigüedad que certezas, como si la única forma de retratar ciertas existencias fuera detener la cámara justo antes de que todo se derrumbe.
Con ‘Diamante en Bruto’, Agathe Riedinger firma una primera película que se aleja del gesto indulgente y opta por una observación exigente, paciente y lúcida de lo que queda cuando los relatos aspiracionales han devorado toda otra posibilidad de vida. En ese filo tenso entre ilusión y desgaste, la figura de Liane permanece como una silueta que resiste, aunque sea desde el artificio. Porque, al fin y al cabo, cuando todo se ha vuelto mercancía, hasta la ficción se convierte en refugio.
