La ópera prima del director italiano Giacomo Abbruzzese, Disco Boy, es una película que sorprende y cautiva desde su enigmático título. Se trata de una cinta que fusiona con maestría el drama bélico con toques de realismo mágico, creando una atmósfera onírica que envuelve una historia de búsqueda de identidad y redención.
La trama se centra en Aleksei, un joven bielorruso interpretado magistralmente por Franz Rogowski, quien huye clandestinamente a Francia en busca de una vida mejor. En el camino, pierde a su amigo Mikhail en un trágico accidente al cruzar el río que separa Bielorrusia de Polonia. Aleksei finalmente llega a París, pero al no tener documentos, se ve forzado a unirse a la Legión Extranjera Francesa, un cuerpo militar conformado por extranjeros que obtienen la ciudadanía francesa luego de años de servicio.
Aleksei demuestra ser un excelente soldado, por lo que es enviado a una peligrosa misión en el Delta del Níger para rescatar a unos rehenes secuestrados por un grupo guerrillero local. Allí conoce a Jomo, el carismático líder guerrillero interpretado por Morr Ndiaye, quien lucha contra las petroleras extranjeras que saquean los recursos naturales de su gente.
A partir de este punto, la historia adquiere tintes de realismo mágico cuando Aleksei comienza a ser perseguido por los espíritus de Jomo y su hermana Udoka, interpretada por Laetitia Ky. Estas apariciones espectrales se manifiestan tanto en alucinaciones como en experiencias dancísticas vibrantes, representando la lucha interna de Aleksei con su identidad y sus acciones pasadas.

Abbruzzese recurre a una narrativa elíptica y poco convencional, priorizando las atmósferas y las expresiones faciales por encima de los diálogos explicativos. Esta apuesta estilística seduce y desconcierta a partes iguales, sumergiendo al espectador en un estado de ensoñación donde los límites entre realidad y fantasía se desdibujan.
La fotografía de Hélène Louvart captura magistralmente esta dualidad, con tomas naturalistas del agreste paisaje nigeriano y escenas de luz infrarroja que asemejan visiones febriles. El diseño sonoro de Vitalic envuelve todo con sus ritmos electrónicos de cadencia hipnótica. Y en medio de este torbellino audiovisual resplandece Rogowski, cuyo semblante alberga una gama de emociones insondables.
Si bien la trama puede resultar críptica y difícil de interpretar para algunos, sus imágenes quedan grabadas a fuego en la retina del espectador. Abbruzzese orquesta un viaje multisensorial absorbente, que recuerda en parte a clásicos como Beau Travail de Claire Denis. Y aunque pecan de cierta grandilocuencia artística, logran transmitir con fuerza la desorientación y angustia existencial de sus personajes.
Disco Boy es una mirada desafiante y poética sobre las heridas coloniales aún abiertas entre Europa y África. Una obra visualmente deslumbrante que anuncia el surgimiento de una nueva voz en el panorama del cine de autor europeo. Con actuaciones sólidas, una estética onírica y un ritmo hipnótico, este drama bélico atípico cautiva los sentidos e interpela el intelecto del espectador por igual. Una grata sorpresa que resonará en la mente del público mucho después de abandonar la sala de cine.


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