La compositora danesa de ascendencia iraní Melodi Ghazal emergió en la escena de Copenhague tras un largo período de silencio creativo motivado por su incomodidad al crecer en un entorno mayoritariamente blanco, y su regreso a la música cristaliza ahora en una ópera prima que condensa casi una década de búsqueda personal. El tiempo transcurrido entre sus primeras lecciones de piano infantiles y la publicación de 'Idol Melodies' ha permitido a Ghazal procesar esa mezcla de protección familiar y extrañeza cultural que marcó su juventud, y el resultado son diez canciones donde la electrónica ochentera convive con ecos del folclor persa que escuchaba en reuniones familiares. La artista gestó el material durante sus estudios en el conservatorio rítmico de la capital danesa, partiendo de ideas iniciales con el daf que luego se expandieron hacia texturas más sintéticas gracias a colaboraciones en Londres con el sello Anyines. El título hace referencia a un concepto espiritual vinculado con la disolución del yo, una idea recurrente que conecta la meditación sufí con ciertas aspiraciones de la cultura pop contemporánea, y que Ghazal explora desde una perspectiva íntima y generacional.
El trasfondo autobiográfico de 'Idol Melodies' resulta inseparable de la experiencia migrante y de la segunda generación que crece negociando entre dos mundos, pero Ghazal esquiva cualquier tentación folclorista para centrarse en las contradicciones psicológicas derivadas de esa posición intermedia. La relación con sus progenitores, recién llegados a Dinamarca cuando ella nació, impregna composiciones donde la gratitud hacia el sacrificio parental convive con el deseo de autonomía y la incomprensión mutua, un conflicto que la música resuelve simbólicamente mediante esa fusión de elementos culturales dispares. 'Fariba Forever' funciona como homenaje a una figura femenina cuya identidad concreta se diluye en arquetipo, y la pieza despliega una progresión armónica que recuerda ciertas baladas de Kate Bush en su capacidad para contener intensidad sin estridencias. La escritura de Ghazal tiende a lo fragmentario en el sentido de que las imágenes se suceden sin necesidad de narrativas lineales, creando espacios donde la emoción precede al significado literal y donde cada oyente puede proyectar sus propias vivencias. El álbum cierra con 'Sometimes', un tema que reduce la instrumentación al mínimo para dejar espacio a una voz que flota sobre acordes suspendidos, y esa decisión de terminar en calma tras la agitación previa refuerza la impresión de haber recorrido un ciclo completo de transformación interior. Aprovechando lo reciente de este lanzamiento, hemos tenido el placer de entrevistar a Melodi.
Creciste entre la música iraní que sonaba en las reuniones familiares y el pop occidental de los años 80 y 90 que descubriste casi por casualidad. Mirándolo ahora con perspectiva, ¿sientes que esa mezcla particular de referencias ya era la semilla de lo que hoy es tu sonido?
Sí, esos elementos de mi educación musical son sin duda las semillas que todavía influyen en mi sonido. Para mí hacer música es un proceso muy intuitivo. Tomo decisiones guiándome por la sensación de que algo es “un reflejo verdadero”, intentando ser lo menos consciente posible. Así que esa mezcla de referencias está definitivamente ahí. Imagino que influyen en lo que mi subconsciente percibe como un “reflejo auténtico” o como algo que “se siente justo”.
Has hablado en otras ocasiones de haber crecido en un entorno bastante homogéneo a pesar de tener raíces iraníes. Con el tiempo y la perspectiva, ¿crees que esa sensación de estar entre dos mundos despertó en ti una necesidad especial de buscar y encontrar tu propio lugar a tu manera?
Sí, también creo que esa necesidad de buscar y encontrar tu propio lugar es algo universal. Pero quizá a veces parte de una base más o menos segura, o hay factores que no están sujetos a negociación cuando se forma la identidad, como sí ha sido mi caso. Para mí ha habido bastante confusión identitaria, marcada o impulsada por esa distinción cultural entre mi hogar y el mundo exterior.
Hubo un momento en el que decidiste parar casi por completo y alejarte de la música durante años. ¿Qué tuvo que ocurrir dentro de ti para volver a sentarte con un instrumento y decir: “Vale, ahora es el momento”?
