Jack Whitescarver · Justin Fossella · Max Beirne Shafer · Allie Wrubel
Fotografías: Jake Abrams y Kayhl Cooper
Jack Whitescarver inició su andadura sonora en solitario durante 2018, construyendo un universo que transitaba entre el pop de texturas sintéticas y la penumbra electrónica antes de derivar hacia un trip-hop de corte más industrial en su anterior entrega. Aquella evolución personal desembocó en la consolidación de un colectivo de cuatro integrantes durante el año 2024, momento en que Justin Fossella, Max Beirne Shafer y Allie Wrubel se incorporaron para transformar aquel proyecto íntimo en una maquinaria orgánica de precisión grupal. En 'Amiture Music', su reciente trabajo casi homónimo, documentado en el estudio Chateau Grand Studios entre diciembre de 2024 y abril de 2025 con Dan Howard como responsable de grabación y mezcla, se presenta el acta fundacional de dicha simbiosis y se materializa el desplazamiento desde una visión individual hacia un pensamiento coral donde cada línea instrumental discurre con autonomía hasta converger en una maraña sonora de considerable densidad.
La transformación en cuarteto resulta palpable a lo largo de los diez cortes que componen este trabajo. La sección rítmica, cimentada en la veteranía compartida por Fossella y Beirne Shafer desde su etapa en LaGuardia High School, sostiene una arquitectura compleja donde el pulso puede mutar de un redoble contenido a una explosión percusiva de gran turbulencia. Temas como 'Droplet' o 'Edging' ejemplifican esta dualidad, pues parten de secuencias guitarrísticas angulosas y líneas de bajo granuladas para después adentrarse en un torbellino de distorsión que rememora la tensión angular de agrupaciones coetáneas como Polvo o la fisicidad casi obscena de Scratch Acid. La manera de articular las frases por parte de Whitescarver fluctúa entre un lamento aterciopelado y un graznido tenso que evita cualquier impostura teatral y se orienta a encontrar la hendidura justa en el músculo de cada composición. En 'Memory Sequence' dicha voz adquiere un empaque casi barroco, elevándose sobre un colchón de percusión errática mientras el resto de instrumentos serpentean a su alrededor con una lógica propia que acaba por anudarse en un final de colectiva sincronía.
Resulta significativa la capacidad del grupo para manipular el canon de la canción rock sin caer en el pastiche ni en la veneración acrítica del legado noventero. Existe una voluntad compartida de emplear la disonancia como herramienta de cohesión, una suerte de pegamento que une los pasajes más amables con los estallidos de abrasión controlada. La pieza 'Mountain', divulgada previamente como adelanto, condensa a la perfección esta filosofía: arranca con una cadencia que podría evocar a las baladas amplificadas de la radio estadounidense de principios de milenio, con ese verso suplicante que repite "Oh my love what would I do with the least amount", y concluye en un caos perfectamente orquestado de frecuencias chirriantes que desarma la linealidad previa. Este recurso de construir para después fracturar se repite con variantes en 'Water' o 'New Blondie', donde el cuarteto demuestra que la accesibilidad melódica y el ruidismo más físico forman parte de una misma moneda, siempre que detrás exista un conocimiento técnico firme y una confianza ciega en el diálogo entre las cuatro partes implicadas. La producción, nítida en su tratamiento de los picos de saturación, permite que cada capa se distinga incluso en los momentos de mayor saturación sonora, una cualidad que remite a la claridad matemática de las propuestas del minimalismo de Steve Reich pero aplicada a una instrumentación eléctrica de alto voltaje.
Amiture entregan un documento que registra el instante preciso en que una suma de talentos particulares halla su lenguaje común mediante la fricción y el pulso compartido. Las letras, esquivas y de corte elíptico, evitan el panfleto sentimental y se dedican a escarbar en las rugosidades del deseo y la espera, sirviendo como un vector más dentro de una maquinaria donde el bajo, las guitarras, la batería y las tecladas de Wrubel conforman un único organismo palpitante. Escarbar en la herencia de DNA o Rhys Chatham les proporciona un armazón estructural sólido, y es la química entre los músicos la que insufla vida a estos surcos, logrando que el conjunto respire con la misma intensidad tanto en sus compases de recogimiento como en sus arrebatos de abrasividad rítmica. La amalgama de pulcritud ejecutora y crudeza textural sitúa esta grabación en un territorio donde el sonido, pese a su densidad calculada, jamás se percibe como un ejercicio meramente académico.
