Esto no lo vimos venir. De todos los comebaks más inesperados este era uno de los que cotizaban más en alza, nadie pensaba que, tras quince años, la célula WU LYF se reactivaría para girar y presentar un nuevo disco, continuación de su debut ‘Go tell fire to the mountain’, prensado en ya lejanísimo 2011. Único plástico del grupo y disco de culto desde su publicación al que le sentó muy bien ese carácter esquivo de la banda con mínimas entrevistas y con continuas críticas al stablishment.
El morbo empezó a crearse cuando anunciaron que, tras sus nuevas canciones, estaría a los mandos el siempre fiable Sonic Boom y que, fieles a su idiosincrasia, sería autoeditado y quedaría fuera de los típicos canales de streaming. Todo seguía en orden, ¿o qué te esperabas de unos tíos cuyo nombre es un acrónimo de “World Unite! Lucifer Youth Foundation”?
El viernes era el primero de los dos conciertos que tendrían lugar en la barcelonesa Sala Laut. Y, contra toda previsión, la sala se iba quedando cada vez más pequeña a medida que el goteo de asistentes iba aumentando: que si un tío con una camiseta de Tool, que si otro con una de Idles, hasta uno -que le dio un vahío, os lo juro, llevaba una del mítico ‘69 love songs’; todo un puchero estilístico que adquiere sentido una vez que escuchas al grupo. Porque, ¿qué hace que unos cuarentones vuelvan a reunirse para ver a un grupo que escuchaban cuando aún su barriga no era lo único que veían cuando iban a miccionar? ¿Es todo pose? Porque vamos, ni eran luciferinos ni ahora son jóvenes, ¿qué hace que te pegues una pechá de metro y no te quedes en casa con la mantita con el día de lluvia que hacía? ¡Ay! las claves. Vamos a las claves.
En el larguero de las nueve y siete minutos el combo de Manchester salió al escenario que, por cierto, para los más enteraos, se pronuncia “bulaif”; su cantante, Ellery James Roberts, otrora un querubín con ecos de “Compañeros” ahora se perfila como un remedo de Alexander Skarsgard en “Pillion” y nada más coger el micro ya nos quedó clara su buena verborrea que iría dosificando a lo largo de la noche. Nada que objetar, disfruto cuando un grupo se esfuerza por comunicarse con el público, aunque tampoco estoy para mítines, también os digo.
Quienes no habíamos visto el “secreto mejor guardado de Manchester” fuimos absolutamente convencidos al poco de iniciar el show con la mayestática ‘Cave song’: voces raspadas, esa característica tan especial del grupo: una mezcla de rock duro con pop (¿inventaron ellos un nuevo estilo?), esa tramoya instrumental que nos recuerda por momentos al math rock; esa pose del Ellery James, golpeándose el pecho, movimientos espasmódicos, un ir y venir por todo el escenario, cómo lo quieren los fotógrafos. Tras chequear con el público cómo sonaba su voz y acomodar sus falanges en el órgano, ‘Spitting blood’ retomó la cara más amable del grupo con ese pop de corte tropical que tan popular se hizo a principios de los 2010s y que más adelante ejecutarían en ‘Summas Bliss’.
Ya hemos hablado de lo especialitos que son estos pájaros, pues bien, el sábado por la tarde fue facilitado un setlist que, al poco de comenzar el show comprobamos que no iba a ser el definitivo, ¿una broma orquestada por el grupo o no? ¿Una colleja para que espabilen aquellos críticos que dicen ir y solo van a las primeras canciones? Por cierto, el listado de canciones de la web Setlist.fm es pura invención.
De todos modos, el grueso del concierto orbitó alrededor de su debut, con excelentes interpretaciones de su primer largo entre las que destacó, aparte de las ya mencionadas, ‘We Bros’, que sigue sonando a pelotazo después de tanto años y que incluyó un amago de su cantante de tirarse al público; tampoco escatimaron en desmigar su inminente ‘A wave that will never break’ con las consistentes ‘The fool’, pelín menos morrocotuda, una balada con su sello arisco y cárstico, ‘Love your fate’ y la mejor , ‘Robe of Glory’, con esos punteos de guitarras sugerentes que nos recuerdan al Sonic Youth de ‘Bull in the heather’ y que, a modo de tampón, certifican el buen momento compositivo en el que se encuentra la banda con ese preciso diálogo de tensión y drama que tan bien solventan.
Para los bises reservaron dos piezas muy queridas: ‘Concrete Gold’ y la catártica ‘Heavy pop’, horita y media de art-pop, metal pop o lo que ellos quieran llamarlo; antes de cerrar la noche, recadito para Spotify, no lo busquéis en su algoritmo y, que si queréis escucharlos, que apoquinéis y los apoyéis. Siguen igualitos.
