Cine y series

Blancanieves

Marc Webb

2025



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En los cuentos se buscaba un bosque para perderse, no una pantalla verde para simularlo. A lo largo de la historia, ‘Blancanieves’ ha sido muchas cosas: símbolo, espejo, catecismo de virtud o de pasividad, mito mutable que se dejaba torcer sin romperse. Ahora es una suma de conflictos actuales empaquetados en celofán de franquicia. La película de Marc Webb no parece querer narrar, sino justificar su propia existencia, y lo hace como quien camina sobre vidrio, con miedo a cortar el relato o a dejar alguna arista sin limar. Se percibe una ansiedad por agradar, por cumplir con cada nota de una partitura escrita por comités, no por impulso creativo.

Hay algo profundamente desconcertante en el modo en que la película administra sus propias contradicciones. Intenta recuperar la textura de un cuento clásico mientras desactiva las funciones del símbolo que lo sostenía. Se habla de justicia, pero con frases de eslogan; se alude a desigualdad sin que esa tensión afecte la arquitectura del relato. Las imágenes, saturadas de artificio digital, apenas rozan lo poético. Todo resulta tan calculado que incluso los gestos de rebeldía parecen redactados por un algoritmo que aprendió a decir “empoderamiento” sin saber por qué.

Rachel Zegler sostiene con profesionalismo y dulzura una versión del personaje que se ha vaciado de ambigüedades. Su Blancanieves ya no es la figura contemplativa que espera entre canciones; es alguien que quiere gobernar, aprender, gestionar recursos. Pero no hay carne alrededor de ese diseño. La actriz canta con solvencia, se mueve con intención, pero el guion no le ofrece desarrollo emocional, solo una lista de rasgos deseables. Su relación con Jonathan, el bandido que sustituye al príncipe tradicional, está delineada con trazos tan suaves que cuesta distinguir si hay una evolución real o solo una sucesión de escenas que deben cumplir con una cuota romántica.

Gal Gadot, en el rol de la Reina Malvada, aparece envuelta en vestuario y maquillaje que prometen un espectáculo que su actuación no sostiene. Su presencia visual, por momentos poderosa, no encuentra eco en su expresión ni en su entonación. Se la quiere temible, pero termina siendo una sombra sin densidad, atrapada en una interpretación indecisa entre la teatralidad y la contención vacía. Su número musical, lejos de constituir un punto álgido, diluye la tensión acumulada y confirma que el tono de la película no ha sido resuelto.

Los efectos visuales que dan vida a los antiguos enanitos —ahora recreados como criaturas digitales— constituyen uno de los puntos más desconcertantes del filme. La decisión, nacida del temor a perpetuar estereotipos, ha derivado en una solución técnica que multiplica el problema: los personajes animados no solo resultan estéticamente extraños, sino que su interacción con el entorno y con los actores reales es forzada y antinatural. No hay cohesión entre sus escenas y las de los humanos, lo que genera una sensación constante de desplazamiento.

Musicalmente, la película oscila entre lo derivativo y lo insípido. Las composiciones nuevas, en su mayoría firmadas por Benj Pasek y Justin Paul, carecen del carácter melódico y dramático que definía a los clásicos del estudio. “Waiting on a Wish”, presentada como tema central, funciona como un intento de declaración de principios, pero su letra genérica y su ejecución sin contexto dramático la reducen a un número más entre otros igual de olvidables. Los temas clásicos reaparecen mutilados o reescritos sin ganancia evidente, como si el filme tuviera miedo de parecer antiguo, pero también de parecer nuevo.

Marc Webb, cuyo nombre quedó ligado a dramas sentimentales con pulso y a superhéroes contenidos, dirige esta producción con una especie de impotencia coreografiada. El montaje tiene saltos abruptos, los escenarios alternan entre la sobriedad apagada y el decorado de atracción turística, y la narrativa nunca logra establecer un ritmo que permita al espectador sumergirse en el relato. La película parece siempre a punto de despegar, pero no encuentra pista.

‘Blancanieves’ se define así por lo que evita: evitar el escándalo, evitar el error, evitar la incomodidad. Pero esa evitación sistemática desactiva también todo lo que podía dotarla de personalidad. No hay riesgo, ni ambigüedad, ni tensión. El resultado es un producto domesticado, que trata de representar un nuevo paradigma sin lograr internalizarlo en su dramaturgia. Lo que permanece, como una huella involuntaria, es el vacío que deja una historia que no sabe qué hacer con su propio legado.

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