Cine y series

Calle Málaga

Maryam Touzani

2026



Por -

Aquellas calles de Tánger que vieron crecer a los nietos de la diáspora española vuelven a ser el escenario elegido por Maryam Touzani para construir su tercer largometraje. La cineasta marroquí, que ya había explorado la represión femenina en ‘Adam’ y el deseo homosexual en ‘El caftán azul’, sitúa ahora el foco en la tercera edad y en la posesión de un espacio vital como símbolo de independencia. Escribe el guion junto a Nabil Ayouch, su pareja creativa y sentimental, y el resultado se estrenó en la sección Venezia Spotlight del festival homónimo antes de aterrizar en las salas comerciales. La película se vende como un relato sobre el arraigo y sobre esa generación de exiliados que convirtió un barrio marroquí en una prolongación de la península.

La trama arranca con una premisa tan sencilla como eficaz: María Ángeles, una septuagenaria viuda, recibe la visita de su hija Clara, quien llega desde Madrid con la intención de vender el piso familiar. El conflicto se dispara porque la propiedad pertenece legalmente a la hija, un regalo envenenado del padre fallecido para evitar papeleos. Clara arrastra un divorcio reciente y una economía precaria como enfermera, mientras que su madre solo desea terminar sus días entre los geranios de su balcón y el bullicio de los vendedores ambulantes. La imposición de la hija convierte a la anciana en una okupa de su propio hogar, una ironía amarga que Touzani resuelve con una huida del asilo y una estrategia de resistencia callada. María Ángeles recupera sus muebles uno a uno gracias al anticuario Abslam, con quien forja una relación que incluye una sexualidad tardía mostrada sin pudor ni vergüenza. El fútbol, las cenas con vecinos y la venta de cervezas clandestinas se convierten en sus armas para recaudar dinero y retrasar el desahucio sentimental.

Carmen Maura carga con todo el peso narrativo y lo hace con una solvencia que roza lo inconsciente. Su María Ángeles no es la abuela bonachona de los tópicos, sino una mujer que usa su edad como escudo y su experiencia como ariete. Cuando la película la enfrenta a su hermana Josefa, una monja de clausura con voto de silencio, el diálogo se vuelve un monólogo delirante donde la protagonista suelta confidencias sexuales y reproches familiares sin obtener respuesta alguna. Esta asimetría comunicativa genera los momentos más ácidos del metraje. Marta Etura interpreta a Clara como una antagonista comprensible, asfixiada por las cuentas bancarias y la crianza en solitario, aunque el guion le concede pocos matices para justificar su crueldad práctica. Ahmed Boulane compone a Abslam con una calma que contrasta con la urgencia de María Ángeles, y su evolución de anticuario huraño a amante comprensivo resulta creíble porque nunca abandona su parquedad inicial.

Touzani maneja la cámara con una vocación casi documental cuando recorre la calle Málaga, pero se vuelve clásica y medida dentro del apartamento. La directora evita los primeros planos lacrimógenos y prefiere planos medios que encuadran a la protagonista junto a sus objetos, porque para ella los muebles, los discos de vinilo y las sartenes viejas son tan importantes como los rostros. La fotografía de Virginie Surdej tiñe las paredes de tonos cálidos que sugieren una protección anaranjada contra el exterior, mientras que en el asilo los colores se vuelven fríos y homogéneos. La decisión más política de la película consiste en mostrar una Tánger donde el español y el árabe conviven sin subtítulos constantes, dando por sentada la mezcla lingüística como algo natural. La crítica a la especulación inmobiliaria y al desarraigo forzado de los mayores atraviesa cada secuencia, aunque el filme nunca levanta la voz ni se convierte en un panfleto.

La evolución de María Ángeles no consiste en un aprendizaje moral, sino en una reafirmación obstinada de sus costumbres. La película sugiere que la dignidad de una persona mayor se mide por su capacidad de elegir dónde quiere cocinar y desde qué ventana quiere ver el atardecer. Clara, por su parte, experimenta un cambio más abrupto y menos trabajado: pasa de ser una hija rapaz a una mujer arrepentida sin que medien suficientes escenas de transición. El personaje de la monja Josefa, pese a su votos de silencio, funciona como la conciencia externa que todo protagonista necesita, una figura casi abstracta que escucha y juzga con la mirada. La inclusión de los partidos de fútbol como motor económico y social resulta forzada en algunos momentos, pero permite a Touzani mostrar la juventud del barrio integrada en la trama principal sin caer en el paternalismo.

Las implicaciones sociales de ‘Calle Málaga’ apuntan directamente a la soledad no deseada y a la violencia económica que se ejerce sobre los ancianos con propiedades. La película retrata cómo una herencia mal planificada puede convertirse en un arma arrojadiza entre madres e hijas, y cómo la falta de diálogo convierte los lazos familiares en cuerdas de ahorcamiento. Touzani también se permite un apunte sobre la hipocresía del sistema asistencial: el asilo donde ingresan a María Ángeles es limpio y ordenado, pero funciona como una prisión dorada donde la rutina anula cualquier atisbo de personalidad. La huida de la protagonista no es una victoria contra el sistema, sino una guerrilla doméstica que consiste en mentir a las asistentas sociales y sobornar al agente inmobiliario. La película defiende así una ética de la supervivencia cotidiana, donde la mentira piadosa y la transgresión menor resultan herramientas legítimas para conservar lo propio.

El estilo narrativo de Touzani bebe de un cine clásico europeo donde las pausas tienen tanto valor como los diálogos. La directora alarga las secuencias de cocina y compra en el mercado hasta convertirlas en rituales, y esos momentos muertos son los que mejor definen a María Ángeles. Cuando la protagonista recupera su tocadiscos y escucha un bolero, la cámara no se mueve y el tiempo se detiene, como si la directora quisiera imitar la paciencia de su personaje. Esta decisión ralentiza el ritmo general de la cinta, que se permite digresiones como el reencuentro con un antiguo amor o la organización de las quinielas futbolísticas. Un cineasta como el finlandés Aki Kaurismäki maneja con similar economía de medios este tipo de historias sobre resistencia silenciosa, aunque Touzani es menos seca y permite más destellos de humor verbal. El resultado final se acerca más al humanismo cotidiano de un Ken Loach sin la militancia explícita, reemplazando la rabia por una tozudez entrañable.

La película no resuelve todas las tensiones que plantea, y ese es su mayor acierto. La última secuencia deja a María Ángeles en un limbo doméstico, con la venta aún pendiente y la reconciliación filiar a medias. Touzani prefiere la ambigüedad de un final abierto antes que la rotundidad de un abrazo familiar. Esta opción narrativa convierte ‘Calle Málaga’ en un espejo donde cada espectador puede mirar sus propias herencias conflictivas. La directora logra así que una historia sobre una mujer de ochenta años se convierta en una parábola sobre la posesión, el deseo y la memoria, sin necesidad de adornos retóricos ni moralejas explícitas.

Crítica elaborada por Marina Rivas

MindiesCine

Buscando acercarte todo lo que ocurre en las salas de cine y el panorama televisivo.