Cine y series

Culiacanazo: Herederos del narco

Fátima Lianes

2022



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Una ráfaga rasga el cielo, no se escucha el trueno, sólo el eco de un país que se repite. En el calendario nacional, ciertos días se deforman hasta adquirir consistencia física, se cuelan en la rutina, alteran el lenguaje, vacían las calles. El 17 de octubre de 2019, Culiacán dejó de ser una ciudad para convertirse en una advertencia. Ese día, los disparos reordenaron jerarquías, pusieron en jaque al poder institucional y reescribieron, sin ceremonia, la noción de seguridad. Fátima Lianes sitúa ahí su lente. Su documental, ‘Culiacanazo: Herederos del narco’, no intenta describir lo inexplicable; lo que hace es registrar la manera en que una sociedad vive con ello, sin dramatismo, sin consuelo.

Cada plano de la serie es una confesión sostenida. No porque busque el escándalo, sino porque la cámara adopta el tono de quien no aparta la mirada, incluso cuando lo que aparece es incómodo, inquietante o contradictorio. La narrativa de Lianes se despliega sin apresuramiento, permite que los relatos se enreden, que los silencios también hablen. Su propuesta no esquematiza lo que ocurrió aquel día ni lo encapsula en una sola verdad. En cambio, deja que las voces —militares, periodistas, víctimas, operadores de campo— compongan una polifonía densa y conflictiva.

‘Culiacanazo: Herederos del narco’ evita deslizarse por el espectáculo, aunque el material con que trabaja lo permitiría con facilidad. Lo relevante no es que haya imágenes inéditas o acceso a testimonios clave, sino la manera en que la directora decide intervenir ese archivo. Lo que está en juego no es un simple recuento: es la posibilidad de que el espectador trace conexiones entre el caos puntual de Culiacán y un deterioro institucional que se ha normalizado en México durante décadas.

La docuserie divide su argumento en cuatro capítulos que responden a una lógica progresiva, casi de descomposición. Del impacto inmediato del operativo fallido —la ciudad tomada por el narco, las fuerzas armadas superadas, la liberación pública de Ovidio Guzmán— se pasa a un análisis de la genealogía del Cártel de Sinaloa, de la dinámica interna de ‘Los Chapitos’, y finalmente al desgaste que supuso este hecho para la imagen de un gobierno que intentaba trazar una nueva política de seguridad.

Lianes esquiva el relato fácil de buenos contra malos. Le interesa mucho más el paisaje que queda después de los enfrentamientos. Las entrevistas a personajes clave no siguen un guion previsible. A veces quienes dan su testimonio no lo hacen desde la certeza, sino desde el desconcierto. El valor del montaje está en cómo sostiene esa ambigüedad sin caer en la confusión. Se filma desde la grieta, no desde la consigna.

Uno de los logros más sólidos del proyecto reside en su tono. No hay épica, ni victimismo, ni glorificación de la figura criminal. Tampoco se recurre a moralismos para explicar la violencia. Se muestran las estructuras —militares, estatales, criminales— como entidades interdependientes, capaces de colapsar entre ellas mismas, de contaminarse, de sostenerse mutuamente. A través de los relatos recogidos, queda claro que las líneas que separan al Estado de las organizaciones criminales no siempre son visibles ni constantes.

Lo que más resalta es la presencia ausente del ciudadano común, esa figura que, sin pactar con nadie, sufre todas las consecuencias. Ahí, entre los relatos de desplazamiento, miedo cotidiano, o silencio obligado, la serie encuentra una dimensión que el periodismo rara vez alcanza: la del gesto humano que se mantiene incluso cuando todo alrededor parece irse a pique. Fátima Lianes cuida esos momentos. No los enmarca como actos heroicos ni los dramatiza como tragedias privadas. Los deja estar. Y en esa contención narrativa reside su fuerza.

El cuarto capítulo de la serie opera casi como una bisagra entre lo ocurrido y lo que todavía ocurre. Lejos de presentar un cierre, deja ver que el fenómeno no ha sido contenido. Las tensiones internas del Cártel, las cifras de homicidios, los pactos de impunidad, las colaboraciones entre agencias internacionales: todo apunta a que el 17 de octubre fue apenas una superficie de algo que sigue horadando la estructura misma del país.

Sin grandilocuencias, Lianes articula una crítica a la noción de gobernabilidad. No lo hace desde el discurso, sino desde la elección de cada plano, de cada voz que incluye y cada pausa que mantiene. En este documental no hay espacio para la comodidad del espectador. Cada testimonio, cada secuencia de archivo, cada imagen de la ciudad bajo fuego, obliga a pensar la violencia como parte de un orden más amplio, donde las certezas son transitorias y la memoria colectiva es un territorio en disputa.

‘Culiacanazo: Herederos del narco’ logra sostenerse como un documento incómodo y necesario. No se pliega al espectáculo, pero tampoco se vuelve academicista. Su lugar está justo en medio: en esa zona de fricción donde las imágenes documentan, pero también implican. La dirección de Fátima Lianes se aferra a esa tensión sin resolverla, y en ese gesto construye una de las representaciones más lúcidas de lo que implica narrar la violencia en México sin traicionar su complejidad.

Los cuatro episodios del documental ya están disponibles en HBO Max

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