Cine y series

Brillantina y oro: Danza sobre hielo

Katie Walsh

2026



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En el deporte de élite, aquel que exige lo máximo a nivel físico y personal, el hielo se convierte en un escenario tan imponente como frágil. En una de las secuencias más reveladoras de ‘Brillantina y oro: Danza sobre hielo’, una entrenadora observa en silencio cómo una pareja interrumpe su ensayo tras un error mínimo. El ambiente se congela, la música se detiene y, entre respiraciones agitadas, los patinadores buscan rehacer la coreografía desde el punto exacto en el que todo se torció. Esa imagen resume lo que la serie dirigida por Katie Walsh construye con precisión: la tensión entre disciplina y vulnerabilidad que define el patinaje artístico de competición. Estrenada en Netflix, la producción combina una mirada cercana a la preparación olímpica con un relato sobre la identidad, la ambición y las estructuras que rodean un deporte donde cada detalle decide el lugar que se ocupa en el mundo.

La directora opta por un enfoque que evita cualquier artificio y se centra en observar con detenimiento a tres parejas de patinadores que representan estilos y trayectorias opuestos. Madison Chock y Evan Bates, veteranos estadounidenses, se enfrentan al reto de mantenerse en la cima después de una carrera que parece acercarse a su cierre. Piper Gilles y Paul Poirier, canadienses, se presentan como un dúo imaginativo que busca redefinir los límites de la danza sobre hielo a través de una expresión artística distinta. La tercera pareja, formada por Laurence Fournier Beaudry y Guillaume Cizeron, simboliza las implicaciones políticas del deporte moderno: tras cambios de nacionalidad, sanciones y nuevas alianzas, su historia introduce un debate sobre la pertenencia y la representación. Walsh retrata estas dinámicas sin dramatismos, apoyándose en la observación continua del entrenamiento, donde la repetición y la constancia se vuelven más elocuentes que cualquier confesión ante la cámara.

La narración se apoya en una estructura que alterna la preparación física con los momentos más íntimos de los deportistas. Los planos de los ensayos, con el sonido de las cuchillas cortando el hielo, se combinan con conversaciones que revelan la dureza de convivir con un calendario implacable y con una presión mediática que obliga a los atletas a mantener una imagen impecable incluso en la fatiga. La cámara de Walsh se mantiene cercana, sin invadir, dejando que las rutinas muestren la personalidad de cada pareja. En esa convivencia entre esfuerzo y control se encuentra la esencia del documental: un retrato del rendimiento como forma de vida. La elección de la directora de prescindir de narradores externos acentúa la sensación de autenticidad y coloca al espectador dentro de un espacio donde las jerarquías y los miedos se revelan sin necesidad de discursos.

El contexto de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2026 da a la serie una carga moral y política que va más allá de la competición. Los patinadores se convierten en representantes de sus países y, al mismo tiempo, en símbolos de las tensiones que atraviesan el deporte internacional. El caso de Fournier Beaudry y su proceso para obtener la ciudadanía francesa pone sobre la mesa las fronteras entre la ambición personal y las normas institucionales. En paralelo, los conflictos disciplinarios y las rivalidades entre equipos muestran hasta qué punto el éxito depende tanto del rendimiento como de la gestión burocrática. Walsh expone estas realidades sin sentimentalismo, permitiendo que los hechos se desarrollen con naturalidad, como si el hielo fuera un espejo donde cada atleta se ve obligado a reconocer sus límites.

Entre las historias que articulan la serie, la de Gilles y Poirier adquiere una fuerza especial. La pareja canadiense lleva quince años compartiendo una trayectoria en la que el equilibrio entre técnica y expresión se ha convertido en su seña de identidad. En una de las escenas más destacadas, se les observa ensayando su programa ‘Starry Starry Night’, una coreografía que combina control y lirismo. El montaje intercala su ensayo con imágenes del pasado, estableciendo un diálogo entre lo que fueron y lo que aún intentan alcanzar. Esa secuencia sirve como síntesis de la propuesta de la serie: una observación del esfuerzo continuado, del vínculo entre dos personas que confían en su sincronía como instrumento de supervivencia profesional. La cámara los sigue sin artificio, mostrando cómo cada movimiento requiere una coordinación absoluta, una entrega que transforma la competición en algo más cercano a la convivencia que al enfrentamiento.

La dirección de Katie Walsh revela una comprensión precisa del documental deportivo. Su manera de construir la narración recuerda por momentos al enfoque de Asif Kapadia, aunque en su caso predomina una intención analítica. La serie evita glorificar el sacrificio y se centra en desmenuzar cómo se produce el rendimiento. Se analizan los métodos de entrenamiento, los cambios en el sistema de puntuación internacional y la exposición pública que los deportistas asumen al convertirse en figuras mediáticas. Netflix refuerza esa aproximación con una producción cuidada que equilibra la espectacularidad del patinaje con la observación de la rutina diaria. El resultado es una obra que invita a entender el deporte como una forma de disciplina artística y, al mismo tiempo, como una representación del esfuerzo colectivo que sostiene el éxito individual.

Crítica elaborada por Andrés Gómez

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