Cine y series

Desaparecido

Xabi Zabaleta

2025



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La niebla, cuando se arrastra por las laderas, no pregunta nada. Solo cubre, difumina los bordes y convierte lo conocido en una extensión muda. En algunos rincones del norte, la tierra parece guardar pactos con esa bruma espesa. Pactos de mutismo y de reserva. Hay paisajes donde cada piedra parece haber visto demasiado, pero sigue ahí, inmóvil. ‘Desaparecido’, la serie creada por Xabi Zabaleta y Marta Grau Rafel, entiende bien ese lenguaje mineral. Su historia se coloca justo en el cruce donde el relato colectivo ya no sabe distinguir entre memoria y omisión.

Bajo el marco de un pueblo ficticio del interior vasco, lo que podría presentarse como la desaparición de un adolescente se convierte en otra cosa. El foco no se orienta tanto hacia el misterio externo, sino hacia la extrañeza interna que surge cuando el orden aparente comienza a erosionarse. La emisión bilingüe, rodada dos veces, no se percibe como una maniobra técnica sino como un reflejo de la fractura identitaria que habita los espacios compartidos. Euskera y castellano no se yuxtaponen, se repelen suavemente como dos corrientes en un mismo río.

Jon, el joven desaparecido, deja tras de sí un vídeo inquietante, apenas unos segundos, suficientes para arrastrar a su entorno hacia una fisura colectiva. El material no explica nada, solo expone. El hecho de que se vuelva viral expone el fenómeno de consumo de la desgracia ajena como si fuera mercancía emocional. Pero más allá de ese apunte, lo que se abre es una grieta que recorre generaciones. La inspectora Maite Zabala, madre de una de las amigas del chico, introduce una dimensión doméstica a la investigación, que en manos de Itziar Atienza adquiere un aire contenido, ajeno al arquetipo de autoridad infalible.

La elección de centrar cada episodio en uno de los personajes confiere a la serie un aire de novela fragmentada, en la que los perfiles juveniles rehúyen lo arquetípico. A diferencia de otras ficciones con estética adolescente, aquí los vínculos se presentan como territorios ambiguos, marcados por pactos tácitos, lealtades oxidadas y rencores que no buscan redención. La cuadrilla, lejos de ofrecer un frente unido ante el trauma, se revela como un grupo donde la confianza se resquebraja al primer roce.

El pulso de la narración no atiende al ritmo trepidante que otros thrillers imponen. Aquí el tiempo se dilata, se detiene en las miradas, en los silencios, en lo que no se dice durante los interrogatorios. La puesta en escena aprovecha la geografía para aludir al encierro, al aislamiento. El paisaje no se utiliza como postal, sino como superficie rugosa que acoge y aplasta. Las secuencias grabadas en el monte evocan una cercanía con lo inasible. Es en esas alturas donde se cruzan la verdad y la leyenda.

La estructura episódica, si bien permite desarrollar múltiples enfoques, a veces sacrifica la consistencia del conjunto. Hay momentos donde los hilos dramáticos se estiran más de lo necesario o los conflictos se enuncian con una densidad que el propio guion no sostiene. La apuesta por un tratamiento coral exige un equilibrio que no siempre se consigue, sobre todo cuando algunos personajes secundarios se diluyen en la trama. Aun así, la decisión de no cargar la historia con giros forzados funciona como una forma de fidelidad al tono sombrío que marca la serie.

Destaca el trabajo del elenco joven, en especial Jon Lukas y Ane Rot, que sortean con naturalidad la sobrecarga emocional del relato sin recurrir al exceso. La interpretación de Gorka Otxoa como padre desconcertado se aparta de la teatralidad habitual en estos papeles, apoyándose más en la incomodidad que en el dramatismo. Leire Martínez, en su primer papel televisivo relevante, aporta una presencia convincente, aunque su personaje queda todavía por definirse con claridad.

La propuesta formal, con escenas idénticas rodadas en dos lenguas, obliga al espectador a elegir cómo adentrarse en la historia. Esta bifurcación no es solo lingüística: cada idioma genera matices distintos, como si los personajes adoptaran una respiración diferente en cada versión. Ese experimento sutil revela una voluntad de acercarse a una verdad escurridiza. No se trata de señalar cuál es la lengua de la emoción, sino de aceptar que cada una late con un tempo distinto.

‘Desaparecido’ se construye desde la sospecha, pero no en un sentido policial, sino como atmósfera que se infiltra en todos los rincones del relato. Lo importante no es solo quién falta, sino qué falta cuando desaparece alguien. A través de una narrativa que no se conforma con los códigos establecidos, la serie sitúa su tensión en las fisuras internas, en esos vínculos que se sostienen más por inercia que por convicción. El thriller se desliza hacia lo íntimo sin renunciar a su premisa.

La producción, respaldada por ETB y Netflix, se articula como un proyecto que va más allá del entretenimiento. La convivencia entre lenguas no es el tema, sino el sustrato de cada gesto. El rodaje en localizaciones naturales no responde al exotismo, sino a la necesidad de anclar la ficción en un terreno físico reconocible. Todo parece indicar que Zabaleta y Grau han concebido esta serie como una pieza que, sin aspavientos, busca revisar los modos de representación en la ficción nacional.

‘Desaparecido’ evita los discursos evidentes. En su lugar, opta por el trazo difuso, por la grieta más que por el corte. Y en ese movimiento lento, casi temeroso, lo que emerge no es una resolución, sino un eco. Uno que, como la niebla, lo envuelve todo sin necesidad de levantar la voz.

'Desaparecido' ya está disponible en Netflix

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