Cine y series

28 años después: El templo de los huesos

Nia DaCosta

2026



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Un grupo de jóvenes cubiertos con pelucas rubias y chándales brillantes rodea a un adolescente en un parque acuático vacío. Le obligan a pelear por su vida mientras gritan el nombre de su líder, un supuesto heredero del mal. Ese inicio de ‘28 años después: El templo de los huesos’, dirigida por Nia DaCosta, marca el tono de un relato que mezcla brutalidad, fe distorsionada y búsqueda de sentido en un mundo sin estructura. La directora hereda una saga iniciada por Danny Boyle y la transforma en un retrato más terrenal y directo sobre lo que queda de la civilización cuando el miedo se convierte en religión. DaCosta maneja la historia desde un punto de vista menos frenético y más concentrado en el comportamiento, con una puesta en escena seca y una tensión que crece sin necesidad de adornos. En este escenario, la película construye una mirada clara sobre la supervivencia como forma de pensamiento y sobre la delgada línea que separa la compasión del fanatismo.

La trama se articula en torno a tres personajes principales que representan distintas formas de entender el desastre. El doctor Ian Kelson, interpretado por Ralph Fiennes, vive recluido en un templo levantado con huesos humanos y dedica su tiempo a estudiar a un infectado al que llama Samson. Frente a él surge Sir Lord Jimmy Crystal, encarnado por Jack O’Connell, un líder que organiza su propio culto a partir de los restos de una sociedad hundida y que utiliza el lenguaje de la religión como herramienta de control. Entre ambos aparece Spike, el joven interpretado por Alfie Williams, que intenta mantenerse con vida mientras atraviesa un territorio dominado por la barbarie y la manipulación. La directora evita convertir a estos personajes en arquetipos y los trata como figuras enfrentadas por la necesidad de mantener una creencia, ya sea científica o espiritual. Kelson encarna la persistencia de la razón y del método en un entorno donde todo parece perdido, mientras que Crystal representa el nacimiento de un nuevo poder basado en el miedo y en la obediencia.

Nia DaCosta desplaza el eje del terror hacia la conducta. El horror no procede del virus, sino de las estructuras sociales que surgen tras el colapso. La película utiliza los espacios abiertos de la campiña inglesa para subrayar una sensación de desamparo constante. El paisaje rural, filmado por Sean Bobbitt con tonos ocres y grises, se convierte en un reflejo del deterioro colectivo. Los poblados abandonados y los templos improvisados de huesos y cemento adquieren una presencia tan relevante como los propios personajes. Cada encuadre parece describir una lucha por conservar una identidad que ya se ha vaciado. Garland, responsable del guion, construye diálogos precisos que enfrentan a la ciencia y la superstición sin moralizar. Los enfrentamientos entre Kelson y los Jimmys funcionan como alegoría de una sociedad que sustituye el conocimiento por el culto y la autoridad por el espectáculo.

El personaje de Jimmy Crystal condensa la parte más inquietante del relato. Jack O’Connell interpreta a un hombre que ha convertido el trauma en religión, y su grupo de seguidores lo idolatra con fervor infantil. Su estética de club juvenil y su violencia ritual reflejan una época en la que el entretenimiento se confunde con la devoción. Cada acto de crueldad dentro del grupo se justifica como una muestra de fe, lo que da a las escenas de tortura y sacrificio un aire de teatro grotesco. DaCosta filma esos momentos sin sensacionalismo y logra que el espectador perciba la lógica interna del fanatismo, esa mezcla de fascinación y obediencia que mantiene unida a la secta. En contraste, Kelson conserva una serenidad que no procede de la esperanza, sino del hábito. Sus experimentos con Samson introducen una línea de reflexión sobre la comunicación y sobre la posibilidad de entender aquello que ya se considera perdido. La relación entre ambos sugiere una convivencia forzada entre lo racional y lo instintivo.

La dirección mantiene un equilibrio entre crudeza y observación. Nia DaCosta utiliza el ritmo para mostrar cómo los personajes se consumen en su intento de crear sentido. La cámara permanece cerca de los rostros y se detiene en los silencios, logrando que cada acción parezca una consecuencia lógica de la desesperación. La iluminación anaranjada, casi enfermiza, refuerza la sensación de contaminación moral. La música de Hildur Gudnadóttir mezcla cánticos solemnes con sonidos industriales y convierte varias escenas en una especie de misa profana. Esa combinación entre lo religioso y lo mundano define el estilo de la película, que busca mostrar la fe como una forma de supervivencia más que como una virtud.

A medida que los caminos de Kelson y los Jimmys se cruzan, la película adquiere un tono más político. La confrontación entre la racionalidad y la superstición funciona como retrato de una sociedad que ya no distingue entre conocimiento y propaganda. En esa lucha, Spike representa la generación que hereda un mundo arrasado y trata de encontrar una norma moral entre la violencia. El joven sirve como punto de observación del derrumbe: presencia lo que hacen los adultos y entiende que el poder solo se mantiene cuando consigue generar miedo. DaCosta retrata esa evolución sin sentimentalismo y convierte al chico en testigo de una especie de experimento social donde la ética se mide por la utilidad.

El tramo final se desarrolla en el templo que da título a la película, un lugar donde los límites entre la ciencia y la religión se disuelven. Kelson aparece rodeado de huesos mientras los fanáticos lo veneran creyendo que es una encarnación del mal. Ralph Fiennes interpreta ese momento con una mezcla de resignación y lucidez, como si entendiera que su conocimiento ha terminado convertido en dogma. El enfrentamiento con Crystal se plantea como una batalla entre dos formas de fe, ambas igualmente destructivas. DaCosta evita el exceso y filma la escena con precisión, dejando que la tensión surja de las miradas y de la disposición de los personajes en el espacio. El cierre introduce un nuevo elemento que enlaza con las películas anteriores, aunque la directora consigue que la historia se sostenga por sí misma y mantenga un tono coherente de principio a fin.

‘28 años después: El templo de los huesos’ ofrece un retrato directo del colapso social y moral. Nia DaCosta se aleja del ritmo frenético de Danny Boyle y opta por una narrativa más controlada, interesada en observar la transformación del pensamiento en un entorno sin leyes. La película plantea que la fe y la razón acaban funcionando como herramientas de supervivencia más que como principios éticos. El resultado es un filme que combina brutalidad y análisis, que trata la violencia como consecuencia de la necesidad y no como simple espectáculo. DaCosta logra un equilibrio entre reflexión y acción, entre el detalle y la tensión, creando un capítulo de la saga que examina el desastre desde dentro y muestra cómo la idea de salvación se convierte en un último intento de seguir viviendo.

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