El deseo, esa fuerza insoslayable que nos impulsa y, a veces, nos despoja de nuestras estructuras más queridas, se manifiesta con una intensidad devastadora en ‘Babygirl’. Halina Reijn, conocida por su aguda capacidad para diseccionar las complejidades humanas, presenta un thriller erótico que no solo incomoda, sino que también invita a cuestionar cómo navegamos el poder y las relaciones en un mundo que se tambalea entre tradiciones obsoletas y la modernidad disruptiva. ¿Qué ocurre cuando los roles que habitamos diariamente se ven desbordados por necesidades que desafían nuestras propias reglas internas?
‘Babygirl’ no busca respuestas sencillas. Su narrativa traza una línea difusa entre el control y la vulnerabilidad, exponiendo con brutal honestidad las contradicciones inherentes a los deseos reprimidos. La directora invita a reflexionar sobre cómo estos impulsos pueden empujar a sus personajes al borde del abismo, explorando el conflicto interno entre lo que la sociedad espera y lo que el individuo ansía.
Nicole Kidman da vida a Romy Mathis, una CEO de éxito que, tras proyectar una imagen de implacable control, se ve atrapada en una relación cargada de tensión erótica y dominación con Samuel (Harris Dickinson), un joven interno que encarna una mezcla de arrogancia e inseguridad. Kidman no solo interpreta a una mujer atrapada en su propia rigidez, sino que también desmantela, escena tras escena, las capas que protegen su frágil sentido de identidad. “¿Qué ocurre cuando el poder que sostienes también se convierte en tu mayor fuente de debilidad?” parece preguntarse la película.
El guion de Reijn se mueve con habilidad entre lo cómico y lo perturbador, creando momentos de extraña intimidad que chocan con los códigos sociales establecidos. Una de las escenas más impactantes muestra a Romy cediendo al dominio de Samuel en un contexto que, aunque cargado de simbolismo, nunca pierde su humanidad. Este equilibrio entre lo teatral y lo emocional es sostenido por una dirección fotográfica que contrasta la frialdad de los espacios corporativos con la calidez cruda de sus encuentros privados.
La relación entre los protagonistas está marcada por una constante oscilación de poder. Samuel no es simplemente un seductor joven; su carácter se define por una mezcla de ambición y una inesperada sensibilidad que logra desenmascarar las inseguridades de Romy. Por otro lado, la interpretación de Kidman transmite una lucha interna que se despliega de manera casi hipnótica. Su habilidad para mostrar la fragilidad oculta tras la fachada de una ejecutiva implacable es el corazón emocional de la película.
El tono de ‘Babygirl’ evita deliberadamente el moralismo. En lugar de castigar a sus personajes por sus decisiones, la película los observa con una especie de fascinación clínica, cuestionando si la liberación personal puede coexistir con las estructuras de poder que definen nuestras vidas. “No se trata de juzgar lo que está bien o mal, sino de examinar qué sucede cuando nuestras elecciones desafían las narrativas sociales que hemos interiorizado,” parece ser el mensaje implícito.
El elenco secundario también aporta capas de complejidad a la historia. Antonio Banderas, como el esposo de Romy, ofrece un contrapunto conmovedor, representando una estabilidad que tambalea frente a las revelaciones de su esposa. Sophie Wilde, en el papel de Esme, la asistente ambiciosa, agrega una dimensión satírica a la dinámica corporativa al utilizar sus conocimientos para avanzar en una jerarquía plagada de hipocresía.
Musicalmente, el trabajo de Cristobal Tapia de Veer eleva las escenas con una banda sonora que, lejos de reforzar lo predecible, aumenta la tensión y la carga emocional de cada momento clave. La selección de canciones, como “Father Figure” de George Michael, resuena como un guiño audaz que encapsula la paradoja de los personajes: buscar liberación mientras se hunden más profundamente en sus deseos reprimidos.
Sin embargo, la película no está exenta de sus defectos. Algunas transiciones narrativas pueden sentirse demasiado abruptas, y el tercer acto tiende a sobreexplicar los conflictos que antes habían sido sutilmente construidos. A pesar de estas debilidades, ‘Babygirl’ es un recordatorio de que el cine erótico puede ser tanto un espejo como un martillo, rompiendo y reflejando las complejidades de nuestras emociones más privadas.
En definitiva, Halina Reijn presenta una obra que desafía las convenciones del género para entregar un relato tan provocativo como visceral. Lejos de ser simplemente un thriller erótico, ‘Babygirl’ se erige como un análisis de las tensiones inherentes al poder, el deseo y la identidad en un mundo que constantemente negocia qué significa ser libre.