En realidad surgió por necesidad y por haber tocado fondo. Llegué a un punto muy bajo, así que no me quedó otra opción que enfrentarme a mis necesidades y a mis miedos. Haberme alejado de la música cuando era adolescente se debió a varios motivos que acabaron llevándome a un estado depresivo y a una energía que no encontraba salida en mi cuerpo. Creo que el cambio vino de haber intentado evitarlo, darme cuenta de que no podía evitarlo y pensar que, en realidad, no tenía nada que perder: solo podía ir a mejor.
"Para mí ha habido bastante confusión identitaria, marcada o impulsada por esa distinción cultural entre mi hogar y el mundo exterior."
Después de estudiar en el Rhythmic Music Conservatory, ¿cambió tu manera de entender la creación o simplemente te dio herramientas para reforzar lo que ya sabías de forma intuitiva?
La enseñanza en la escuela está muy centrada en el intercambio entre compañeros: hay muchas sesiones de escucha, de feedback y también muchos ejercicios con espacio para experimentar. Creo que durante mi grado desarrollé muchísimo mi capacidad de escucha y obtuve mucho material con el que trabajar. Pero mi relación esencial con la creación no cambió: sigue siendo misteriosa y emocional. Y, sobre todo, creo que en el RMC encontré a grandes compañeros.
Produces tu propia música, lo que significa que tienes control total sobre el proceso. ¿Qué te aporta estar al mando de la producción? ¿Tiene que ver con preservar tu visión exactamente como la imaginas?
Sí, he aprendido que es importante para mí tener el control total del resultado final. Supongo que porque cada canción es el reflejo de algo intuitivo dentro de mí, y la producción forma parte de eso. Trabajé con Villads Klint (Minais B) en la mayor parte de esta música, e invité a mi antiguo compañero del RMC David Engelbrecht a coproducir cuatro o cinco canciones más adelante. Hubo un momento, hace alrededor de un año y medio, en el que los tres escuchamos las mezclas finales. Pero muy poco después sentí la necesidad de desmontarlo todo y pasé meses re-produciendo, re-arreglando y re-grabando. Al final lo mezclé yo misma. Es maravilloso trabajar con otras personas y hay huellas de los coproductores por todo el álbum, pero el resultado final tiene que estar en mis manos.
En tus referencias conviven elementos muy distintos: misticismo, pop icónico, poesía persa… Da la sensación de que no son solo influencias separadas, sino que hay una búsqueda simbólica detrás. ¿Qué hilo invisible conecta todo eso para ti?
Sí, todos esos elementos coexisten dentro del mismo patrón. Quizá esas referencias hablan de una misma idea de anhelo que atraviesa el tiempo y la historia, los espacios y también la dicotomía entre oriente y occidente. El anhelo humano universal es algo que me ha ocupado mucho porque ese anhelo también ha estado presente en mí. Creo que ser una persona multicultural hace que me resulte más fácil no categorizar demasiado ni encajar en las categorías predefinidas con las que solemos movernos (porque yo misma, por ejemplo en cuanto a nacionalidad, no encajo en una sola). En lugar de eso creo mis propias clasificaciones y encuentro conexiones entre campos distintos constantemente. Asociar cosas entre sí es algo muy propio de mi manera de pensar.
En tu universo artístico conviven la tradición y el pop mainstream. ¿Crees que el pop puede convertirse en un lenguaje común que conecte culturas y emociones?
No estoy del todo segura, pero sí creo que una buena melodía pertenece a todo el mundo.
Empezaste a desarrollar el álbum a partir del daf y de ideas muy intuitivas. ¿Qué te aporta la percusión de raíz tradicional que no encuentras en un sintetizador o en el piano?
Me encanta el sonido del daf, me encantan las tradiciones y los rituales que rodean su interpretación. Mi abuela tenía un pequeño daf. También me gusta cómo muchos de los ritmos que se tocan con el daf tienen un propósito trascendental. Me hace sentir conectada con mis raíces y con el entorno que podría haber tenido: escuchar y tocar el daf, el tombak y el sonido de la percusión de Oriente Medio.
"Ser una persona multicultural hace que me resulte más fácil no categorizar demasiado ni encajar en las categorías predefinidas con las que solemos movernos"
En tu música hay una mezcla muy natural de inglés y persa. ¿Cómo decides en qué idioma nace cada emoción? ¿Es una elección consciente o simplemente sucede?
A veces es intencional y a veces surge de forma natural. Cuando ocurre de manera natural es porque estoy tarareando la letra mientras nace la canción y las palabras suenan más en farsi que en inglés. Entonces simplemente sigo ese camino, porque debe de ser lo que la canción quería. Cuando es una decisión consciente suele ser porque tiene más sentido que esa letra esté en mi lengua materna o porque me siento más protegida en farsi y más expuesta en inglés. Suelo ser más directa y literal en farsi, aunque el idioma tiene una naturaleza muy poética y metafórica.
