Cine y series

Bon voyage, Marie

Enya Baroux

2025



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Hay decisiones que nadie anuncia. Se esconden bajo capas de cotidianeidad, en la textura anodina de un teléfono descolgado, en la rigidez de una taza que no tiembla al posarse sobre la mesa. A veces, el silencio de un cuerpo que se sabe en cuenta atrás pesa más que cualquier confesión. En ese punto de fricción, entre lo que se calla y lo que se interpreta, se sitúa ‘Bon voyage, Marie’, una película que no confronta la muerte sino las maneras de acercarse a ella sin ser descortés con quienes quedan.

La cinta de Enya Baroux no construye una fábula. Se desplaza por paisajes comunes, entre autopistas y estancias cargadas de pequeños artificios domésticos que revelan el paso del tiempo: teléfonos con teclas visibles, alarmas a la vista, instrucciones plastificadas. Todo se articula en torno a un gesto planeado con el detalle de quien ha decidido cuándo partir, sin delegar el control en otros.

En ese núcleo aparece Marie, interpretada por Hélène Vincent, sin pedir permiso ni reclamar atención. Lo que precisa es una coreografía mínima de afectos que la acompañen en ese trayecto que ha organizado con precisión. Frente a ella, su hijo y su nieta apenas logran mantenerse en pie, atrapados entre sus propias carencias y una obligación vaga hacia alguien a quien creen conocer. Este triángulo afectivo descompensado sostiene el relato sin aspavientos.

Baroux opta por una comedia dramática que se resiste al gesto afectado. Ni acumulación sentimental ni sátira autoconsciente. Prefiere el contorno contenido, incluso irregular, donde las tensiones surgen desde lo trivial: una partida de Monopoly, una escena en una piscina, una conversación atropellada sobre reglas menstruales o hipotecas. El humor nace de la incomodidad, como si los personajes tantearan continuamente el lugar que ocupan.

Rudy, encarnado por Pierre Lottin, irrumpe como una figura ajena al conflicto familiar. Su presencia, marcada por cierta torpeza deliberada, actúa como catalizador. Su simple estar detiene el ritmo narrativo en lugar de empujarlo. Esta inmovilidad, lejos de resultar frustrante, permite que las dinámicas familiares se desgasten de forma orgánica sin buscar soluciones o catarsis.

Desde el punto de vista visual, la película evita la estridencia. La fotografía de Hugo Paturel apuesta por una luz leve que no dramatiza ni embellece en exceso. Las paradas del viaje, los paisajes suizos, los espacios anodinos por los que transitan los personajes sirven como tránsito, nunca como excusa decorativa. Todo responde a un mismo tono: nada se subraya.

El diseño sonoro refuerza esta decisión. Las canciones que aparecen, como el tema de Desireless, funcionan como hilo invisible. ‘Voyage, voyage’ no impone una lectura. Se limita a acompañar, a sugerir un movimiento que ya no admite vueltas. El trayecto no es metáfora vital. Es una acción práctica, resuelta con cierta ternura.

En cuanto a los personajes secundarios, el guion no se esfuerza en desarrollar sus dimensiones. Bruno, interpretado por David Ayala, representa una figura reconocible: hombre sin dirección, atrapado en un bucle económico y emocional que no le permite responder a su entorno. Anna, la nieta, aporta vitalidad, aunque su recorrido se desdibuja en un relato que prioriza los silencios de su abuela.

La interpretación de Vincent impone el tono. Cada gesto contiene una lógica interna, sin excesos, sin demanda de empatía. Marie quiere llegar a destino sin causar estragos, sin dramatizar el final. Ni víctima ni heroína. Sencillamente una mujer que ha organizado su salida con el orden y la obstinación que no pudo aplicar a sus afectos.

El guion, firmado también por Philippe Barrière y Martin Darondeau, fragmenta el relato en secuencias que funcionan de manera casi autónoma. Hay una voluntad de estructurar el viaje a través de viñetas: una parada en un cementerio, una escena de bolos, un malentendido con una niña desconocida. Lo importante no es lo que ocurre, sino lo que se esquiva. En esos márgenes se filtra lo más incómodo del relato.

‘Bon voyage, Marie’ se mueve entre lo leve y lo inminente. No busca adhesión emocional, ni tampoco tesis concluyentes. Se mantiene en la zona templada donde conviven la contradicción, el afecto mal distribuido y la determinación contenida. Baroux no aspira a transformar el género. Se limita a encuadrar un gesto final con la mesura de quien entiende que despedirse también puede ser un acto cotidiano.

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