Las imágenes que se rescatan del olvido suelen traer consigo no solo el eco de un tiempo perdido, sino también los vestigios de luchas que siguen marcando el presente. En ese terreno incierto se sitúa ‘Caja de resistencia’, la obra de Alejandro Alvarado —junto a Concha Barquero— que coloca en el centro la figura de Fernando Ruiz Vergara. Director de ‘Rocío’ (1981), su carrera se truncó de forma abrupta tras el proceso judicial que cercenó la circulación de su única película, un documental que señalaba responsabilidades concretas en la violencia ejercida durante los primeros meses de la Guerra Civil. A partir de esa herida, Alvarado se aproxima a un creador que quedó atrapado entre la censura y el olvido, y lo hace desplegando un dispositivo fílmico que indaga tanto en los restos materiales de su obra como en los contextos políticos y culturales que la hicieron inviable.
El largometraje se articula como un diálogo permanente entre épocas. Los directores revisan los documentos que Ruiz Vergara acumuló en carpetas y cuadernos, desde guiones a notas de producción, y los convierten en materia cinematográfica. El archivo se presenta no como un conjunto inerte, sino como un organismo en movimiento que interroga las posibilidades del cine como espacio de resistencia. En este proceso, la película se desplaza por escenarios que remiten a una geografía marcada por la represión y el exilio: desde las minas portuguesas de Panasqueira hasta los pueblos andaluces atravesados por la violencia franquista, pasando por los espacios íntimos donde el cineasta elaboró proyectos que nunca pudieron rodarse.
El montaje mezcla entrevistas realizadas a Ruiz Vergara poco antes de su fallecimiento, fragmentos de filmaciones inéditas y pasajes en los que la imagen contemporánea dialoga con materiales de los años setenta y ochenta. Ese cruce genera un efecto de estratos superpuestos que refleja las tensiones entre memoria y presente. Lejos de organizar una narración lineal, la obra opta por una estructura meándrica que reproduce la imposibilidad de completar la filmografía del director sevillano. Así, cada proyecto inconcluso se convierte en un punto de partida para reflexionar sobre lo que significa filmar en un contexto donde el poder político y económico define qué relatos pueden circular.
La dimensión política ocupa un lugar central en ‘Caja de resistencia’. Alvarado y Barquero ponen en relación la censura sufrida por ‘Rocío’ con los mecanismos actuales de control, no necesariamente judiciales, pero igualmente condicionantes. El documental subraya que la dificultad de acceder a financiación o a redes de exhibición puede equivaler a un silenciamiento efectivo, y que la memoria democrática se construye tanto en los tribunales como en las convocatorias de ayudas. En ese sentido, la obra no se limita a rendir homenaje a un cineasta marginado, sino que convierte su historia en un ejemplo de cómo los sistemas culturales siguen filtrando qué voces llegan a la pantalla.
Los personajes que pueblan el filme trascienden la figura del propio Ruiz Vergara. Aparecen descendientes de víctimas de la represión en Almonte, compañeros del Equipo de Cine Andaluz, testigos de las luchas obreras en Portugal y amigos que acompañaron al director durante su exilio. Cada intervención abre un surco en la narración, ampliando la dimensión coral de un relato que se resiste a reducirse a la biografía de un individuo. Esa coralidad conecta con el modo en que el propio Ruiz Vergara entendía el cine, como un instrumento colectivo y combativo, más próximo a la militancia cultural que al prestigio autoral.
El apartado formal refuerza esa vocación de resistencia. El uso de imágenes subterráneas, túneles y cuevas dota al documental de un carácter simbólico que remite a lo oculto y lo reprimido. La textura sonora, a cargo de Paloma Peñarrubia, acompaña este descenso a los márgenes con una música que oscila entre lo atmosférico y lo desgarrador, mientras la fotografía de Raquel Fernández envuelve los archivos recuperados en una pátina que los vuelve presentes. La puesta en escena evita cualquier tentación conmemorativa y opta por un tratamiento inquieto, fragmentado en apariencia, pero guiado por un impulso claro: devolver a la pantalla aquello que el tiempo y la censura intentaron sepultar.
Resulta especialmente significativo el tramo en el que se evoca el documental que Ruiz Vergara quiso dedicar a los mineros de Panasqueira. Alvarado y Barquero reconstruyen ese proyecto inacabado con imágenes actuales, mostrando tanto los restos de un pasado industrial como las huellas de un presente marcado por el extractivismo. En esa secuencia, la película se abre hacia una lectura más amplia, vinculando la memoria de un cineasta con las transformaciones económicas y sociales de la península ibérica en las últimas décadas. Esa amplitud conecta también con la evocación de ‘Las dos orillas’ de Juan Sebastián Bollaín, que funciona como contrapunto y prolongación del universo que Ruiz Vergara había imaginado.
Lejos de conformarse con un simple repaso histórico, ‘Caja de resistencia’ propone un ejercicio de reconstrucción crítica. En cada proyecto fallido de Ruiz Vergara late una posibilidad truncada, y Alvarado convierte esa imposibilidad en material creativo. La película se pregunta qué significa heredar un archivo inconcluso y cómo filmar aquello que nunca llegó a existir. De esa tensión surge un documental que no busca clausurar, sino abrir fisuras para que el pasado siga resonando en el presente.
En última instancia, la obra funciona como espejo de las carencias democráticas en España y Portugal, territorios atravesados por dictaduras que dejaron cicatrices duraderas en la vida cultural. La censura explícita que impidió circular ‘Rocío’ se enlaza con la censura difusa de los organismos de financiación, y ambas se presentan como dos caras de un mismo fenómeno: la restricción de la libertad creativa. Esa reflexión se proyecta sobre la actualidad, invitando a reconsiderar hasta qué punto el acceso a los recursos culturales sigue condicionado por intereses ajenos a la creación artística.
‘Caja de resistencia’ se convierte así en un documental que interpela tanto a los espectadores como a las instituciones. No busca erigirse en panegírico ni en relato definitivo, sino en ejercicio crítico sobre las posibilidades del cine frente a la memoria y frente al poder. Al rescatar los proyectos inconclusos de Fernando Ruiz Vergara, Alvarado y Barquero trazan un mapa de ausencias que, más que cerrar un ciclo, lo mantiene abierto, recordando que la historia del cine también se compone de obras imaginadas, silenciadas y nunca rodadas.
