Fotografías: Mafalda Jacinto
La voz de Catarina Branco desapareció en algún punto entre 2023 y 2024, y ese vacío se prolongó lo suficiente como para que ella dejara de esperar su regreso. 'Acordava cansada' nace de esa mudez forzada, a partir de una grieta real en su funcionamiento cotidiano, lejos de cualquier decisión estética. La cantautora se encerró durante agosto de 2024 en una casa del interior, sola, sin fecha de salida, y lo que salió de allí fue un puñado de canciones que suenan como quien habla en voz baja después de haber gritado hasta quedarse afónica. Es su segundo largo, sucesor de 'Vida Plena' (2022), pero no hay continuidad sino ruptura: donde antes había sol y ventanas abiertas, aquí hay persianas bajadas y el ruido de un grifo que gotea. Ella misma registró cada pista, tocó la mayoría de los instrumentos y mezcló el resultado, movida por la certeza de que nadie más iba a entender qué sonido tenía esa habitación cerrada. El resultado suena a maqueta, a algo que aún se está preguntando si merece existir, y esa inseguridad es precisamente su mayor acierto.
Escuchar 'A Lista' es asistir a una mente que intenta ordenarse mediante el absurdo: "Eu não preciso da lista / Eu vou fazer outra lista / Com listas que não interessam / Para me sair da cabeça". No hay victoria en ese gesto, solo la constatación de que el desorden puede ser más habitable que la falsa organización. 'Acordava cansada' dibuja a alguien que se despierta ya derrotado, que se ha acostumbrado a ser la mala de su propia película: "Era a vilã que não muda / Eu nem merecia ajuda". Esa frase escuece porque no hay distancia irónica, la cantante se cree realmente eso. 'Eu tou bem' construye un relato de duelo por una amistad rota o una muerte, nunca se aclara, y la repetición de "ficaste bem?" se vuelve un tic nervioso que nadie va a responder. 'Onde eu me escondo' insiste ocho veces en la misma súplica de que alguien la encuentre, y esa insistencia mecánica produce más desolación que cualquier metáfora elaborada. La cantautora no escribe para gustar, escribe para sacarse algo de encima, y se nota en la urgencia con que las palabras se atropellan a veces o se quedan colgadas sin resolución.
El sonido sigue esa misma lógica de precariedad sin disimulo. La batería de Sara Gonçalves aparece apenas como un esqueleto rítmico, las flautas de Catarina Valadas asoman y se retiran rápido, el contrabajo de Bá Álvares se escucha en una sola canción. Predominan las guitarras acústicas y pianos que a veces rozan lo desafinado, junto con sintetizadores baratos que la artista no intenta ocultar. 'Beijo no escuro' introduce un ritmo casi danzable, pero la letra habla de volverse loca por un encuentro que ya terminó: "Já foi, não volta" repite cuatro veces, como si necesitara convencerse a golpes. 'Olhos nos olhos' es el momento más crudo, una confesión a medias sobre alguien que se fue y a quien todavía se dirige en presente: "Tu foste, / já foste". Esa contradicción gramatical, ese no poder asumir el pasado, delata más que cualquier declaración extensa. 'O mundo não vai morrer comigo' cierra con una certeza que podría sonar a derrota pero que ella convierte en liberación: si nada de lo que haga importa a escala global, entonces puede permitirse el lujo de fracasar sin que nadie lo registre. Catarina Branco evita buscar consuelo en estas ocho canciones y se centra en nombrar lo que la tiene atrapada. A veces nombrarlo ya es suficiente para que la cuerda se afloje un poco.
