Cine y series

Aída y vuelta

Paco León

2026



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Muchas veces no está nada mal sumergirse en una nostalgia que sabes que puede traerte cosas positivas, especialmente cuando el reencuentro con un universo televisivo tan reconocible logra recuperar una parte de la memoria colectiva sin caer en el sentimentalismo. En ‘Aída y vuelta’, ese regreso se produce dentro de un rodaje ficticio donde los intérpretes vuelven a ponerse frente a las cámaras para filmar una temporada imaginaria de la serie, ambientada en 2018. Paco León construye la película desde esa premisa metanarrativa, haciendo convivir a los actores con sus personajes y situando al espectador ante un juego de espejos que mezcla realidad y ficción. El resultado no busca prolongar la historia original, sino revisar su significado en un contexto social distinto. Esa idea de retomar algo que formó parte del día a día de muchos espectadores define el tono general de una cinta que se mueve entre la revisión cultural, la sátira y la mirada crítica hacia la industria audiovisual española.

El filme se articula sobre la convivencia de los actores con sus antiguos personajes. Carmen Machi interpreta a una Aída que ya no lucha contra el mismo entorno, y lo hace desde la serenidad de quien entiende el peso del tiempo y de la exposición mediática. La actriz se enfrenta a la doble tarea de representar al personaje y a la intérprete que lo sostiene, una idea que da pie a una lectura más amplia sobre el oficio de actuar y el modo en que una serie puede marcar la identidad profesional de quien la protagonizó. Paco León encarna de nuevo al Luisma, pero con la distancia de alguien que observa lo que antes fue espontáneo, y ese contraste refuerza la intención del proyecto: mirar hacia atrás con lucidez. Junto a ellos reaparecen Miren Ibarguren, Mariano Peña, Pepe Viyuela y Melani Olivares, entre otros, en un reencuentro que se siente sincero por la complicidad que mantienen en pantalla. La película evita convertir la nostalgia en un artificio, y prefiere apoyarse en la ironía para mostrar cómo el paso de los años ha cambiado las reglas de la comedia popular.

El relato utiliza el año 2018 como frontera simbólica. Ese momento histórico, atravesado por debates sobre la corrección política, el feminismo y los límites del humor, sirve para poner a prueba el tipo de comedia que caracterizó a ‘Aída’. Los guionistas Fer Pérez y Paco León construyen una estructura donde las situaciones cómicas se alternan con reflexiones sobre la representación y la memoria televisiva. El film presenta escenas en las que el equipo revisa viejos guiones, discutiendo si los personajes podrían decir hoy las mismas frases que entonces. Esa conversación, aparentemente ligera, encierra un análisis sobre la transformación de los códigos culturales y sobre cómo el entretenimiento popular absorbe los cambios sociales sin dejar de ser un espejo de su tiempo. La película convierte esa dinámica en su principal herramienta narrativa, y al hacerlo, crea una sátira directa sobre la autocensura, la fama y la dificultad de mantener la frescura en un entorno cada vez más vigilado por el escrutinio público.

El espacio de Esperanza Sur vuelve a cobrar protagonismo. El barrio, con sus bares y fachadas, aparece casi intacto, aunque todo alrededor se percibe distinto. Las calles se llenan de detalles que reflejan el paso de los años, y esa permanencia física contrasta con la transformación de los personajes. La dirección de Paco León aprovecha esa familiaridad para subrayar cómo el entorno televisivo, que antaño servía para retratar a la clase trabajadora desde la exageración humorística, ahora funciona como un lugar de memoria. El montaje mantiene un ritmo pausado, con escenas que se desarrollan en planos largos y con diálogos que respiran naturalidad. La cámara observa sin forzar el sentimentalismo, permitiendo que las conversaciones fluyan con un tono coloquial que refuerza la sensación de reencuentro. Todo el conjunto adquiere así una coherencia que evita los excesos y se apoya en una cercanía muy controlada.

La ausencia de Ana Polvorosa, recordada por su papel de Lorena, se resuelve con elegancia. La narración la asume sin dramatizar, dejando que el espectador complete el hueco desde su recuerdo personal. Esa decisión da consistencia al grupo y demuestra que el proyecto está pensado como una obra coral, donde cada presencia cuenta sin restar protagonismo a las demás. El resto del elenco interpreta versiones de sí mismos con un grado de ironía que permite reconocer tanto la ficción como la realidad que la inspira. Esa convivencia entre lo inventado y lo vivido se convierte en una de las ideas más potentes del film, capaz de transmitir la sensación de que el humor televisivo puede analizarse sin perder su capacidad para divertir. En ese sentido, ‘Aída y vuelta’ se aleja del homenaje y se adentra en el terreno del análisis cultural, al presentar cómo una comedia costumbrista puede servir para describir los cambios sociales de un país.

El contenido político se introduce de forma natural. El film incorpora alusiones a la inteligencia artificial, la saturación mediática y la exposición de los actores en redes sociales, elementos que actualizan el discurso y lo vinculan al presente. A través de esos temas, León muestra cómo el espectáculo televisivo se ha convertido en un reflejo de la sociedad digital, donde la fama se consume con rapidez y la memoria se reconstruye a base de retales. La sátira se manifiesta en pequeños detalles: una entrevista manipulada, una escena de rodaje interrumpida por un influencer o una productora que busca viralidad antes que contenido. Todo ello construye una mirada certera sobre la industria del entretenimiento y sobre la forma en que la televisión de antaño se enfrenta a un mercado que exige constante reinvención. En ese retrato, ‘Aída y vuelta’ se alinea con películas como ‘Broadway Danny Rose’ de Woody Allen o ‘Topsy-Turvy’ de Mike Leigh, donde los personajes viven dentro de un mundo artístico que los define y limita a la vez.

La película se percibe como una reflexión serena sobre el tiempo, la memoria y la madurez profesional. León dirige con precisión, sin estridencias, apoyándose en un tono equilibrado que permite que las ideas respiren sin caer en solemnidades. El humor, aunque más contenido que en la serie original, mantiene su mordacidad y conserva la capacidad de retratar las contradicciones de la vida cotidiana. El film transmite la sensación de que el pasado televisivo puede entenderse como una parte esencial del presente cultural, siempre que se mire con distancia y con sentido crítico. Esa conciencia convierte ‘Aída y vuelta’ en una obra que va más allá del homenaje, al proponer un examen del propio medio que la vio nacer. Cada secuencia, cada diálogo entre los intérpretes y cada alusión a la serie original refuerzan la idea de que volver al punto de partida puede servir para comprender mejor el camino recorrido.

Crítica elaborada por Mario Lozano

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