El NOS Primavera Sound regresaba tras dos ediciones de parón obligatorio con uno de los mejores carteles de su historia, los abonos agotados y la promesa de volver a vivir un festival de grandes dimensiones como siempre lo habíamos hecho. Con el Parque da Cidade como un entorno idílico, donde el césped es real, las vistas al océano también y sus dimensiones dan de sobra para acoger el incremento de espectadores respecto a años anteriores, en todo momento pudimos sacar el máximo provecho a las infraestructuras que albergaba, siendo todo un ejemplo de saber como dimensionar de forma correcta la oferta de servicios para un volumen de asistentes destacado. Por ello, la sensación de vivir un evento de tales dimensiones sin agobios, esperas y con una calidad de sonido asegurada prácticamente en todo momento, hizo que estuviésemos seguramente ante el festival mejor organizado al que hemos asistido en años. Algo así como un espejismo que contrasta con otro tipo de eventos similares y que dime mucho de cómo el forzoso período de reflexión obligado por la pandemia en este caso sí que ha servido para afinar al máximo cada detalle de esta edición. Después del pertinente repaso a todo lo que rodeaba al entorno en el que nos encontrábamos, llega el momento de centrar todos los focos en lo vivido encima de los escenarios.

Seguramente la jornada del jueves era que la que se presentaba a priori más cargada en cuanto a programación interesante, con algún que otro solape doloroso y con una programación diversificada al máximo que no daba muchas concesiones a encontrar la correcta hora de la cena. De ahí que estar en el recinto a primera hora era esencial para aprovechar al máximo el día inaugural y no perdernos el arranque del concierto de Penelope Isles. La formación británica llegaba a Oporto consolidando las base de su sonido dream pop gracias a su segundo LP Which Way To Happy en el que han encontrado una nueva vía para dar rienda suelta a un formato de guitarras menos etéreo que en su debut. Arrancando el concierto en formato trío con una potente interpretación de ‘Gnarbone’ donde nos demostraron las virtudes de la pedalera de sus guitarras, supieron rápidamente atraer la atención del cada vez más numeroso público, pasando posteriormente al formato quinteto en al que se han reconvertido recientemente. A partir de aquí iniciaron un glorioso camino a través de unas piezas repletas de arreglos de teclados precisos y ese punto psicodélico tan delirante que contienen canciones como ‘Sailing Still’ para lograr cumplir al máximo nuestras expectativas.

De forma paralela, DIIV ofrecían en el escenario Cupra uno de los conciertos más memorables del festival, encontrando en la plena luz del día un nuevo aliado para presentar los temas de su tercer trabajo Deceiver. Comprobando como están seguramente atravesando el mejor momento de su carrera en cuanto a la solidez de sus directos, nos ofrecieron uno de esos recitales donde destacaron tanto en aquellos momentos donde miraban a los imborrables leimotivs melódicos de su pasado, como en aquellos otros donde había que invocar el mayor carácter metalizado de sus guitarras presente en su etapa actual. Poco tuvo que ver este directo con el que nos ofrecieron unas cuantas ediciones atrás en el Vodafone Paredes de Coura, ya que en esta ocasión la voz de Zachary Cole sí que sonaba decidida, del mismo modo que la actitud de la banda resultaba innegable a la hora de hacernos ver como sus temas tienen momentos muy oscuros pero también carácter para salir de ellos. De esta forma repasaron sus orígenes con una ‘Earthboy’ que sigue sonando tan enigmática como antaño, una ‘Sometime’ que en la actualidad se aproxima más la contundencia del último disco o una ‘Loose Ends’ que sonó extrañamente optimista. Por supuesto, la recta final gozó de implacables muros de sonidos con unas ‘Horsehead’ y ‘Blankenship’ que confirmaron como DIIV a estas alturas también saben acompañar su versión de estudio con directos de que calan en la memoria.

Tras la cancelación de Japanese Breakfast de toda su gira europea, sin ofrecer ninguna explicación más que la de programar conciertos en Estados Unidos en las mismas fechas, la organización supo solventar la papeleta de encontrar a otra artista de letras grandes en el cartel confirmando a Stella Donnelly, haciendo que al final de su directo nadie se acordase de que no estaba presente en el cartel original. Como ya nos había demostrado en anteriores ocasiones, el carisma de la australiana resulta arrollador, demostrándonos como siempre es capaz de transmitirnos su eterna sonrisa y hacer al público máximo partícipe de todas las historias que esconden sus temas. El hecho de tener un segundo LP en camino, también fue el gancho perfecto para que su concierto tuviese grandes novedades y nos sirviese de perfecta introducción a todo lo que nos espera en el que a bien seguro será un disco de consagración total. Por ello, su actuación alternó entre momentos en los que desquitarse con una interpretación vocal magnífica como la de ‘Mosquito’ y otros en los que dar entrada a lo que a bien seguro serán singles rotundos como una ‘How Was Your Day?’ en la que invitó de forma detallada al público como tenían que hacer los coros. Además, con la efusiva versión del ‘Love Is in the Air’ que nos ofreció, redondeó un directo que gozó de un embriagador amiente festivo.

