Cine y series

A la deriva

Jia Zhangke

2024



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Un país se despierta en un siglo nuevo y no reconoce su reflejo en los escaparates de neón ni en la topografía reconfigurada de sus márgenes fluviales. ‘A la deriva’ se posiciona en ese umbral: un espacio líquido donde la memoria reciente y la ruina proyectada cohabitan sin orden cronológico ni lógica narrativa estable. Jia Zhangke no propone un relato ni un discurso: elige desenterrar imágenes atrapadas en la resaca de la modernización, hilando fragmentos de su propio archivo fílmico con nuevas escenas rodadas en el presente. La suma remite a una sensación más que a un relato, como quien camina por una ciudad irreconocible que fue suya y ya no le pertenece.

Desde los primeros fotogramas, donde un grupo de mujeres canta en torno a una estufa como si se aferraran a lo último que queda de un tiempo cálido, la película erige su universo: uno habitado por el desajuste entre el deseo individual y las fuerzas del progreso. La cámara observa sin juicio ni consuelo, y es en ese vacío donde emergen los signos de una transformación tan acelerada como difusa. No hay retorno posible en ‘A la deriva’, solo repetición en otro tono, con otros rostros que envejecen sin haber alcanzado el punto de partida.

La protagonista, Qiao Qiao, recorre veinte años en busca de un hombre que la dejó y de una identidad que nunca termina de encontrar forma. Su figura sirve como línea de costura: no tanto por lo que dice (apenas articula palabras), sino por lo que contiene. Su silencio tiene densidad. Atraviesa clubes de provincia, barcos por el Yangtsé, ciudades devastadas por la expansión inmobiliaria y supermercados poblados de autómatas, como si intentara entender en qué momento todo se volvió irreal. En su andar hay obstinación, pero no fe; hay desplazamiento, pero no conquista.

El tiempo en esta película no avanza: se acumula. Zhangke construye con planos de archivo, con escenas descartadas, con segmentos donde el deterioro material de las imágenes se convierte en índice del paso de los años. Lejos de buscar cohesión, compone un mosaico en el que la disonancia formal se convierte en método. Imágenes en 4:3 conviven con panorámicas limpias y digitales; cuerpos jóvenes aparecen junto a sus versiones ajadas, sin que haya transición clara entre ambos estados. La discontinuidad no confunde: articula.

Bin, el hombre que abandona a Qiao, aparece con frecuencia a través de sus ausencias. Su figura nunca logra consolidarse. Lo que en otro relato funcionaría como vértice romántico, aquí se difumina en gestos de cobardía, en promesas sin eco, en la fatiga de quien ya no logra adaptarse a la velocidad del presente. Su regreso, mucho más tarde y ya derrotado, genera menos catarsis que extrañeza. La distancia entre ambos personajes ha mutado tanto que el reencuentro ya no significa nada.

Entre los escenarios destaca la mutación de Fengjie, localidad sacrificada durante la construcción de la presa de las Tres Gargantas. Allí, como en tantas otras geografías, lo que se impone no es el agua sino la reconfiguración forzada del espacio: hogares demolidos, habitantes desplazados, rituales suspendidos. El cine de Jia Zhangke ha vuelto a ese lugar en múltiples ocasiones. Aquí lo convierte en eje de una memoria truncada, donde las ruinas importan más que los monumentos.

La música opera como contracampo emocional. No acompaña: interfiere. Desde melodías populares hasta ráfagas electrónicas, cada pieza musical desestabiliza el ritmo de las secuencias, ofreciendo una especie de comentario oblicuo sobre las emociones ausentes. Los diálogos se reducen al mínimo y las palabras, cuando aparecen, llegan por medio de mensajes de texto o letreros, como si el habla ya no fuera fiable para narrar lo que sucede.

En su tramo final, la película se instala en el tiempo del encierro pandémico, no para denunciar ni para documentar, sino para registrar cómo incluso los gestos más automatizados (la atención de un robot, la circulación por un supermercado) se han vuelto inquietantes. En esa escena, donde una máquina reconoce tristeza en el rostro de Qiao Qiao y responde con citas prefabricadas, la película encuentra uno de sus momentos más nítidos: el contraste entre un algoritmo que simula consuelo y una mujer que ha aprendido a no pedirlo.

Zhao Tao sostiene la cinta con una presencia que nunca se impone, pero tampoco desaparece. Su cuerpo cambia, su rostro se endurece, pero su movimiento persiste, como si supiera que detenerse significaría quedar atrapada en una imagen del pasado. En ella, Jia condensa su modo de filmar el mundo: sin grandilocuencias, sin golpes de efecto, sin la necesidad de resolver. Solo el flujo de una mirada que se mantiene en pie mientras todo alrededor se vuelve irreconocible.

‘A la deriva’ no busca la claridad ni la síntesis. Avanza por acumulación, por ecos, por restos. Su poder reside en esa acumulación de momentos suspendidos que, tomados en conjunto, configuran una historia donde lo íntimo y lo histórico se rozan sin fundirse. Jia Zhangke ha urdido una obra que se niega a ser encapsulada, donde lo que permanece es la sensación persistente de haber asistido al desbordamiento de algo que ya no regresa.

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