Wim Wenders, el reconocido director alemán de clásicos del cine como París, Texas y Tan lejos, tan cerca, regresó a la sección competitiva de la pasada edición del Festival de Cannes con su nueva película Días Perfectos. Se trata de un drama japonés de ritmo pausado que funciona como una oda a los placeres sencillos de la vida cotidiana y una reflexión existencial sobre la búsqueda de la felicidad y el significado de la rutina.
El protagonista de la historia es Hirayama, un solitario hombre de mediana edad interpretado magistralmente por Koji Yakusho, que trabaja limpiando baños públicos en Tokio. Cada mañana se despierta con el sonido de su vecina barriendo la calle, se prepara un té, riega sus plantas y sale a trabajar escuchando clásicos del rock en sus viejos cassettes. Por el camino saluda a desconocidos, contempla el cielo y sonríe ante la tranquila vida que lleva. Su trabajo, lejos de ser una carga, lo realiza con dedicación y orgullo.
Con planos a la altura de los ojos y en el clásico formato 4:3, Wenders y su director de fotografía Franz Lustig logran sumergir al espectador en la experiencia sensorial del protagonista. Escuchamos el roce de la escoba y el trino de los pájaros al amanecer. Sentimos la brisa matutina en el rostro de Hirayama y admiramos la textura del cemento o de las hojas que fotografía. La cámara se demora en los rituales del aseo personal, las comidas, los trayectos en automóvil. Todo fluye en armonía hasta que la calma se rompe por algunos conflictos con compañeros de trabajo o la aparición de familiares de su pasado.
El contraste entre la vida retraída que lleva Hirayama y la profundidad de su mundo interno queda reflejado en las secuencias oníricas en blanco y negro, donde sus experiencias diarias reaparecen distorsionadas. También en su ávido consumo cultural: lee con avidez obras de Faulkner y Highsmith, y tiene una inmensa colección de cintas con clásicos del rock que suenan como guiños obvios pero efectivos (¿acaso no todos nos sentimos eufóricos al escuchar 'Perfect Day' de Lou Reed en un día soleado?).

Mediante sutiles pinceladas se nos revelan aspectos sobre un doloroso pasado familiar, que explicarían en parte la solitaria y melancólica existencia que lleva. Pero Hirayama halla consuelo y placer en los pequeños detalles, construyendo nuevos vínculos efímeros con desconocidos que se cruzan en su camino. Sus días perfectos consisten simplemente en disfrutar el presente, con humildad y gratitud.
En esta era dominada por la tecnología y las redes sociales, donde todos anhelamos gratificaciones instantáneas, la película funciona como recordatorio poético sobre la belleza de las pequeñas cosas que solemos pasar por alto. Nos invita a desacelerar y valorar los breves instantes de felicidad ocultos en cada jornada.
Si bien el sentimiento generalizado es el de estar ante el mejor largometraje de ficción de Wenders en años, también hay que señalar algunos defectos. El tono se vuelve excesivamente cursi y condescendiente en algunos pasajes. Los divertidos intentos del torpe ayudante de Hirayama por tener una cita no logran el contraste cómico buscado. Y la banda sonora, plagada de clásicos del rock estadounidense, suena demasiado previsible y forzada.
Aun así, es imposible no conmoverse con la historia de superación personal de Hirayama y su particular forma de encontrar un sentido transcendente en la rutina. Yakusho logra una actuación inolvidable cargada de miradas sutiles y gestos reveladores. Cuando al final vemos su rostro surcado por lágrimas de felicidad y tristeza a la vez, contemplando el ocaso al ritmo de Nina Simone, no podemos más que reflexionar sobre nuestra propia búsqueda de los días perfectos.
Los seguidores de Wenders y del cine de autor hallarán en Días Perfectos una pequeña pieza inefable que reconecta al director con su mejor veta creativa. Un canto de amor a la vida sencilla y una delicada invitación a saborear la dicha escondida en lo cotidiano.


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