Cine y series

Ahora me ves 3

Ruben Fleischer

2025



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La tercera incursión de Ruben Fleischer en el universo de prestidigitadores y timadores construye un espectáculo donde el artificio se disfraza de estrategia. Ahora me ves 3 desarrolla una coreografía de trucos convertidos en narrativa, moviendo a sus personajes como piezas dentro de un tablero que aspira a combinar la ilusión con el crimen de guante blanco. Desde su primera secuencia, la película exhibe una conciencia absoluta de su artificio: el regreso de los conocidos Cuatro Jinetes, rodeados ahora por una generación que se propone redefinir el ilusionismo como gesto político. Fleischer adopta un tono controlado, alternando humor y tensión, mientras dibuja una historia que mezcla lo espectacular con lo fraudulento, sin interesarse por la verosimilitud sino por el ritmo del engaño. Su dirección mantiene una distancia que deja ver el mecanismo, como si el truco se revelara sin perder el encanto de su ejecución.

El relato comienza en un escenario de Brooklyn que parece salido de un laboratorio de hologramas. La reunión del viejo grupo funciona como detonante de una alianza entre veteranos y recién llegados. Jesse Eisenberg impone un liderazgo construido sobre el verbo y la mirada, como si su personaje se alimentara del control sobre el resto, mientras Woody Harrelson conserva la ironía que articula las tensiones del grupo. Isla Fisher y Dave Franco se integran a una dinámica donde el truco se convierte en lenguaje de poder, y a su alrededor surge un trío de jóvenes que actualiza la mitología del ilusionismo para un tiempo de pantallas y activismo digital. Dominic Sessa, Ariana Greenblatt y Justice Smith representan esa renovación generacional que combina deseo de justicia con ambición de reconocimiento, dando pie a un choque que Fleischer filma con ritmo sostenido, entre luces neón y reflejos multiplicados. La película se sirve de esa fricción como motor de su relato coral.

La antagonista, interpretada por Rosamund Pike, encarna una avidez sin límites, personificando un capitalismo que convierte el brillo del diamante en símbolo de dominio. Su personaje, heredera de un imperio minero y estratega de un negocio turbio, utiliza el lujo como disfraz del abuso económico, y la película la convierte en eje moral de la trama. Frente a ella, los ilusionistas operan con la ambigüedad del estafador que actúa por causas altruistas. En su enfrentamiento se cruzan dos visiones de la manipulación: la del poder financiero que disfraza la codicia de elegancia y la del mago que usa la falsedad como herramienta de justicia. Fleischer traduce ese conflicto en una sucesión de secuencias que alternan ritmo vertiginoso con teatralidad medida, haciendo que cada movimiento tenga la cadencia de una jugada de ajedrez entre luces estroboscópicas.

El viaje de los personajes hacia Europa amplía el escenario del relato. Antwerp y su atmósfera de comercio lujoso sirven de marco para el robo del diamante, una operación planificada con precisión milimétrica. La película adopta entonces el tono del relato de espionaje envuelto en espectáculo, con persecuciones aéreas, disfraces y dispositivos ópticos que alteran la percepción del espacio. Fleischer compone cada secuencia como un juego de reflejos, recordando a cineastas que transformaron el artificio en discurso, como Joseph Ruben o John McTiernan en su etapa más visualmente calculada. La trama, sin embargo, nunca se abandona al exceso gratuito: su sentido de la coreografía rítmica sustituye la profundidad psicológica por el movimiento y la coordinación. Esa elección define el estilo del filme, sostenido por la idea de que la magia es un mecanismo que revela, más que oculta, la estructura de su propio engaño.

Morgan Freeman, en su papel de mentor ambiguo, reaparece con un tono de sabiduría controlada, observando a los personajes como si fueran piezas dentro de un sistema que él mismo ayudó a crear. Su presencia recuerda que el ilusionismo de ‘Ahora me ves 3’ es también una reflexión sobre la manipulación de las narrativas, sobre cómo las historias dentro del espectáculo pueden servir tanto para entretener como para reconfigurar el poder. La película se despliega como un comentario sobre la era digital, en la que la imagen sustituye la evidencia, y los magos, convertidos en iconos mediáticos, funcionan como metáfora de la fabricación de verdades a través de la pantalla. En esa línea, Fleischer introduce un subtexto social evidente: la explotación de la tecnología como forma de dominio y su uso contrario como instrumento de exposición.

El conjunto mantiene un equilibrio entre lo cómico y lo calculado, dejando que el ritmo visual reemplace cualquier intento de introspección. Los personajes se definen por sus acciones, por su capacidad para adaptarse al cambio y su deseo de control sobre la percepción ajena. En cada escena, los movimientos de cámara, el montaje vertiginoso y la música de Brian Tyler construyen una atmósfera de artificio que no pretende esconderse, sino mostrar la teatralidad del engaño como espectáculo colectivo. Las ilusiones, más que asombrar, articulan una reflexión sobre el poder de la manipulación como entretenimiento. El resultado se acerca a la estética del videojuego, con sus reglas invisibles y su lógica de niveles superpuestos, donde cada trampa abre otra pantalla del mismo juego.

Eisenberg concentra el eje dramático de la película en su figura, transformando la arrogancia de Atlas en un síntoma de desgaste generacional. Su personaje encarna el exceso de control, el temor a perder relevancia en un mundo que celebra la inmediatez. Frente a él, los jóvenes ilusionistas representan la improvisación, la mirada rápida y la confianza en la tecnología como aliada. El enfrentamiento entre ambos mundos da lugar a un comentario sobre el relevo de poderes, la resistencia del pasado y la fuerza de las nuevas formas de espectáculo. La trama entrelaza ese conflicto con un humor que roza la autoparodia, recordando que la saga siempre ha jugado con su propia condición de farsa. Fleischer, consciente de ello, convierte la exageración en su recurso más honesto, desplegando una puesta en escena que se mueve entre el sarcasmo y la mecánica del truco.

El tramo final, ambientado en un museo de ilusiones, condensa la idea central del filme: la magia como reflejo del artificio cinematográfico. Las salas giratorias, los espejos deformantes y las habitaciones invertidas se convierten en metáfora del propio relato, que juega a confundir la realidad con su representación. Cada secuencia funciona como una demostración del dominio técnico del director, que organiza el caos con una claridad rítmica propia del espectáculo contemporáneo. Las escenas de acción se subordinan al sentido del truco visual, eliminando la frontera entre el robo, la broma y la performance. En esa fusión se encuentra el interés de ‘Ahora me ves 3’: su voluntad de convertir el artificio en un comentario sobre la credulidad del espectador.

La película cierra su ciclo manteniendo el equilibrio entre el legado de los antiguos Jinetes y el impulso de los nuevos. El resultado es un retrato del espectáculo como herramienta de poder, donde cada truco sirve para exponer una estructura social basada en la manipulación y el deseo de control. Fleischer consigue articular un relato que reflexiona sobre la ilusión como forma de orden, mostrando que la magia, más que un engaño, es una disciplina que revela cómo percibimos el mundo cuando aceptamos la manipulación como parte del juego. En ‘Ahora me ves 3’, la ilusión se convierte en lenguaje político, la comedia en disfraz de la crítica y el artificio en espejo del propio cine.

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