Cine y series

Bailando sobre hielo

Shamim Sarif

2026



Por -

Durante una de las secuencias más significativas de ‘Bailando sobre hielo’, Adriana ensaya con Brayden en una pista semivacía. La cámara muestra cómo ambos intentan mantener el equilibrio entre la coreografía y la tensión que se respira en el aire. Esa escena, lejos del dramatismo artificial, refleja una realidad reconocible en muchos deportistas jóvenes: el esfuerzo por sostener la disciplina en medio de los conflictos personales. Ese tipo de momentos, frecuentes en los entrenamientos de patinaje o en cualquier disciplina donde la pareja depende de la coordinación perfecta, resume la esencia de la serie. No se trata tanto del patinaje como espectáculo, sino de lo que implica convivir con la exigencia, el orgullo y la presión por mantener un legado familiar. La dirección de la serie, discreta y funcional, se centra en exponer los vínculos entre los personajes sin perder de vista las contradicciones que surgen cuando el talento se convierte en una obligación heredada más que en una elección libre.

La historia parte de un punto muy concreto: tres hermanas intentan sostener el prestigio de un apellido marcado por la competición. Tras la muerte de su madre, la pista se convierte en su único refugio y al mismo tiempo en una cárcel que define sus relaciones. Adriana, la protagonista, intenta mantener el negocio familiar a flote mientras su padre afronta la ruina. Para lograrlo, forma pareja con Brayden, un patinador carismático y arrogante cuya ambición complementa la determinación de ella. Ambos deciden simular un romance ante los medios, lo que les proporciona visibilidad y patrocinadores, pero esa estrategia empresarial se convierte en un terreno peligroso cuando las emociones empiezan a mezclarse con los intereses. El regreso de Freddie, antiguo compañero de Adriana, añade una tensión que va más allá del triángulo amoroso. La serie usa esa trama como una forma de hablar de la competitividad y de cómo la ambición puede convertir los afectos en estrategias de supervivencia.

El eje familiar, sin embargo, se impone sobre la historia romántica. Elise, la hermana mayor, vive un proceso que recuerda al de tantos atletas que deben reconstruirse después de una lesión. Su caída durante una competición rompe algo más que una carrera: fractura la imagen que su familia y ella misma habían construido de su futuro. A partir de ese accidente, surge un enfrentamiento con Adriana que expresa una mezcla de envidia y afecto. Ambas representan dos formas opuestas de entender la superación: una desde la resignación y la otra desde la obstinación. La dirección concede espacio a ese conflicto sin forzar la dramatización, dejando que la rivalidad se exprese a través de silencios, miradas y pequeñas reacciones que traducen el cansancio acumulado por años de sacrificio. En este punto, la serie logra su mejor equilibrio entre narración y retrato psicológico.

La figura de Maria Russo, la hermana menor, amplía la lectura social del relato. Su deseo de llevar una vida corriente contrasta con la obsesión de sus hermanas por mantener el legado familiar. Esa diferencia generacional aporta aire a la historia, al mostrar cómo la presión de la excelencia puede resultar ajena para quienes no se sienten llamados a perpetuar un mito. La convivencia entre las tres hermanas se construye sobre la contradicción: se enfrentan, discuten, se hieren y, sin embargo, encuentran en su vínculo la única forma posible de resistencia ante el derrumbe económico y afectivo. La serie retrata con claridad cómo la familia puede convertirse al mismo tiempo en sostén y carga, en un sistema de lealtades que empuja a cada miembro a definir su lugar con dolorosa precisión.

El patinaje, que en teoría debería ocupar el centro de la acción, se presenta como un escenario que simboliza la exigencia y la apariencia. Las secuencias sobre el hielo son escasas y están filmadas con una intención más narrativa que espectacular. La cámara evita el virtuosismo técnico y prefiere seguir las tensiones entre los personajes, lo que puede resultar decepcionante para quienes esperen una inmersión deportiva, pero encaja con la intención de la serie. En lugar de mostrar competiciones extensas, se prioriza el proceso de entrenamiento, las discusiones sobre los pasos, las lesiones, el cansancio y la frustración. Esa elección permite observar cómo la perfección aparente de una coreografía esconde el desgaste físico y emocional de quienes la ejecutan, del mismo modo que una familia aparentemente unida puede ocultar resentimientos y miedos que apenas se disimulan bajo la rutina.

Madelyn Keys y Cale Ambrozic construyen una pareja con buena química, no por el romanticismo que se les atribuye, sino porque transmiten la incomodidad de convivir con una mentira que empieza a adquirir vida propia. Sus personajes representan dos caras del mismo problema: la necesidad de fingir para conservar el reconocimiento. En un entorno dominado por la exposición mediática, su relación simulada sirve para atraer patrocinadores y mantener el interés del público, lo que convierte su vínculo en una herramienta económica. La serie utiliza ese elemento para mostrar cómo la intimidad puede transformarse en un producto más dentro del mercado de la imagen. En ese contexto, ‘Bailando sobre hielo’ observa con atención los mecanismos que convierten los sentimientos en material publicitario y plantea una lectura lúcida sobre la forma en que la fama y la precariedad se entrelazan hasta confundir los límites entre la vida privada y el espectáculo.

El tono general del relato se mantiene constante, con una narración sencilla que alterna drama juvenil y retrato familiar. La serie evita la espectacularidad y apuesta por un estilo más observador, interesado en los vínculos que se generan en entornos de alta exigencia. A través de las hermanas Russo, se percibe cómo la identidad se forja en función del entorno y de las expectativas impuestas por los demás. La obra se acerca, por su forma de tratar la intimidad y la presión colectiva, a ciertos dramas contemporáneos europeos que combinan sobriedad narrativa y observación emocional, como los de Joachim Trier o Céline Sciamma. El resultado es una serie que utiliza el hielo como metáfora del control, del equilibrio y del miedo a fallar frente a quienes esperan un rendimiento constante. ‘Bailando sobre hielo’ termina configurando un retrato claro sobre cómo las familias que viven del éxito acaban atrapadas por él, incapaces de detener una maquinaria que exige sacrificios constantes para seguir funcionando.

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