En ‘Idol Melodies’ aparece muchas veces la idea de disolver el yo, de perderse para encontrarse. ¿Esa búsqueda nace del cansancio de tener que definirse constantemente o forma parte de una curiosidad espiritual más amplia?
Para mí está más en un plano espiritual o subconsciente, aunque también se conecta con un anhelo de mi infancia de desaparecer o disolverme de una forma más evasiva. Se refiere a la disolución del yo cuando tus contornos se derriten y sientes una conexión con todo. A veces me ocurre cuando estoy haciendo música, y eso también se ha convertido en mi forma de supervivencia. Por eso ambas cosas se conectan: abandonar el yo como una necesidad para encontrarte a ti misma.
Hay una corriente de melancolía a lo largo de todo el álbum, pero nunca suena derrotada. ¿Cómo equilibras esa oscuridad con esa luz casi mágica que atraviesa las canciones?
Me encanta que lo percibas así. Creo que la oscuridad y la luz siempre coexisten: una no existe sin la otra. Así que al reflejar la melancolía también aparece al mismo tiempo un reflejo de esperanza. Además, escribí el álbum durante grandes cambios y transformaciones en mi vida personal, lo que lo convierte en un reflejo de melancolía, mientras que la propia transformación también contiene el potencial de la luz.
‘In My Room’ retrata ese espacio íntimo de la adolescencia, pero también deja entrever lo que ocurría al otro lado de la puerta. ¿Cómo fue volver a esa etapa de tu vida desde una perspectiva más madura, quizá entendiendo mejor lo que estaban viviendo tus padres?
Siempre es un poco doloroso pensar en las dificultades que han atravesado mis padres, y creo que estoy en un proceso vital constante de aceptar cómo ha sido su vida. Con ‘In My Room’ creo que conseguí introducir algo de sanación en mi forma de ver la situación al reflexionar sobre ella con perspectiva. Hace poco me di cuenta de que llevaba un tiempo sin sentir resentimiento hacia mis padres por las consecuencias que sus decisiones tuvieron en mí: estar demasiado protegida, sentirme perdida y con confusión de identidad (ese resentimiento me acompañó durante mucho más tiempo que solo mi adolescencia). Así que quizá realmente haya sanado algo, jaja.
"La oscuridad y la luz siempre coexisten: una no existe sin la otra. Así que al reflejar la melancolía también aparece al mismo tiempo un reflejo de esperanza."
Sobre ‘Higher’: has dicho que era una canción que necesitabas escribir, casi como un acto de autocuidado. Ahora que la compartes con el público, ¿sigue siendo reconfortante de la misma manera o ha cambiado su significado?
La canción sigue siendo reconfortante para mí. Es la composición, la melodía y el arreglo con cuerdas y percusión. Fue una de esas canciones que surgieron de forma muy clara y que tuvieron sentido enseguida. Mientras la hacía sentí que liberaba algo dentro de mí. Lo único es que ahora casi desearía que no fuera mi propia voz la que la canta, porque eso crea una experiencia de escucha distinta para mí (risas).
En todas nuestras entrevistas nos gusta pedir a los artistas que dejen una pregunta para la siguiente banda con la que hablemos. ¿Cuál sería la tuya?
¿En qué entorno o ambiente crees que es ideal escuchar vuestro disco?
También tengo una para ti de parte de Mirah. Dice así: describe una experiencia formativa de tu infancia relacionada con la música, la interpretación o ambas.
Cuando estaba en la guardería, un día estaba en un columpio con una niña llamada Rebecca. Tenía ‘Frozen’ de Madonna metida en la cabeza y estaba completamente enamorada de esa canción, me conectaba con muchísimas emociones. Así que estaba tarareando la parte de “mmm” del estribillo (todavía no sabía hablar inglés). “Mmmmmmm”, cantaba yo, y Rebecca comentó: “Esta canción apesta, no puedes tener una canción que solo diga ‘mmm’”. Aquello rompió el puente entre mi mundo interior y el exterior para mí con cuatro o cinco años. Me quedé devastada y en shock al descubrir que aquello no era lo más bonito del mundo para todo el mundo. Porque, como comprendí después, “mmm” lo puede cantar cualquiera, aunque no hablemos el mismo idioma.
