Cine y series

Black Dog

Guan Hu

2024



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Volver a un lugar sin nombre es también aceptar que algo de uno quedó varado, como si el tiempo se hubiera oxidado en los márgenes de la memoria. ‘Black Dog’ se abre desde ese lugar seco y pelado donde nada parece latir, salvo los ladridos dispersos de una ciudad vaciada. No es solo un regreso, es una emboscada invisible del pasado, de un país que despeja lo que estorba antes de la celebración. La modernidad se impone como un disfraz sobre las grietas de un mundo en descomposición, y Guan Hu, lejos de la grandilocuencia, sitúa su relato en el silencio áspero de las cosas que ya no regresan.

El polvo se pega a los muros como lo hacen los años a la piel del protagonista, Lang, que vuelve a su ciudad natal como quien cruza un cementerio en ruinas. La celebración que se avecina (los Juegos Olímpicos de 2008) no llega a tocar estas calles. Hay una China que mira al futuro y otra que queda encapsulada en lugares como Chixia: poblaciones que se ahogan sin hacer ruido. Desde ese espacio suspendido entre el derrumbe físico y el desarraigo moral, el relato se desliza sin apremio, como si cada plano fuera una exhalación contenida. Guan Hu no precipita la historia, la deja respirar entre ladridos, polvo y gestos esquivos.

Lang no habla mucho. Su cuerpo carga con un pasado que no se explicita de inmediato, pero se intuye denso. Fue una figura pública —músico, motociclista, hijo de alguien importante— y ahora es solo un eco, alguien que apenas toca a los demás. Su ciudad tampoco parece reconocerlo, más allá del resentimiento de un clan que busca ajustar cuentas. De ese encuentro con el rencor emerge una línea narrativa tensa, aunque nunca desbordada. Lo que la película persigue no es una resolución moral, sino el trazo grisáceo de un vínculo improbable: el que une a este hombre con un perro sin dueño, quizá enfermo, posiblemente agresivo, pero más vivo que cualquier ser humano que ronda por ahí.

El animal, delgado y escurridizo, no es símbolo ni metáfora. No hay subrayado sentimental. Se impone por su sola presencia, por el modo en que irrumpe en el cuadro y luego lo ocupa. Al igual que Lang, sobrevive entre ruinas. Ambos parecen nacidos de una misma materia: soledad, resistencia, quietud. Guan Hu encuadra esa relación sin necesidad de énfasis. Deja que el tiempo haga su trabajo, que la complicidad brote desde una noche compartida en el desierto o desde el gesto de construirle un sidecar a medida. Aquí no hay domesticación, sino reconocimiento: dos criaturas sin función social que, al encontrarse, renuncian a seguir huyendo.

Las imágenes de Gao Weizhe dotan a la película de un espesor visual que sugiere sin hablar. El uso del encuadre panorámico convierte al entorno en una fuerza activa: edificios vacíos, murales desgastados, jaurías que cruzan la pantalla como sombras antiguas. El azul lavado y los tonos tierra no se imponen como filtro estético, sino como vestigio de una geografía a punto de desaparecer. Esta mirada casi arqueológica sobre la ciudad se contrapone a los ecos de una fiesta que no llegará a celebrarse allí. La modernización avanza, pero su precio queda registrado en estos retratos de abandono.

Los personajes que rodean a Lang funcionan como figuras deslavadas de una estructura ya colapsada. El padre, alcoholizado y encerrado en un zoológico que es prisión y refugio. El jefe de la cuadrilla de caza, un funcionario ajeno al drama humano. La mujer circense, esbozada como posibilidad de ternura, pero enseguida disuelta en el viento. Ninguna de estas presencias logra imponerse frente a la densidad de lo que no se dice. Guan Hu renuncia a la épica o al romanticismo; apuesta por lo residual, por lo que queda cuando ya no se espera nada. Eso convierte a ‘Black Dog’ en un artefacto más cercano a la intuición que al relato convencional.

Algunos momentos rozan la arbitrariedad —una liberación animal, una escena de eclipse solar—, pero más que desviar el foco, sirven para subrayar que todo en esta historia responde a una lógica errática, como si el mundo se moviese sin dirección. El humor aparece con forma seca, casi imperceptible, lo que impide que la tragedia se endurezca en exceso. El cineasta parece sugerir que en la ruina también hay lugar para cierta ligereza, no como evasión sino como modo de resistencia.

‘Black Dog’ no escapa al arquetipo del retorno del antihéroe ni al motivo clásico de la redención, pero lo sortea con distancia. Guan Hu recurre al esquema para despojarlo de heroísmo, para dejarlo al ras de lo humano. La película evita la pirotecnia emocional, y en esa economía encuentra su rigor. El vínculo que Lang establece con el animal no busca conmover, sino mantenerse en pie. No hay resolución, hay convivencia. Y eso basta.

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