Pedro Almodóvar despliega en su último trabajo un mecanismo de relojería narrativa que, con aparente sencillez, pone en jaque la figura del creador y su relación con la materia prima más delicada: la vida de quienes le rodean. El cineasta manchego, en esta entrega, orquesta una partida de espejos donde los límites entre la realidad y su reelaboración ficticia se vuelven porosos hasta la incomodidad. La arquitectura del filme sostiene dos tiempos que dialogan en silencio: por un lado, la historia de Elsa (Bárbara Lennie), una realizadora atrapada en un duelo que se manifiesta en jaquecas implacables durante el puente de diciembre de 2004. Por otro, la del director Raúl Durán (Leonardo Sbaraglia) en 2025, cuyo bloqueo creativo encuentra una vía de escape escribiendo precisamente la vida de Elsa. Esta construcción se convierte en el andamiaje sobre el que Almodóvar examina la ética de la extracción artística, alejándose de cualquier intención de simple artificio.
El personaje de Elsa, una mujer que lidia con la pérdida de su madre mientras intenta refugiarse en un viaje a Lanzarote con su amiga Patricia (Victoria Luengo), funciona como una pantalla sobre la que se proyectan las obsesiones de su creador ficticio. La migraña que la inmoviliza adquiere una doble dimensión: un síntoma clínico y, al mismo tiempo, la manifestación física de un dolor que la narrativa prefiere acompañar en lugar de solventar. En su periferia, figuras como su pareja, Bonifacio (Patrick Criado), un bombero con un pasado como stripper, delinean una suerte de calma que contrasta con la tormenta interna de ella. La relación entre Elsa y Patricia, marcada por los problemas sentimentales de esta última, introduce otra capa de sufrimiento femenino, creando un pequeño ecosistema donde la angustia se transmuta en material para la escritura. La película sugiere que la verdadera fuerza motriz reside en la capacidad de observar el conflicto y, desde una distancia que se antoja fría, transformarlo en relato.
El contrapunto a este universo femenino es la figura de Raúl Durán, cuyo proceso creativo lo convierte en un observador privilegiado, pero también en un potencial vampiro de la intimidad ajena. Su ayudante, Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), es la llave que abre la caja de Pandora. A través de ella, Raúl encuentra la inspiración, pero también el espejo donde se reflejan sus propias culpas. La evolución de la relación entre Raúl y Mónica, que culmina en una conversación en el parque del Retiro, es el punto de fuga de toda la estructura. En ese diálogo, Almodóvar pone en boca de Sánchez-Gijón un discurso que interpela directamente al autor, cuestionando el derecho a usar la vida de los demás, la soberbia de creerse con la capacidad de entender el dolor ajeno y, sobre todo, la soledad de un oficio que exige convertir la existencia en materia prima. Este momento se convierte en una autocrítica feroz que resignifica todo lo visto previamente.
Los hombres en este relato orbitan alrededor del núcleo de la experiencia sin llegar a poseerla, una diferencia notable con la fuerza arrolladora de otras épocas en la filmografía del director. Raúl contempla su propia crisis desde una posición de privilegio que, paradójicamente, lo aísla. Su pareja, Víctor (Quim Gutiérrez), permanece en una ambigüedad constante, sosteniendo un lugar en la vida del artista que podría ser fácilmente absorbido por la ficción. Bonifacio ofrece a Elsa un refugio, aunque le resulte imposible penetrar el cerco de su ansiedad. La dirección de Almodóvar maneja estas asimetrías con una precisión quirúrgica, evitando subrayarlas con melodrama y estableciéndolas, en cambio, como una condición estructural del universo que ha construido. La violencia que recorre el filme adquiere la forma de la mirada que todo lo convierte en material narrativo, una violencia sutil pero devastadora en sus implicaciones éticas.
La trama dentro de la trama, ese guion que Raúl escribe, sirve tanto para hablar de la crisis creativa como para explorar la idea de que el arte puede ser a la vez un mecanismo de sanación y un acto de apropiación. La película examina cómo el dolor, especialmente el femenino, se convierte en un territorio fértil para la creación masculina, sin que ello implique necesariamente un juicio moral explícito. Almodóvar sitúa a sus personajes en un territorio donde las emociones se distribuyen de manera desigual: las mujeres habitan el sufrimiento como una condición existencial, mientras que los hombres, como Raúl, lo mediatizan a través de la escritura, estableciendo una distancia que les permite narrar pero que también los separa de la experiencia viva. La directora Elsa, aunque sea una invención, resulta ser un personaje de mayor densidad emocional que su propio autor ficticio, lo que introduce una reflexión sobre la jerarquía entre el que vive y el que registra.
La banda sonora, que recupera la voz de Chavela Vargas en una grabación de ‘La Llorona’ y cuenta con la presencia musical de Amaia, actúa como un dispositivo que conecta las diferentes capas de ficción, subrayando que la música en este universo es un vehículo directo a la emoción que las palabras a veces logran articular de manera incompleta. Los personajes se enfrentan a la música como un detonante que los obliga a confrontar lo que intentan evadir, y nunca como un simple adorno. El diseño de producción, con su paleta de colores puros y la elección de Lanzarote como un paisaje que parece detener el tiempo, refuerza esa sensación de suspensión entre dos épocas y dos niveles de realidad, creando una atmósfera donde el pasado se filtra constantemente en el presente narrativo.
En el tramo final, la película abandona cualquier pretensión de sutileza para entregarse a una explosión dialéctica que funciona como una declaración de principios. Almodóvar coloca a sus personajes frente a las consecuencias de sus acciones creativas, forzándolos a una confrontación que es a la vez teatral y ferozmente real. La estructura de muñeca rusa, que parecía un mero ejercicio estilístico, revela entonces su verdadero propósito: mostrar el proceso creativo y exponer sus vísceras con igual contundencia. El cursor que parpadea en la pantalla del ordenador de Raúl al final se convierte en la evidencia de un ciclo que, por su propia naturaleza, está condenado a repetirse. La obra se cierra así con una lucidez que evita cualquier consuelo fácil y ofrece, en su lugar, la mirada fija de quien sabe que la única manera de seguir adelante es, quizá, continuar haciendo daño tecleando sin parar.
Crítica elaborada por Andrés Gómez