Con la alegría aún latente del concierto de Stella Donnelly, nos acercamos al escenario Super Bock para comprobar como sería el regreso de Sky Ferreira a los escenarios más o menos después de tres años. Si ya de antemano íbamos mentalizados a que quizás la actuación no se iba a producir en las mejores condiciones, debido a los antecedentes presentados en anteriores apariciones en directo, nuestra idea se vio reforzada con el retraso de casi media hora con el que hizo acto de aparición. Debido a ello, tan solo le dio tiempo a ofrecernos un setlist de tan solo seis canciones, que eso sí, sonaron tan arrolladoras como lo presente en ese disco debut con el que nos conquistó para siempre. Afortunadamente pudimos vivir en su máximo esplendor las iniciales ‘Boys’ y ’24 Hours’, todo ello ante una Sky sobrepasada por la situación donde solo era capaz de soltar una risa nerviosa entre canción y canción. Acto seguido presentó su reciente ‘Don’t Forget’ para hacernos ver como al menos su capacidad de escribir singles inapelables sigue intacta. Por aquellas alturas en el ecuador del concierto, rescató ‘You’re Not the One’ y ‘Nobody Aked Me (If I Was Okay)’, suponiendo esta segunda una perfecta metáfora de todo lo que estaba viviendo en ese preciso momento. El cierre forzoso llegó con la inédita ‘Innocent Kind’ que sonó de lo más convincente y entregada a ese formato de pop que enseña los dientes a las mínimas de cambio. Al menos algo positivo entre tanto desconcierto y esa sensación de ver como estamos ante una cantante que parece ya no querer serlo.

Inmediatamente se terminó el fugaz concierto de Sky Ferreira, en el escenario NOS se escuchó una atronadora ovación para recibir a Nick Cave y sus Bad Seeds en el escenario. Pisando fuerte y dejando claro como lo que nos iban a ofrecer iba a ser un espectáculo de rock descarnado, no dudó en elevar al máximo las revoluciones arrancando con ‘Get Ready For Love’, encontrando en sus coristas góspel el perfecto escudo para exprimir al máximo toda la grandilocuencia de su directo. Evidenciando en todo momento como sus directos son capaces de surcar múltiples etapas y abrirse paso a través de las estampas vitales más dolorosas, nos ofreció un repaso de lo más generoso a bastantes puntos destacados de su carrera, no dejándose en el tintero en los compases iniciales composiciones tan atronadoras como ‘From Her To Eternity’ o una ‘Jubilee Street’ que despachó dejándose las cuerdas vocales. Por supuesto, tampoco iban a faltar las necesarias dosis de intimismo, más aún en los últimos duros tiempos que han azotado la vida personal del artista, por lo que composiciones como ‘Need You’ emergieron con el máximo significado posible. Precisamente ese tramo intermedio del directo fue el que gozó de la máxima solemnidad de la velada, destacando también una ‘Waiting For You’ donde se escuchó más de un suspiro profundo entre el público. Sin embargo, saliendo del profundo atolladero emocional en el que nos sumergió, la traca final no pudo resultar de lo más acertada, despidiéndose provisionalmente con ‘White Elephant’ para regresar calmando los ánimos con ‘Into My Arms’ y desatar todos los demociones posibles gracias a ‘Vortex’ y ‘Ghosteen Speaks’.

Después del derroche interpretativo de Nick Cave, nos adentrábamos en el fervor de la noche entregándonos a un Mura Masa que ofreció un directo de lo más equilibrado. Con dos vocalistas capaces de sustituir de forma más que destacada cualquier apartado vocal de sus colaboraciones de estudio y tirando de recursos en directo que proporcionaban un gran dinamismo a su propuesta, el artista nos hizo ver como su propuesta puede resultar de lo más revitalizante. Por ello desde los primeros compases aparcamos nuestra imagen del Mura Masa productor para centrarnos en las bondades de un espectáculo total y con una capacidad sorpresiva arrolladora. El hecho también de contar con unos audiovisuales que representaban todo el bullicio de las grandes ciudades, también contribuyó a introducirnos de lleno en su mundo de ritmos imprevisibles y momentos donde alcanzar el clímax idóneo de la forma más inesperada. Así es como llegaron a nosotros canciones del estilo a ‘Nuggets, ‘Complicated’ o ‘2gether’, comprobando como las percusiones en vivo lograban agitar al máximo a los asistentes.

Cerrando las actuaciones en vivo en el primer día de festival, llegó el momento de decantarse entre el solape más doloroso de toda la edición, ya que teníamos que elegir entre Tame Impala, el a priori plato fuerte de la noche, o una Caroline Polachek más que esperadísima. Al final, sin ningún tipo de duda ni remordimiento optamos por la segunda opción, sintiendo como una vez finalizado el concierto no habíamos podido tomar mejor decisión. Con una puesta en escena de lo más cuidada, con la figura de un volcán de fondo, que incluso humeaba, y disponiendo a sus músicos en el margen izquierdo del escenario, Caroline hacía acto de presencia ataviada en un largo vestido negro entonando las primeras estrofas de ‘Pang’. Dejando huella a través de su magnética personalidad, su forma de moverse por el escenario se encontraba muy ligada a la invitación elegante al baile que reside en sus temas, todo ello logrando recrear al máximo esa forma en la que sus temas están destinados a romper cualquier atisbo de melancolía. Así es como nos ofreció interpretaciones vocales arrolladoras como las de ‘Hit Me When It Hurts’ o una ‘Door’ donde alcanzó el máximo dramatismo de su actuación. Tampoco faltó una versión del ‘Breathless’ de The Corrs ni su reciente y más que celebrado ‘Bunny Is A Rider’. Por supuesto, para cerrar el concierto no podía dejarse en el tintero una ‘So Hot You’re Hurting My Feelings’ con la que dejar volar nuestra imaginación y cerrar una primera jornada pletórica.

