Cine y series

Las Hermanas Munekata

Yasujirō Ozu

1950



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La nueva versión restaurada de Las Hermanas Munekata (1950), del aclamado director japonés Yasujiro Ozu, nos permite redescubrir una joya casi olvidada de su filmografía. Se trata de la única película que Ozu realizó para el estudio Shintoho, con un presupuesto y condiciones de producción muy distintos a los que estaba acostumbrado en Shochiku. A pesar de las dificultades que tuvo que afrontar, como la imposición de actores, guion y fuente literaria, Ozu logra crear una obra llena de belleza, humanidad y reflexión.

La historia gira en torno a dos hermanas con personalidades muy distintas: Setsuko (Kinuyo Tanaka), la mayor, es una mujer tradicional, recatada y sumisa, atrapada en un matrimonio infeliz. Viste kimono, visita templos en Kioto y se comporta según los roles de género esperados para una esposa japonesa. Mariko (Hideko Takamine), la menor, es extrovertida, curiosa y entusiasta con las novedades occidentales que llegan tras la guerra. Viste a la moda occidental, escucha música americana y sueña con llevar una vida moderna y liberada.

El choque generacional y cultural entre ambas se hace patente desde el comienzo. Sin embargo, comparten una relación muy unida y una devoción especial por su padre, Tadachika (Chishu Ryu), quien se encuentra enfermo de cáncer en Kioto. La reaparición de Hiroshi, antiguo amor de Setsuko que regresa de Francia, reavivará tensiones familiares y dejará al descubierto las contradicciones de una sociedad japonesa que busca reconciliar su pasado con un futuro incierto.

Aunque la premisa argumental pueda parecer un simple melodrama, Ozu construye con su característica sensibilidad una mirada profunda sobre la realidad de la posguerra japonesa. A diferencia de otras películas del director sobre este período histórico, como El fin de la primavera (1949) o Cuentos de Tokio (1953), el contexto sociopolítico no aparece de forma explícita. No hay rastro de la ocupación americana ni de las penurias económicas. Sin embargo, el peso de la guerra y la fractura cultural que trajo consigo está omnipresente en los dilemas íntimos de sus personajes.

A través de las vivencias de las hermanas Munekata, sus relaciones familiares y amorosas, podemos vislumbrar las tensiones de una sociedad en transición, debatiéndose entre aferrarse a sus costumbres o adoptar nuevos modelos de vida importados de Occidente. Setsuko encarna los valores tradicionales del Japón anterior a 1912, como el matriarcado familiar, la sumisión de la mujer y la importancia de las tradiciones. Por su parte, Mariko representa a una juventud sedienta de modernidad, que ansía libertad y nuevas experiencias tras años de privaciones.

En su característico estilo minimalista, Ozu disecciona esta pugna generacional sin emitir juicios de valor. El espectador puede comprender los anhelos de las dos hermanas, sus motivaciones y obstáculos. El padre también comprende a ambas cuando dice: "Vosotras dos sois totalmente diferentes porque fuisteis educadas en épocas distintas". La película no busca imponer una postura sobre otra, sino mostrar la complejidad de conciliar tradición y modernidad en la construcción de una nueva identidad para Japón.

A nivel formal, Ozu se mantiene fiel a su estilo depurado y elegante pese al contexto de producción adverso. La narración fluye con naturalidad en escenas cotidianas plagadas de belleza y significado. La puesta en escena estilizada, con escasos movimientos de cámara, encuadres frontales y una composición visual impecable en espacios domésticos, consigue una sensación de serenidad muy propia de su cine.

La fotografía de Joji Ohara capta magníficamente los escenarios naturales de Kioto y los interiores tradicionales japoneses. Destacan planos meticulosamente equilibrados, donde la arquitectura dialoga armoniosamente con los personajes. También sobresalen escenas crepusculares y nocturnas de gran lirismo. Es una lástima que Ozu no pudiera supervisar el montaje final, porque ese es el único aspecto técnico que se resiente en comparación con sus grandes obras maestras en Shochiku.

En cuanto a las interpretaciones, Kinuyo Tanaka está sublime en su personaje de esposa abnegada, transmitiendo con minuciosa contención una gama compleja de emociones. Por su parte, Hideko Takamine aporta un contrapunto refrescante de vitalidad y humor que aligera el tono melancólico general. Su Mariko despierta la simpatía y ternura del espectador con su mezcla de ingenuidad infantil y ansias liberadoras. Esta dualidad interpretativa entre tragedia intimista y humor despreocupado es una constante en la filmografía de Ozu que aquí también brilla con luz propia.

Pese a conformarse aparentemente como un drama costumbrista menor, Las Hermanas Munekata deja una honda huella en el espectador gracias a su delicadeza exquisita y su capacidad para mostrar la belleza de lo sencillo. Nos recuerda una vez más que, en el cine de Ozu, bajo una superficie apacible suele esconderse una miríada de emociones universales. Esta conmovedora película bien merece ser redescubierta y apreciada por nuevas generaciones de espectadores en todo el mundo.

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